Capítulo 3 - Los Personajes del Crimen #2
Oliver Crane era un hombre de unos cuarenta años, alto, con el pelo negro entrecano que le caía sobre la frente con una elegancia descuidada, y una sonrisa que no llegaba a sus ojos —ojos de un gris acero que evaluaban la habitación como un general evalúa un campo de batalla antes de la guerra.
Llevaba un traje de tweed que parecía costoso y desgastado al mismo tiempo, como si hubiera sido heredado de un tío rico pero descuidado, y una corbata de lana que Elena reconoció como de una marca escocesa que costaba más de lo que ella gastaba en ropa en un año.
—¡Reggie! —exclamó Oliver, con una jovialidad forzada que resonó falsa en la habitación como una campana agrietada—. ¡Feliz Navidad, viejo amigo! ¡Cuánto tiempo sin vernos!
Lord Ashford no se movió de su sillón. Solo sus ojos se entrecerraron, con una mezcla de odio y algo más complejo que Elena no supo identificar: ¿reconocimiento? ¿culpa? ¿miedo?
—Oliver —dijo Lord Ashford, y la palabra sonó a sentencia—. No esperaba verte aquí. Cordelia dijo que venía "un amigo". No especificó que eras tú. Supongo que debería haberlo deducido. Los amigos de Cordelia suelen ser… problemas.
—¿Y quién mejor para las fiestas que un viejo amigo de la universidad?
—Oliver se acercó al fuego, extendiendo las manos con una naturalidad que sugería que había estado en esa habitación cientos de veces, que conocía cada rincón, cada sombra, cada secreto—.
Y mi encantadora esposa, por supuesto. Diana, ven, presentémonos.
Diana Crane —la esposa— era una mujer de treinta y tantos años, con el pelo castaño en un bob perfecto que enmarcaba un rostro de una belleza clásica que parecía esculpida en mármol, un vestido de seda verde esmeralda que realzaba su figura esbelta, y una expresión de alguien que ha firmado un contrato sin leer la letra pequeña, o que ha entrado en una habitación creyendo que era una fiesta y ha descubierto que es un juicio.
Sus ojos —marrones, grandes, con un toque de miedo contenido que Elena reconoció de inmediato porque lo había visto en espejos— recorrieron la habitación como si estuviera buscando la salida más cercana, o un arma, o ambas.
—Encantada —murmuró Diana, sin dirigirse a nadie en particular, con una voz que sonaba a cristal fino a punto de romperse—. Feliz Navidad.
Elena observó la escena con la misma atención que ponía en la reducción de una salsa: notando cada ingrediente, cada reacción, cada cambio de temperatura.
Había tensiones aquí que no necesitaba paladar entrenado para detectar.
Lord Ashford odiaba a Oliver con una intensidad que solo puede nacer de una historia compartida, de secretos enterrados, de traiciones que el tiempo no había logrado cicatrizar.
Oliver despreciaba a Reggie pero necesitaba algo de él —¿dinero?
¿silencio? ¿perdón?—. Cordelia estaba nerviosa —¿quién era Marcus?
¿por qué hablaba en susurros?—. Julian odiaba a su padre con la pasión de quien ha sido herido en el lugar más vulnerable.
Victoria odiaba a todo el mundo con la resignación de quien ha aprendido que el odio es más seguro que el amor.
Y Diana Crane parecía atrapada en una jaula dorada de la que quería escapar, pero no sabía si tenía la llave o si la jaula no tenía puertas.
—Señorita Vidal —dijo Oliver, acercándose a Elena con una sonrisa que mostraba dientes perfectos y una insinceridad que los estropeaba—. ¿La chef? He oído hablar de usted. Mi esposa y yo somos amantes de la buena comida. Aunque últimamente, la buena comida parece escasear. En todos los sentidos.
—Espero que esta cena supere sus expectativas, Mr. Crane —respondió Elena, estrechando una mano fría y ligeramente húmeda—. Aunque en mi experiencia, las expectativas son el enemigo de la satisfacción.
Oliver rió, un sonido que no llegó a sus ojos.
—Sabia palabras, chef. Sabia palabras. —Se inclinó, bajando la voz—. Tenga cuidado en esta casa, señorita Vidal. Las expectativas no son el único enemigo. A veces, el enemigo lleva pajarita y se sienta a la cabecera de la mesa.
Se alejó antes de que Elena pudiera responder, dejándola con una advertencia que no supo si era una broma, una amenaza, o una confesión anticipada.
Doce horas , pensó Elena. Doce horas para cocinar una cena y largarme de aquí.
El reloj de cuco dio las ocho. El sonido resonó en la habitación, mecánico e implacable.
—La cena está servida —anunció Elena, con la voz firme de quien ha aprendido a proyectar autoridad en espacios hostiles.
Nadie se movió. Nadie se miró. Pero Elena sintió, con el instinto que la había salvado en cocinas de tres estrellas Michelin donde los cuchillos eran metáforas y los insultos eran armas, que alguien en esa habitación acababa de tomar una decisión irrevocable.
Que alguien había cruzado una línea invisible, y que no había vuelta atrás.
Lo que no sabía era que esa decisión ya había sido tomada hacía horas. Que el asesino, en ese preciso instante, estaba sonriendo y ajustándose la servilleta en el regazo, esperando el primer plato de una cena que sería la última de Lord Ashford.