Crimen a la Carta (Los Misterios de Elena Vidal 1) Capítulo 4 - El Mercado de los Cotswolds
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Capítulo 4 - El Mercado de los Cotswolds

El Mercado de los Cotswolds

A las tres de la tarde, Elena se dio cuenta de que había olvidado los huevos.

No los huevos comunes, esos podía conseguirlos en cualquier parte, sino los huevos de gallinas criadas en libertad en Sussex, de una granja específica que alimentaba a sus aves con maíz dulce y calabaza, lo que daba a las yemas un color naranja intenso que Elena consideraba esencial para el brioche que acompañaría el foie gras.

También necesitaba romero fresco —el que había traído se había marchitado durante el viaje— y un poco de miel de brezo local para glasear el cordero.

—Hay un pueblo a cinco millas —dijo Mrs. Higgins, mientras ayudaba a Elena a pelar chirivias con un cuchillo de cocina que Elena había rechazado por su filo irregular—.

Upper Slaughter. Tiene una tienda de delicatessen que abre hasta las cinco los sábados.

Y una granja donde venden huevos de gallinas que viven mejor que la mitad de la humanidad. Pero con esta tormenta…

Mrs. Higgins sonrió, una expresión que sugería que ya había decidido que Elena era una de las suyas, aunque nunca lo admitiría en voz alta.

—Tome la carretera secundaria. No la principal, que está bloqueada por un accidente. Un camión de leña se volcó esta mañana. Y tenga cuidado con el puente sobre el río Eye. Siempre se hiela primero.

Elena condujo por una carretera que serpenteaba entre campos cubiertos de nieve, con setos de piedra seca que parecían dorsos de dragones dormidos bajo el manto blanco.

Los Cotswolds en invierno tenían una belleza desolada que Elena no esperaba: no era la belleza exuberante de la Costa Brava, ni la elegancia urbana de Barcelona, sino algo más antiguo.

Una belleza que no intentaba agradar, que simplemente existía con la indiferencia de las rocas y los árboles.

Upper Slaughter era un pueblo de piedra dorada con un río que lo atravesaba, ahora parcialmente congelado, con un puente de piedra donde las ruedas de la T3 resbalaron antes de agarrar tracción.

Elena aparcó frente a "The Cotswold Pantry", una tienda de delicatessen con escaparate de madera oscura donde se exhibían quesos locales, mermeladas caseras, y panes de masa madre que parecían esculturas comestibles.

El dueño era un hombre de sesenta años, con barba blanca y gafas redondas que le daban el aspecto de un erudito victoriano retirado. Se llamaba Harold Finch, según la placa del delantal, y olía a especias y a tabaco de pipa.

—Huevos de Sussex —dijo Elena, sacudiendo la nieve de su abrigo—. Los de la granja Henderson, si los tiene. Y romero fresco. Y miel de brezo local.

—Henderson no ha traído hoy —dijo Finch, examinándola con la curiosidad de quien reconoce a un extranjero en un pueblo donde todo el mundo se conoce—.

Pero tengo huevos de mis propias gallinas.

Las alimento con restos de pan de la panadería y maíz orgánico.

Las yemas son casi rojas. Y el romero… —señaló un frasco donde las ramas verdes parecían recién cortadas—.

Lo cultivo en mi invernadero. La miel es de las colinas de Broadway. Abejas que solo ven flores silvestres.

Elena examinó los huevos. Las cáscaras eran irregulares, de colores que iban del marrón oscuro al verde oliva. Las yemas, cuando Finch abrió uno para demostrar, eran de un naranja tan profundo que parecían pequeños soles.

—Perfectos —dijo Elena—. Me llevo tres docenas. Y todo el romero que tenga. Y dos frascos de miel.

Finch la observó mientras envolvía los huevos en papel de periódico, con la habilidad de quien ha hecho lo mismo miles de veces.

—Usted es la chef —dijo, no como pregunta—. La que Lord Ashford ha contratado para la cena de Navidad. La española.

—¿Noticia viaja rápido en Upper Slaughter?

—En los Cotswolds, señorita, todo viaja rápido excepto el tráfico.

—Finch sonrió, revelando un diente de oro que brilló como una moneda—.

Mrs. Higgins vino esta mañana a comprar leche.

Dijo que había llegado una chef española con una furgoneta verde y más cuchillos que un carnicero.

También dijo que usted no parecía del tipo que se deja intimidar por los Ashford.

Eso me gustó. La mayoría de los que van a Villa Escarcha salen corriendo antes del postre.

—¿Por qué?

Finch dejó de envolver. Su expresión se volvió seria, casi grave.

—Porque los Ashford son una familia maldita, si me permite la expresión.

No en el sentido sobrenatural, sino en el sentido humano.

La primera lady Ashford, Eleanor, era una mujer encantadora.

Venía aquí a comprar mermelada. Hablaba con todo el mundo.

Recordaba los nombres de nuestros hijos.

Y murió cayendo por las escaleras la noche de una cena de Navidad, hace diez años.

—Sacudió la cabeza—. La policía dijo accidente.

Pero nadie en el pueblo lo creyó. Eleanor no bebía.

Y conocía esa casa como la palma de su mano.

¿Cómo se cae alguien así por las escaleras?

—¿Qué cree la gente del pueblo?

—La gente del pueblo no cree. Sabe. —Finch bajó la voz, aunque en la tienda no había nadie más que un gato naranja dormido en el mostrador—.

Sabe que esa noche había invitados. Que había gritos.

Que alguien vio a Lord Ashford salir de la biblioteca con la cara desencajada.

Y que al día siguiente, la policía de Oxford llegó, habló con Reginald durante veinte minutos, y se fue declarando que era un accidente.

—Hizo una pausa—. En los Cotswolds, señorita, la justicia llega en coche Range Rover y se va en el mismo coche.

Elena pagó —veinticinco libras por los huevos, el romero y la miel, una fortuna que habría indignado a su padre— y guardó los paquetes en la furgoneta. Antes de irse, Finch le entregó una bolsa adicional.

—Galletas de jengibre —dijo—. Hechas por mi esposa.

Dice que una chef necesita dulces para sobrevivir a los Ashford.

Y señorita Vidal… —se inclinó—. Si encuentra algo en esa casa que no le guste, no intente arreglarlo sola.

Los Ashford llevan siglos arreglando sus problemas a su manera.

Y su manera no es la de la gente corriente.

Elena condujo de regreso con la T3 resbalando en las curvas, el romero perfumando el habitáculo, y las palabras de Finch resonando en su cabeza. Los Ashford llevan siglos arreglando sus problemas a su manera.

En el puente sobre el río Eye, la furgoneta resbaló una vez más, y Elena tuvo que girar el volante con fuerza para evitar caer por el borde.

El corazón le martilló en el pecho durante treinta segundos, hasta que las ruedas volvieron a agarrar el asfalto.

En ese momento, mirando el río congelado desde el puente, Elena tuvo una premonición que no supo explicar: algo en esa casa iba a resbalar.

Algo iba a caer. Y alguien iba a morir antes de que amaneciera.

Condujo más rápido, consciente de que la cena no se cocinaba sola, y consciente también de que cada minuto que pasaba en Villa Escarcha la arrastraba más profundamente hacia un misterio que no era suyo, pero que pronto no podría evitar.