Capítulo 3 - Los Personajes del Crimen
Los Personajes del Crimen
A las siete y media, Elena dejó la cocina para refrescarse antes de servir.
Mrs. Higgins le había indicado un baño de invitados en el primer piso, lejos de los dormitorios familiares, "para que no tenga que ver lo que no debe ver", había dicho con una vaguedad que Elena decidió no explorar.
Subió la escalera de roble, pasando por retratos de Ashfords muertos que la observaban con ojos de óleo sospechosamente vivos, como si los pintores hubieran capturado no solo la apariencia sino también la curiosidad morbida de la aristocracia inglesa.
El baño era un santuario de azulejos victorianos con motivos de rosas, una bañera con patas de garra que parecía capaz de albergar a un adulto completo, y grifos de latón que goteaban con una paciencia infinita.
Elena se lavó las manos con jabón de lavanda que encontró en un dispensador de cerámica, se ajustó el moño, y se miró en el espejo empañado por el vapor.
Sus ojos verdes —heredados de su madre irlandesa, esa mujer que había abandonado Dublín por Barcelona siguiendo a un chef español y nunca se había arrepentido— la miraron con la determinación que la había llevado de Barcelona a Londres, de Londres a esta mansión en medio de la nada, cocinando para gente que no conocía y que probablemente no apreciaría el esfuerzo.
Cocina, cobra, vete , se dijo. No es tu familia. No es tu problema.
Pero sus ojos no le creyeron. Nunca le creían.
Bajó las escaleras y se encontró con el salón.
Era una habitación rectangular con techos altos que se perdían en las sombras, paneles de roble que absorbían la luz como esponjas, y una chimenea lo suficientemente grande como para asar un ciervo entero.
Sobre la repisa, un reloj de cuco alemán marcaba las siete y cuarenta y cinco con un tic-tac que sonaba como una cuenta atrás, como si la casa misma estuviera cronometrando algo.
Los habitantes de Villa Escarcha estaban allí, distribuidos por el salón como piezas de ajedrez en una partida que nadie quería jugar pero que todos sabían que había empezado hacía décadas.
Lord Reginald Ashford ocupaba el sillón de cuero junto al fuego, con un vaso de whisky en la mano izquierda —la mano derecha, Elena notó, temblaba ligeramente, casi imperceptiblemente, como si tuviera Parkinson incipiente o miedo— y una expresión que sugería que el mundo le debía una disculpa personal por cada uno de sus setenta y dos años de existencia.
Llevaba un smoking desgastado pero impecable, con solapas de raso que brillaban como ala de cuervo, y una pajarita negra que contrastaba con su camisa blanca demasiado almidonada.
Sus ojos azules, cuando se posaron en Elena, la recorrieron con una evaluación que no tenía nada que ver con la comida y todo que ver con el poder.
—La chef —dijo Lord Ashford, como si estuviera anunciando una especie invasora—. Espero que la cena esté a la altura de lo que me ha costado. Cinco mil libras por una noche. Podría haber contratado a un chef de televisión por menos.
—Los chefs de televisión cocinan para las cámaras, Lord Ashford —respondió Elena, con una sonrisa que usaba para los críticos difíciles—. Yo cocino para los estómagos. Y, en su caso, para el ego. Espero que ambos queden satisfechos.
Lord Ashford resopló, pero Elena creyó detectar algo parecido a la diversión en el rincón de su boca. Antes de que pudiera confirmarlo, la atención se desplazó.
Lady Cordelia Ashford —la segunda esposa, treinta y ocho años, rubia platino con raíces oscuras que desafiaban el mantenimiento como una rebelión silenciosa contra la perfección, vestida de rojo escarlata que parecía una declaración de guerra contra la Navidad y contra cualquier persona que se atreviera a mirarla sin permiso— estaba de pie junto a la ventana, hablando por teléfono en voz baja pero aguda, con la urgencia de quien transmite información que no debe ser escuchada.
—No, no puedo ahora, Marcus —susurraba, con la mano libre jugueteando con un collar de perlas que Elena calculó que costaba más que su furgoneta—.
Estoy en la casa. Sí, él está aquí. No, no lo sabe.
—Colgó bruscamente cuando Elena entró, y sonrió con una artificialidad que habría hecho sonrojar a un maniquí de escaparate.
La sonrisa no llegó a sus ojos, que permanecieron fríos y calculadores, evaluando a Elena como quien evalúa a una criada potencial—.
La chef —dijo Cordelia, como si estuviera identificando una especie desconocida que podría ser venenosa—.
¿Española, verdad? Espero que no nos sirva gazpacho en Navidad.
Es tan… vulgar . Tan… veraniego. La Navidad requiere raíces.
Requiere cosas que crecen bajo tierra. No tomates fríos.
—No hay gazpacho en el menú, lady Ashford —respondió Elena con la misma sonrisa que usaba para los críticos gastronómicos difíciles, la que decía "soy profesional, usted no me toca"—.
Pero si lo desea, puedo prepararle un salmorejo de trufas negras con jamón ibérico de bellota que haría llorar a un obispo.
El frío no es vulgar, lady Ashford. La falta de imaginación sí.
Cordelia parpadeó, desconcertada por la respuesta que no había esperado. Durante un segundo, su máscara de perfección resbaló, y Elena vio algo debajo: no era solo crueldad, era algo más complejo. Era miedo a ser descubierta. Miedo a que alguien viera más allá del maquillaje y las perlas.
—Hmm. Veremos —dijo Cordelia, recuperando su armadura—. Veremos si su comida es tan aguda como su lengua.
Julian Ashford —el hijo— estaba en el rincón opuesto, junto a la biblioteca empotrada, con una copa de vino tinto que giraba entre sus dedos sin que nunca llegara a sus labios.
Treinta y cinco años, con el pelo castaño despechado de quien se ha pasado la tarde tirándose de él, o bebiendo, o ambos, y una cara que había sido guapa antes de que la amargura le dibujara líneas alrededor de la boca como surcos en un campo abandonado.
Llevaba un jersey de cachemira azul marino y vaqueros, demasiado informal para la ocasión, como si estuviera desafiando a su padre a que le dijera algo, a que le exigiera algo, a que le reconociera como algo más que un error.
—Chef Vidal —dijo Julian, acercándose con un paso que sugería que había bebido más de lo que sus modales permitían admitir—. Mi padre me ha dicho que viene muy recomendada. Por quién, exactamente, no ha especificado. Probablemente porque no es cierto. Mi padre no recomienda a nadie. Solo critica.
—Me recomienda mi trabajo, Mr. Ashford —respondió Elena—. Y mi trabajo habla por sí mismo. Aunque a veces usa un vocabulario que no todo el mundo entiende.
—Julian, por favor —dijo, y por primera vez, algo genuino cruzó su rostro—. "Mr. Ashford" me hace sentir como él. —Señaló a su padre con la copa, y el gesto fue tan cargado de resentimiento que Elena casi pudo saborearlo—. Y nadie quiere sentirse como él. Ni siquiera él, supongo.
Elena observó a Julian con el ojo entrenado de quien ha visto suficientes cocineros en sus últimas etapas de alcoholismo para reconocer los signos: las manos que temblaban ligeramente, los ojos enrojecidos, la necesidad de hablar para llenar un silencio que le resultaba insoportable.
Julian no era solo un hijo amargado. Era un hombre herido que se estaba ahogando en su propia casa.
Miss Victoria Ashford —la hermana del lord— estaba sentada en un sofá de terciopelo verde, con una muñeca de porcelana en el regazo.
Sesenta y dos años, con el pelo gris en un moño severo que parecía sujetado por la fuerza de la voluntad, gafas de montura de carey que magnificaban unos ojos grises de una intensidad inquietante, y un chal de luna que parecía tejido por ella misma durante la Guerra de Crimea.
La muñeca —con vestido de encaje victoriano y ojos de cristal azul— la miraba fijamente a Elena con una intensidad que sugería que podría parpadear si nadie la observaba.
—La chef —dijo Victoria, con una voz que sonaba a papel de lija sobre madera de roble, a años de silencio interrumpido solo por conversaciones consigo misma—.
¿Ha visto nunca una muñeca como esta? Es de 1840.
Valdría más que esta casa si la vendiera en Sotheby's.
Pero no la venderé. Es lo único que no me han quitado.
Lo único que no me han robado, mentido, o destruido.
—Es preciosa —dijo Elena, sinceramente impresionada por el artesanado. La muñeca tenía una cara de porcelana que parecía casi viva, con mejillas pintadas de un rosa que el tiempo no había logrado desvanecer—. ¿Tiene nombre?
—Margaret —respondió Victoria, y la palabra cayó en la habitación como una piedra en un estanque—.
Se llama Margaret. Como una amiga que tuve.
Hace mucho tiempo. —Ajustó el vestido de la muñeca con dedos nudosos pero delicados, con la ternura de quien maneja algo irremplazable—.
Tenga cuidado en esta casa, señorita Vidal.
Las cosas preciosas y valiosas tienen mala costumbre de romperse.
Y cuando se rompen, nadie las repara. Simplemente las tiran y compran otras nuevas.
Elena asintió, guardando el nombre "Margaret" en un rincón de su memoria junto a las otras piezas del puzle que aún no sabía que estaba montando.
Finalmente, los invitados sorpresa .
Elena los había olvidado hasta que la puerta del salón se abrió y entraron, sacudiendo nieve de sus abrigos con la energía de quien ha atravesado una tormenta para llegar a un lugar donde no es del todo bienvenido.