Crimen a la Carta (Los Misterios de Elena Vidal 1) Capítulo 2 - La Cocina del Infierno
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Capítulo 2 - La Cocina del Infierno

La Cocina del Infierno

La cocina de Villa Escarcha era un espacio cavernoso que parecía diseñado en una época en la que "ergonomía" era una palabra desconocida y "cocinar" significaba "someter a sirvientes hasta que renunciaran o murieran de agotamiento".

Tenía dos hornos Aga —uno de los cuales no funcionaba desde la coronación de la reina, según una placa oxidada que lo declaraba "en reparación"—, una mesa de trabajo de mármol agrietado que había visto más generaciones que el árbol genealógico de los Ashford, y una colección de cuchillos que colgaba de una barra magnética con la solemnidad de un arsenal medieval.

Elena colocó sus cajas sobre la mesa y se quitó el abrigo.

Llevaba un jersey de cuello alto color vino, vaqueros negros y unos botines de cuero que habían costado una fortuna en una tienda de Notting Hill y que ahora iban a sufrir los rigores de una cocina inglesa de los años cincuenta.

Su pelo —castaño rojizo, con ondas naturales que desafiaban cualquier intento de disciplina, como su propia personalidad— lo recogió en un moño desordenado que ella prefería llamar "estilo bohemio" y su padre llamaba "desastre organizado".

Se puso el delantal de lino blanco, se anudó las cintas traseras con un gesto experto que no requería espejo, y miró alrededor con la mirada crítica que ponía en cualquier espacio donde iba a pasar más de dos horas.

—¿Necesita ayuda?

La voz venía de la puerta de la despensa, una abertura arqueada que daba a una habitación más pequeña, iluminada por una bombilla de bajo consumo que parpadeaba con insistencia.

Una mujer de unos cincuenta años, con el pelo gris recogido en un moño perfecto que desafiaba la gravedad, vestida con un uniforme negro que parecía haber salido de un catálogo de 1952 —falda plisada hasta la rodilla, blanco blanco almidonado, delantal de encaje—, la observaba con curiosidad benévola, como quien examina a un animal exótico que ha aparecido en el jardín.

—Soy Mrs. Higgins —se presentó, con un acento que Elena no supo ubicar: no era completamente inglés rural, tenía algo de Irlanda del Norte, quizá, o de algún condado olvidado donde la gente todavía pronunciaba las erres con furia—.

La ama de llaves. O lo que queda de ella.

En los viejos tiempos éramos doce en servicio.

Doce. Ahora soy solo yo, dos jardineros que vienen los martes y se quejan del clima, y usted.

La chef que viene a salvar la cena de Navidad.

—Elena Vidal. Chef personal para la ocasión —respondió Elena, extendiendo la mano.

Mrs. Higgins la miró como si la costumbre de estrechar manos fuera una novedad reciente y no del todo bienvenida, pero finalmente la estrechó con una mano callosa y fuerte—.

No vengo a salvar nada. Solo a cocinar. El resto es responsabilidad de los comensales.

—Ah —Mrs. Higgins sonrió, revelando un hoyuelo en la mejilla izquierda que le quitaba años de encima y la transformaba de ama de llaves a cómplice potencial—.

Lo dice como si la comida y la salvación fueran cosas distintas.

En esta casa, señorita Vidal, la comida es la única salvación que queda. Y a veces, ni eso.

Elena empezó a desempacar sus provisiones con el ritual que tenía: primero los cuchillos, que colocó sobre la mesa de mármol en orden de tamaño, como soldados antes de la batalla.

Luego el foie gras, que depositó en la nevera con la delicadeza de quien maneja un bebé.

Las trufas, que dejó en su caja de cedro sobre la mesa, liberando su aroma a tierra mojada y bosque.

El cordero, que colgó en la despensa donde el frío natural de la casa antigua mantenía una temperatura casi perfecta.

Y finalmente, los turrones de Jijona, que colocó sobre la repisa de la chimenea como una ofrenda a los dioses de la Navidad.

Mrs. Higgins observó con ojo experto, cruzando los brazos sobre el delantal.

—Eso es foie gras de pato —dijo, señalando la caja con la nariz arrugada—. No de ganso. Lord Ashford especificó ganso en su correo electrónico. "Ganso, lo más caro", dijo. Como si el precio determinara la calidad.

—El pato tiene más delicadeza —intervino Elena, desenvolviendo el terrine con cuidado—.

Menos agresividad en el paladar. La grasa del ganso es más pesada, más untuosa.

Se queda en el estómago como un invitado que no sabe cuándo irse.

Lord Ashford pidió "lo mejor". Esto es lo mejor.

Si quiere ganso, puede comprar una lata en el supermercado.

—Hmm —Mrs. Higgins asintió, aprobada, con una expresión que sugería que Elena acababa de pasar una prueba que no sabía que existía—. Y el cordero…

—De Saltmarsh. Alimentado con salicornia en las marismas de Kent. El sabor a mar en la carne de tierra. Es como comer un atardecer en la costa. Lo haré con costra de hierbas y mostaza antigua, y un puré de chirivias con mantequilla de avellanas.

—Chirivias —repitió Mrs. Higgins, con una nostalgia que no pudo disimular—. La primera lady Ashford adoraba las chirivias. Decía que sabían a recuerdos. A raíces. A cosas que se mantienen bajo tierra pero siguen vivas.

Elena dejó de desempacar. La mención de la primera lady Ashford había cambiado la temperatura de la cocina, como cuando se abre una puerta en invierno y el frío entra de golpe.

—¿Eleanor Ashford? —preguntó Elena con cuidado.

—Eleanor —Mrs. Higgins tragó saliva, y sus ojos se nublaron por un instante—.

Sí. Eleanor. La única persona en esta casa que sabía que mi nombre es Margaret.

Margaret Higgins. No "Mrs. Higgins". No "ama de llaves".

Margaret. —Se volvió hacia la ventana, donde la nieve caía con más intensidad—.

Murió hace diez años. Cayó por las escaleras de servicio.

La noche de una cena como esta. Familia, invitados, tensiones.

La policía dijo que fue un accidente. Que había bebido demasiado.

—Se giró, y sus ojos se habían vuelto duros como guijarros—.

Eleanor no bebía. Nunca. Ni siquiera vino con la cena.

Decía que el alcohol le quitaba el paladar.

Que no podía distinguir una trufa de una patata si bebía.

¿Cree usted que una mujer así se emborracharía lo suficiente como para caer por las escaleras?

Elena no respondió. En su experiencia, la gente bebía por razones que no tenían nada que ver con el gusto. Bebían para olvidar. Para recordar. Para soportar. Pero algo en la voz de Mrs. Higgins —esa certeza quebrada por la pena— le hizo guardar silencio.

—¿Cuántos son para cenar? —preguntó finalmente, cambiando de tema con la habilidad de quien ha aprendido a navegar conversaciones peligrosas en cocinas de restaurante.

—Seis —respondió Mrs. Higgins, volviendo a su personaje de ama de llaves con una velocidad que Elena encontró inquietante—.

Lord Ashford, lady Cordelia, su hijo del primer matrimonio —Mr. Julian Ashford, treinta y cinco años, abogado en Londres, divorciado, amargo, con un divorcio que le costó la mitad de lo que no tenía—, la hermana de Lord Ashford —Miss Victoria Ashford, sesenta y dos, soltera, coleccionista de muñecas antiguas que algunos encuentran encantadoras y otros, perturbadoras, con más dinero propio que el propio Lord Ashford gracias a una herencia de una tía solterona—, y los invitados sorpresa.

—¿Invitados sorpresa? —Elena levantó una ceja. Las sorpresas en la cocina eran como las sorpresas en la cirugía: raramente agradables.

—Una pareja. Llegaron esta mañana, antes de que la tormenta se convirtiera en monstruo.

Lord Ashford no parecía… encantado. De hecho, gritó en la biblioteca.

Yo lo escuché desde el pasillo. Pero lady Cordelia insistió.

Son "amigos de la familia", según ella. Aunque yo nunca los había visto antes.

Y en esta casa, señorita Vidal, yo lo veo todo.

Lo escucho todo. Y lo olvido todo, cuando conviene.

Elena empezó a afilar su Santoku con movimientos precisos sobre la piedra de agua, sintiendo el metal cantar bajo sus dedos. El sonido era meditativo, casi hipnótico. Mrs. Higgins observó, fascinada.

—Lord Ashford tiene una manía con los cuchillos —dijo Mrs. Higgins, secando una copa—. Colecciona los que tienen iniciales grabadas. Los guarda en su estudio, bajo llave. Dice que son "inversiones". Una obsesión rara, para un hombre que nunca cocina.

Elena levantó una ceja. —Entonces debería cuidar el mío. Las iniciales E.V. podrían tentarlo.

—No lo creo —Mrs. Higgins sonrió—. El suyo es para usar, no para exhibir. Eso lo hace menos valioso para él. O más, según se mire.

—Puede que esta cena no sea un desastre después de todo —dijo la ama de llaves—.

La última chef que contrató Lord Ashford duró cuatro horas.

Renunció después de que lady Cordelia le tirara un vaso de whisky en la cara por servir el salmón "demasiado rosado".

La chef anterior a esa duró seis horas. Renunció cuando encontró una rata en la despensa.

Yo le dije que era una ardilla, pero no me creyó.

—Yo no renuncio —dijo Elena, sin levantar la vista de la piedra de afilar—. Pero tampoco me tiran cosas en la cara. Y las ratas, si las hay, las convierto en paté. Metafóricamente hablando.

Mrs. Higgins se rió, un sonido cálido y sorprendido que resonó en la cocina vacía como una campana en una iglesia abandonada.

—Me gusta usted, señorita Vidal. Tenga cuidado. En esta casa, la gente que me gusta suele tener mala suerte. —Se acercó a la ventana, observando la nieve—. Y esta noche, la mala suerte viene con nombre propio. Viene con apellido. Y viene con intención de quedarse.

Elena dejó el cuchillo sobre la mesa. El Santoku brilló bajo la luz de la cocina, una hoja de plata que reflejaba la nieve que caía fuera.

—¿Qué quiere decir, Mrs. Higgins?

La ama de llaves se giró, y por un instante, Elena vio algo en sus ojos que no supo interpretar: era miedo, pero no miedo por sí misma. Era miedo por Elena. Miedo por lo que esta noche iba a revelar.

—Quiero decir —susurró Mrs. Higgins— que en esta casa, la Navidad no es una época de paz. Es una época de cuentas. Y alguien siempre paga el pato. O el cordero. O lo que haya en el menú.