Crimen a la Carta (Los Misterios de Elena Vidal 1) Capítulo 1 - La Llegada a Villa Escarcha
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Capítulo 1 - La Llegada a Villa Escarcha

La Llegada a Villa Escarcha

—Bienvenida al fin del mundo —murmuró Elena, apagando el motor y dejando que el silencio de la nieve la envolviera.

Contempló la mansión a través del parabrisas empañado, frotando un círculo con la manga de su jersey de lana.

Villa Escarcha era exactamente lo que esperaba de una casa Tudor de campo inglesa: piedra de Cotswold dorada que brillaba con una luz propia incluso bajo el cielo gris, tejado de pizarra inclinado como el sombrero de un mago, chimeneas torcidas que escupían humo en espirales que la nieve convertía en fantasmas instantáneos, y un aire de elegancia gastada que decía, sin necesidad de palabras: "éramos ricos, pero ahora solo mantenemos las apariencias, y a veces ni eso".

Los setos de boj estaban decorados con luces de Navidad que parpadeaban con la intermittencia de un latido irregular, como si la propia casa tuviera arritmia.

Su teléfono vibró contra el tablero de la furgoneta.

Un mensaje de su padre, el chef famoso Antonio Vidal, cuyo restaurante en Barcelona llevaba tres estrellas Michelin desde antes de que Elena aprendiera a caminar: "Hija, no te metas en líos.

Cocina, cobra, vete. No es tu familia. No es tu problema.

Y por favor, no uses el Santoku para cortar cebollas, lo desafinas. "

Elena sonrió. Su padre llevaba diciéndole eso desde que tenía dieciocho años. Y ella llevaba ignorándolo desde entonces, con el mismo entusiasmo con el que ignoraba sus consejos sobre los hombres, sobre el dinero, y sobre la conveniencia de tener un seguro médico privado.

Sonó el claxon detrás de ella. Un Range Rover negro, con el parabrisas cubierto de nieve como si hubiera atravesado una tormenta en el Ártico, esperaba impaciente con las luces altas encendidas.

Elena bajó la ventanilla, dejando que el frío mordiera su mejilla.

El conductor —un hombre de unos sesenta años, con el pelo canoso peinado hacia atrás con una precisión militar, unos ojos azules que parecían haber visto demasiado y disfrutado muy poco, y una boca que se curvaba hacia abajo en una línea perpetua de desaprobación— la miró con la irritación de quien ha esperado toda su vida y ahora se ve obligado a esperar un minuto más.

—¿Es usted la chef? —preguntó, con el acento de Eton pulido hasta el punto de parecer artificial, como si cada sílaba hubiera pasado por un filtro de calidad antes de ser pronunciada.

—Elena Vidal. A su servicio —respondió Elena, inclinando la cabeza con la deferencia que había aprendido en los restaurantes de tres tenedores, donde la diferencia entre una buena propina y una mala estaba en la inclinación exacta de la cabeza.

—Soy Lord Reginald Ashford. El propietario de esta…

—hizo una pausa, mirando la mansión como si estuviera considerando venderla al mejor postor, o quizá simplemente quemarla para cobrar el seguro— …

propiedad. Siga el camino hasta la entrada de servicio.

La cocina está en la parte trasera. No use la puerta principal.

Nunca. Mis invitados no necesitan ver a los empleados llegar. Destruye la ilusión.

—Entendido —dijo Elena, aunque no entendía nada. ¿Qué ilusión? ¿La de que la comida aparecía por arte de magia? ¿La de que los chefs no eran seres humanos con necesidades básicas como no congelarse hasta la muerte?

—Cena a las ocho. No espere a nadie. Si alguien llega tarde, se queda sin comer.

Es mi única regla. —Lord Ashford subió la ventanilla con un zumbido eléctrico que sonó a sentencia definitiva, y el Range Rover desapareció tras los portones, que se abrieron automáticamente con un chirrido que sugería falta de mantenimiento.

Elena encendió el motor de la T3. El fin del mundo, pensó, probablemente tenía mejor compañía. Y definitivamente mejor calefacción.

El camino de entrada serpenteaba entre robles desnudos que extendían sus ramas como dedos esqueléticos, y setos de boj que la nieve convertía en montículos blancos.

Elena condujo lentamente, consciente de que un resbalón la dejaría atrapada en una zanja hasta primavera.

La furgoneta crujió sobre la grava cubierta de hielo, y Elena aparcó junto a una entrada lateral donde un cartel de metal oxidado decía "Servicio" en letras que alguna vez fueron elegantes.

Antes de bajar, revisó una última vez su lista.

El foie gras estaba en la nevera portátil.

Las trufas, en su caja de cedro. El cordero, envuelto en papel de carnicero y atado con cordel.

Y en el asiento del copiloto, su delantal de lino blanco, bordado con las iniciales E.V.

en rojo oscuro, un regalo de su madre cuando consiguió su primer trabajo como chef independiente.

—Cocina, cobra, vete —se repitió, abriendo la puerta de la furgoneta y dejando que el viento helado la golpeara como una bofetada de realidad inglesa.

Pero ya sabía, con esa certeza que a veces visita a los chefs antes de que entre el primer comensal, que esta noche no sería tan simple.

Que en esta casa, con esta familia, en esta tormenta, algo iba a cambiar.

Algo que no tenía nada que ver con la salsa, y todo que ver con los secretos que la gente guarda bajo llave, como quien guarda los cuchillos más afilados en el cajón más alto.