Crimen a la Carta (Los Misterios de Elena Vidal 1) Prólogo
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Crimen a la Carta (Los Misterios de Elena Vidal 1)

Crimen a la Carta (Los Misterios de Elena Vidal 1)

Por Luis M. Reyes

© inepub.com

Prólogo

El Cuerpo sobre la Mesa de Roble

La nieve había empezado a caer sobre los Cotswolds tres horas antes de la medianoche, transformando Villa Escarcha en una isla de piedra dorada rodeada de un océano blanco.

Las luces de Navidad parpadeaban en los setos de boj, testigos mudos de lo que estaba por ocurrir en el interior de la mansión Tudor.

Elena Vidal estaba en la cocina, batiendo la mantequilla de brandy para el postre, cuando escuchó el grito.

No fue un grito de terror. Fue algo peor: un grito de indignación, de rabia contenida durante décadas que finalmente encontraba su válvula de escape.

Dejó la batidora, se limpió las manos en el delantal de lino —bordado con sus iniciales, un capricho que se permitía a pesar de que el delantal costaba más que lo que ganaba en un día— y cruzó el pasillo de servicio hacia el comedor.

Lo que encontró la detuvo en el umbral.

Lord Reginald Ashford yacía boca arriba sobre la mesa de roble del comedor, los ojos azules vidriosos mirando fijamente la viga de madera oscura del techo.

Su cuello, siempre erguido y aristocrático, descansaba en un ángulo imposible contra la vajilla de Navidad.

La pajarita de seda negra estaba ligeramente torcida, como si alguien la hubiera ajustado con prisa.

Junto a su mano derecha, una copa de oporto derramaba su contenido carmesí sobre el mantel de encaje, como si la propia Navidad estuviera sangrando.

Pero no fue la muerte de Lord Ashford lo que hizo que Elena contuviera el aliento.

Fue el cuchillo.

Era su cuchillo. Su Santoku de acero damasco, el que usaba para cortar las chuletas de cordero. Ahora estaba clavado en el pecho de Lord Ashford, atravesando la pajarita de seda negra, con la empuñadura de madera de nogal apuntando directamente hacia ella como un dedo acusador.

Detrás de ella, alguien susurró:

—La chef. Claro. ¿Quién más tendría acceso a los cuchillos?

Elena se giró. Allí estaba lady Cordelia Ashford, la segunda esposa de Lord Ashford, con su bata de seda color burdeos y una copa de champán que no se caía de la mano ni aunque el mundo se estuviera derrumbando.

—Yo no… —empezó Elena.

—No diga nada —interrumpió una voz grave desde el fondo de la habitación.

El inspector Barnaby Grimshaw emergió de las sombras, ajustándose el cinturón por encima de la barriga con la satisfacción de quien acaba de encontrar la excusa perfecta para no tener que pensar demasiado—.

Elena Vidal, queda detenida por el asesinato de Lord Reginald Ashford.

Tiene derecho a guardar silencio, aunque dudo que eso le sirva de mucho, porque el cuchillo tiene su nombre grabado.

Elena miró la empuñadura. Allí estaba, grabado en letras diminutas: E.V.

—Eso es una marca de fabricante —dijo Elena, sorprendida por la calma de su propia voz—. "E.V." son las iniciales de la marca. Edward Vance . No mías. Las mías son distintas: están bordadas en mi delantal.

El inspector Grimshaw sonrió con benevolencia, como si estuviera hablando con una niña tonta.

—Claro que sí, señorita Vidal. Y yo soy el Príncipe de Gales. Llévensela.

Mientras dos agentes de policía local la escoltaban hacia el frío de la noche, Elena tuvo una sola certeza: si quería evitar pasar la Navidad en una celda de Gloucestershire, tendría que resolver el asesinato ella misma.

Y tenía exactamente doce horas antes de que la nieve derretida permitiera que llegara la policía de verdad desde Oxford.

Doce horas para salvar su nombre, su carrera y su libertad.

Doce horas para descubrir quién en esa casa de locos había matado a Lord Ashford.

Y, lo más importante: quién odiaba lo suficiente como para incriminar a la chef.