Capítulo 100
Rayco
Tres meses. Ese es el tiempo que llevamos viviendo juntos, el mismo que mi madre lleva preparándose para participar en su primera gala, un poco a la carrera.
Cuando la veo ensayar y rumiar «en qué momento, si es que solo a mí se me ocurre», la abrazo y le hablo de Néstor o de todas las reinas que no pudieron subirse a un escenario porque se perdieron en un armario profundo donde no había brillos ni colores, donde no había más que dolor.
—¿Qué puedes perder? —inquiere Abián una mañana en que nos viene a visitar al verla nerviosa y lloriqueando con sus «yo paso, a mí lo que se me da es estar al otro lado, que yo nací estrellada, no estrella, y esto no se hizo pa mí» y mil bobadas más.
—¿La dignidad? —contesta ella.
—La dignidad la perderás si te quedas abajo —intervengo yo—. Y no empieces con la matraquilla de que eres mayor y todo eso, que te conozco. Ya sabemos que eres mayor. Supéralo.
—Eh, machango. Estás llamando vieja a tu madre.
—Llevas los años en la piel y ¿sabes qué? Ese es un traje que nadie puede quitarte. Lo tuyo te costó ponértelo y ahora déjate tú de machangadas y úsalo como sabes.
Después de eso, Abián saca la corona que mandó hacer hace mucho para ella con los motivos del Poema del Atlántico
y yo me derrito, literal. Porque mi novio quiere a mi madre como si también fuera suya y ese es el mejor regalo que puede hacerme. Mamá nunca estará sola. Ella se emociona, las manos le tiemblan cuando sujeta la corona y Abián se la ajusta a la cabeza
y a los hombros. Se le llenan los ojos de lágrimas y hace como si se le hubiera metido rímel.
Abián le dice «tranquila, ven, que te lo quito», y le sopla en el ojo y ella se ríe y a mí la risa se me mete dentro.
La de los dos. Cojo la cámara y les saco veinte mil fotos, casi todas horribles y perfectas.
—Deja eso, bobo —me dice Abián cuando me ve las lágrimas, tirando de mi camiseta para que me acerque a ellos.
—Es que los quiero fleje. —Lo estrecho de nuevo contra mi pecho; me duele el corazón de felicidad.
Él me empuja con suavidad.
—Pues haz algo por nosotros y vete a hacer de comer, que tengo hambre y te toca.
—Yo me voy, mis niños —comenta mi madre, y los dos nos volvemos hacia ella, que guarda la corona de nuevo en el atril donde Abián la tenía sujeta—.
Quedé con Carlos. Es nuestro aniversario.
—Se ruboriza y se mira las uñas, se sacude una pelusa y nosotros sonreímos porque así es mi madre.
Todos sabemos que ya viven juntos en la casa de él, pero a ella le sigue dando vergüenza.
—¿Almuerzo romántico? —pruebo.
—Finde romántico, más bien. Alquiló un hotel en el sur, en uno de esos sitios para adultos donde no admiten niños. Y quedé antes con la nena para ir de compras. —Más miradas esquivas, más risas contenidas nuestras, más ruborizarse ella.
Qué bonita es y qué feliz me hace verla tan radiante.
—¿Entonces no podemos ir? —pregunta Abián, solo para molestarla un poquito más.
Mi madre le lanza el lazo arrugado que tenía enganchado a la corona.
—Vete a pastar, anda.
Nos descojonamos. Luego la abrazamos, uno a cada lado. Somos un sándwich de puro amor y la felicidad nos sale a borbotones. Ya era hora, joder.
***
La sonrisa aún me dura en la boca cuando Abián entra a la cocina un rato después.
—No vengas a meter la mano, que te conozco. Todavía queda un poco —le advierto, y él se coloca justo detrás de mí para verme montar la lasaña.
Me apoya la barbilla en el hombro y una mano en la cintura que en nada cuela bajo la tela de la camiseta, buscando piel. El pulso se me dispara y las mejillas se me encienden. Su cuerpo es un horno a mi espalda y yo empiezo a quemarme, así, sin precalentamiento ni nada.
—¿Dónde dices que no puedo meter mano? —inquiere con voz ronca al tiempo que me roza el cuello con la nariz.
Me estremezco cuando asciende por mi torso y me roza el pezón con los nudillos, un roce de nada que me hace apoyar las manos en el pollo, cerrar los ojos y suspirar.
Me muerdo el labio cuando me aparta el pelo del cuello con la mano libre y me besa ese punto en el que puede notar mi pulso acelerado, pequeños roces seguidos de lametones suaves que me ponen el mundo del revés.
Y luego está esa manera de apretarme por detrás, su dureza entre las nalgas, su excitación.
No me muevo. Tengo voladores en el pecho y no sé qué hacer.
Soy un niño que tiene miedo de acercarse a lo que más quiere por si se lo arrancan de las manos.
No es la primera vez que estamos tan cerca.
A fin de cuentas, compartimos habitación y cama, pero no hay contacto sexual entre nosotros, no más del inevitable cuando dormimos o nos despertamos entre roces y caricias y erecciones de las que nos ocupamos a solas, en silencio, como si el fuego fuera a consumirnos si dejamos que nos alcance juntos.
Le di su tiempo como le prometí. Incluso arreglé una habitación individual por si en algún momento quería tener su espacio, pero la primera
noche se tumbó a mi lado en la cama y ahí se quedó. Nos besamos alguna vez, roce de labios y otros más intensos, cuando nos puede el deseo y la necesidad nos muerde la tripa, pero nada más allá.
En mis fantasías pasan muchas cosas, claro, y espero que en las suyas pasen muchas más.
En mis fantasías me arranco la necesidad de dentro hasta que puedo volver al mundo y seguir respirando.
Lo hago cuando no está en casa, con su almohada apretada contra mí, su olor llenándolo todo.
Lo hago hasta que me quedo agotado y con fuerzas para seguir a su lado sin que me traicionen las ganas de dibujar en su cuerpo la historia de nuestra vida.
Quiero metérmelo dentro, quiero estar dentro y fuera de él, quiero tantas cosas…
Tantas… Pero necesito que sea él quien dé el paso, que se muera de ganas por estar conmigo; necesito su permiso y su confianza, sobre todo su confianza.
Y aquí está ahora, tocándome como si no llevara meses imaginando cómo sería nuestra primera (segunda) vez.
Su pecho me aplasta, su corazón me retumba en la espalda y creo que podría morirme cada vez que su erección se me clava en el culo.
No tengo claro a quién pertenece el primer gemido; siento el fuego en la garganta al notar sus dientes en el lóbulo de la oreja, tirando con suavidad a la vez que desliza la mano por mi abdomen.
Se me eriza la piel cuando me recorre el ombligo con los dedos, trazando mapas invisibles que me hacen temblar y jadear, y se detiene en la línea de vello.
Echo la cabeza hacia atrás y noto su respiración acelerada en el cuello, la humedad de sus labios y esa manera que tiene de arrastrar los dientes por mi piel.
Muevo el culo hacia atrás y él me devuelve el gesto con un movimiento de cadera.
Suspiro y cierro los ojos un instante. Como un polizón dentro de mi propio barco, así me siento cuando continúa el recorrido con los dedos hacia la cinturilla de mis pantis y mete la mano por debajo; un giro brusco del timón y adelante a toda máquina.
—¿Puedo…? —La vibración de su voz en el cuello me pone la piel de gallina; me tenso y dejo de respirar cuando cuela la mano por mis calzoncillos y siento que me voy a volver loco si me toca ahí.
—¿Qué haces? —le sujeto la muñeca, temblando de nervios, de necesidad.
El rubor en sus mejillas me hace sonreír. Qué guapo es. Cómo lo quiero.
Su respuesta es sujetarme la nuca con la mano libre para que unamos nuestras bocas.
Y no es un beso suave y casto de amigos; el beso me deja sin aliento y con el cuerpo en llamas.
Me besa como lo hicimos aquella única noche que pasamos juntos, piel contra piel, adentrándose en mí como alguien que lleva tiempo lejos de casa y por fin regresa.
Nuestros labios se reconocen, nuestras bocas encajan, nuestras lenguas se encuentran, se empujan, se enroscan.
Me giro y él me rodea la cintura y me aprieta para profundizar en el beso.
No sé cuánto dura: segundos, años. No quiero que acabe nunca.
Quiero sentir este vértigo toda la vida.
Quiero que los relojes se detengan, quedarme en este Nunca Jamás que somos, quiero que me quiera.
Me separo con el pecho encogido de miedo y de ganas. Estoy a nada de pedirle (de suplicarle) que no me suelte, que no se vaya, cuando me doy cuenta de que no tiene intención de hacerlo. Continúa agarrándome mientras intentamos dejar de temblar y de sonreír.
—¿Falta mucho para comer? —pregunta con la voz demasiado ronca para ser suya—. Tengo hambre.
Lo miro, un poco demasiado aturdido, aún con el vértigo en la barriga y las llamas en el cuerpo.
—¿Qué fue eso?
—Comprobaba dónde podía o no meter la mano.
—¿Necesitas comprobarlo a estas alturas? —Estiro el brazo
para apartarle el flequillo de los ojos y dejar bien visible su cara, sonrojada, preciosa—. Estás guapísimo cuando te pones colorado.
Me da un empujón suave en el pecho, pero no se mueve nada.
—Digo en serio lo de que tengo hambre.
—Bienvenido a mi mundo. Yo llevo con hambre desde que me enamoré de ti. Tuve que aprender a vivir con hambre de ti y es un poco horrible. Necesito dejar de sentirla.
Lo veo tragar saliva, despegarse de mí como si le costara un mundo. La distancia se abre como una herida que no cicatriza, el vértigo se muere. Y no quiero, no me da la gana.
Lo agarro del culo y lo atraigo de nuevo hacia mí.
—Lo siento, perdón. No te alejes.
—No voy a alejarme. —Me levanta la barbilla—. ¿Ves? Sigo aquí contigo. ¿Y por qué lo sientes? No hay nada que sentir.
—No quiero que te sientas presionado. No tengo prisa, ya lo sabes.
—Ya, me dejaste claro que no pasaba nada si nunca íbamos más allá, pero los dos sabemos que sí pasa, y a mí el miedo se me fue hace meses.
Lo miro. Parpadeo. Él sonríe de esa manera que despierta al ave fénix que llevo dentro. Llamea, abre las alas y me golpea el pecho con toda su fuerza.
—¿Significa eso que me deseas? —pregunto bajito, aunque mi voz resuena en el casco antiguo y probablemente le llegue a mi madre, donde quiera que esté celebrando con su novio, y hasta a Henar en Cruz de Piedra.
—Significa que te quiero, y que tengo hambre, pero de ti, y creo que me volveré loco si no te como enterito ahora mismo.
—¿Y la lasaña?
Sus carcajadas me arrancan el aturdimiento y me río con él; también lo sujeto de la camiseta y atrapo sus labios. Lo que sucede a continuación es una amalgama de besos entrecortados,
seguidos de más risas mientras nos quitamos la ropa y la vamos dejando por la casa.
La camiseta por aquí, los bóxeres por allá, los calcetines en el pasillo, nuestros labios recorriendo piel, nuestras bocas arrancando un deseo demasiado tiempo reprimido, nuestras manos dibujando la libertad en el otro.
Somos dos niños perdidos que por fin dejan de estarlo.
Lo empujo y él me empuja y, cuando me quiero dar cuenta, estamos en la cama, yo encima de él o él encima de mí; arriba o abajo, todo o nada.
La arena cae y cae, el tictac es una melodía que no nos da miedo.
El tiempo está aquí, el tiempo somos, el tiempo seremos.
El tiempo es esa cosa que avanza y nos lleva por caminos en los que queremos transitar, momentos que necesitamos vivir, personas con las que ansiamos estar.
El tiempo suena y nosotros sonamos más fuerte.
Cuando le alcanzo el lubricante y los condones y me coloca debajo de él, el tiempo ni siquiera existe.
Me prepara rápido y yo agradezco que lo haga. Ninguno de los dos puede esperar.
—Ray… —gime cuando por fin se hunde hasta el fondo de una sola embestida y se queda ahí, temblando y apretándome contra su cuerpo para que me acostumbre a su tamaño—. ¿Te hice daño?
Le clavo los dedos en el culo con fuerza, aferrándome a él como siempre se ha aferrado a mí.
Me duele, sí, pero es un dolor que solo aumenta el deseo y yo quiero sentirlo más adentro, que se quede a vivir en mí, que su sombra se cosa a la mía, que se enreden y se pierdan si quieren, pero que lo hagan juntas.
—Tú nunca me harás daño, bobo. Solo sabes hacerme feliz.
Se lo digo uniendo mi frente a la suya y moviendo las caderas, arriba y abajo, arriba y abajo.
Las llamas se convierten en un fuego que nos abrasa y todo es calor y jadeos y corazones acelerados.
Él gime y me sube las piernas para llegar más al fondo y rozarme ese lugar que me hace temblar y jadear y presionarle el culo con más fuerza para que no deje de hacerlo.
Los músculos se me contraen y lo siento crecer dentro de mí mientras me penetra en estocadas largas y rápidas que me hacen caer en un abismo de placer que no está oscuro ni da miedo, y todo huele a almendras garrapiñadas, a sueños que deseas que se cumplan, a él.
Abián suelta un suspiro y me llena la cara de besos en un arrebato que me hace sonreír y sentir que me crece un corazón por cada beso que me da.
Enseguida empieza a moverse más deprisa y yo lo hago con él.
Volamos. Y creemos. Y seguimos volando. Luego baja el ritmo para alargar el momento.
Los dos llevamos esperando esto demasiado tiempo y no queremos que se termine.
Abián me folla como si el cocodrilo se hubiera tragado el reloj y se lo hubiese llevado lejos, así de lento, así de intenso.
Y yo solo puedo apretarme contra él y sentir.
Lo demás es vivir, y vivir juntos es nuestra gran aventura.
—Vuela, Abi —le digo un segundo antes de que se corra.
—Llevo volando desde los doce —me dice un segundo antes de que me corra—. Porque creer también es volar. Y yo creo en ti. —Se aparta mientras mi cuerpo vibra y convulsiona debajo del suyo—. Y tú, niño, ¿crees en mí?
En lo alto, el sol empieza a morir, deja de empujar, bosteza. El cielo se llena de colores y todo es naranja, y ocre, y azul, y violáceo. Somos un Poema de la Tierra
que acabamos con dedos, y lenguas, y corazones acelerados, y gemidos, y temblores, y risas.
El viento sacude las ventanas. Un ave se despide con su canto y un perro ladra en respuesta.
El resto de estrellas no se ven, no todavía, pero están ahí.
A nosotros solo nos importa una y esa sí la vemos, esa somos, esa seremos.
Cojo aire, lo abrazo fuerte y todo huele a él, a sueños que por fin (por fin) se cumplen.
—Sí, creo.