Epílogo
Una estrella que brilla y brilla en la noche, así empezó todo. Y luego luces por todas partes, y polvo de hadas, y la estrella que brilla y gira y se mueve para indicarte el camino. La segunda a la derecha y luego todo recto hasta el amanecer.
En eso piensa Rayco cuando su madre sube al escenario y todo estalla en colores, en un poema inacabado que nadie quiere que finalice.
Itahisa ríe y baila y se mueve como solo la libertad es capaz de hacerlo.
Y todo es un poco demasiado para él, que tiene que mirar al cielo porque no ve nada entre las cortinas de agua que empañan sus ojos.
Y piensa en esa otra madre que está arriba, o quizá abajo, siempre con ellos.
Solo espera que ella también sea capaz de ver esa libertad pintada en el cuerpo de su madre que tanto le costó atrapar; está ahí mismo, enredada entre sus dedos, bien atada a ella.
El baile sigue y sigue, el mundo gira y gira, y Rayco tiene frío aunque su cuerpo está en llamas.
Y ahí va la mano de Abián, que le agarra la suya y llega el verano, el abrigo de la noche, su propia estrella que brilla pero no lo deja ciego, porque mirarlo a él es la cosa más increíble del mundo, y quererlo es casi un lenguaje, y sentirlo es creer, y creer es volar.
Y vuelan.
Y su madre no gana nada, pero es una reina y vuela con ellos.
Y Henar aparece. Y los voladores inundan el cielo. Y todo se llena de colores. Y la libertad les lame cuerpos y corazones.
Y la vida es triste a veces, y pesa como pesa todo lo que importa, pero ellos se sienten ligeros, están juntos y en casa.
La vida, esa gran aventura.
FIN