Capítulo 99
Itahisa
D
esde muy chica, Itahisa aprendió bien el arte del olvido, como si alguien sacara pensamientos de su cabeza con una pinza y los lanzara muy lejos de ella del mismo modo en que lo hacía la madre de Wendy en Peter Pan
con sus hijos. La señora Darling despejaba sus cabecitas de miedo para que no tuvieran pesadillas y fueran felices.
Oh, esas madres de verdad. Ella no tuvo una así.
Quizá por eso se esforzó el doble por que sus niños la tuvieran; sus tres niños, esos a los que en aquellos momentos miraba con adoración.
Henar, con sus coletas y ese pelo que parecía pertenecer a la mismísima Rapunzel.
Abián, que jugaba al despiste con Rayco.
Cuando este no miraba, se lo comía con los ojos, literal.
Y cuando Rayco lo pillaba, este se derretía, literal.
Itahisa no podía hacer más que sonreír y limpiarse la babilla, y hacer lo contrario a olvidar.
Itahisa olvidó pronto su primera lágrima, la que su madre le arrancó con un puñado de palabras.
Y las otras que vinieron después, que también le arrancó su madre.
Oh, esas madres de mentira. También olvidó otras muchas cosas, como la primera vez que se miró al espejo, desnuda, y no se reconoció.
Ese pensamiento le costó mucho más extraerlo de cuajo, porque seguía habiendo espejos en su casa, seguía teniendo un cuerpo, esa carcasa que le había venido de fábrica, con la que tenía que vivir día sí y día también.
Olvidó el vacío que le dejó su padre, olvidó cada palo en el camino, olvidó tantas cosas…
Y llegó Marta, su amor estacional, y convirtió los recuerdos en pequeñas batallas ganadas, porque con ella siempre ganaba.
Itahisa se olvidó de olvidar solo porque encontró a alguien que le recordó que había belleza incluso en lo malo.
Oh, el olvido. Itahisa no era tonta. Nadie olvidaba solo
por querer hacerlo y los recuerdos a veces volvían a ti como cachetones en una noche de sueño intranquilo.
Los de ella llegaban ahora en tropel, mientras almorzaban en Teror siguiendo una idea loca que había tenido Rayco solo porque no sabía cómo pedirle al chico del que estaba enamorado que pasara la vida con él, y que quería comprar una casa, y que quería que fuese suya, de los dos.
A Itahisa le dolía el corazón, pero de felicidad.
A Henar también, que lo sabía, y se miraban y sonreían pensando en sus niños y en que, por fin, iban a ser felices.
Dieron muchas vueltas después de comer, pasearon por el casco antiguo, sacaron demasiadas fotos mientras Itahisa le daba codazos a su hijo y le soltaba que era un guineo y que dejara de dar vueltas y cogiera al toro por los cuernos, o por los huevos, o que mejor no cogiera ningún toro, que los pobres animales no tenían la culpa de sus machangadas mentales.
Y cuando el calor y el emboste los empezó a amodorrar e Itahisa ya no tenía fuerzas ni para quejarse, Rayco por fin los arrastró hasta el coche y los llevó a la casa, un chalé reformado de fachada amarilla revestida de madera y paredes de piedra interior en la mayoría de las habitaciones salvo en el salón.
No había muebles más allá del sofá enorme que ocupaba la pared diáfana del primer piso, en forma de ele. Lo demás era el Poema del Atlántico
, del suelo al techo y cada centímetro de pared.
Los colores de las pinturas parecían hablar, se mezclaban y vibraban con la luz que incidía a través de las ventanas y la terraza que daba al jardín.
Abián no sabía dónde mirar, qué tocar ni cómo sentirse mientras Henar daba vueltas y subía p’arriba y volvía a bajar p’abajo.
No hacía más que moverse, estirar los brazos, tocar con los dedos una obra que nunca llegó a su fin, pero sí al fondo de los corazones que la admiraban.
Y los recuerdos llegaron de nuevo como un puñado de naipes que alguien te tira encima. Itahisa se vio delante de Marta,
con el libro de Néstor de la Torre en las manos, enseñándole su Poema del Atlántico
, mostrándole todos esos cuerpos que eran masculinos y también femeninos, tal y como se entendía entonces, que era mucho peor que ahora.
Itahisa hablaba y hablaba y se lo enseñaba todo, pero ella solo tenía ojos para Itahisa, y esa boca tan bonita que no dejaba de sonreír, y ese corazón que la acogió sin reservas, y ese cariño que le dio hasta el día de su muerte.
Oh, el amor verdadero. No es para nada perfecto, y quizá ahí se halla su perfección.
Abián se detuvo en ese mural que estaba en la entrada, donde la habían dibujado a ella, a su «para siempre», con un vestido rojo de verano y su sonrisa inagotable. La mano extendida bien agarrada a la de Itahisa. De fondo, un paisaje muy similar al de La hermana de las rosas
, con ese bosque de tonos rojos intensos y oscuros y esas flores que simbolizaban la feminidad, el deseo y el amor.
Dos mujeres, dos amantes, dos amigas, dos madres.
Itahisa sintió cómo la tristeza le empujaba los párpados cuando Abián tocó la imagen de Marta en la pared como si la saludara por primera vez, y en parte era así.
Era la primera vez que le mostraban una imagen suya, la primera que sacaba sus recuerdos y se los entregaba para que él también se los guardara bien adentro.
Itahisa sabía lo que significaba: su hijo Rayco le estaba dando la última llave para que entrara en su familia y de allí no se fuera nunca, una llave más fuerte que la que abría y cerraba aquella casa.
—Es mamá —dijo Rayco bien cerquita de él mientras le besaba la sien y le acariciaba la espalda, que temblaba.
—Es preciosa. Las dos lo son —dijo, y miró a Itahisa con esos ojos oscuros y llorosos de un niño que ya no está perdido, ya no más—. ¿Quién lo hizo? —preguntó.
Itahisa sintió cómo Henar le rodeaba la cintura y se abrazaba a ella mientras veían a sus chicos alzar el vuelo. Estaban ahí los dos, con todas esas pinturas y todos esos sueños, y volaban a su
manera.
—¿Recuerdas el cómic aquel que nos regalaste a mamá, a la nena y a mí firmado por un ilustrador de aquí, ese que tenía historias guanches pa críos?
Pues mamá lo contrató para que hiciera los dibujos, los de Néstor y este.
¿Te gusta? Casi nunca te hablamos de ella, a mamá porque le duele y a mí porque me da vergüenza no recordarla, y porque también me duele no poder hacerlo.
Podemos quitarlo si no te gusta, volver a pintarlo y ya está. Es fácil.
—Calla. ¿Cómo no me va a gustar? Son tus madres, y también las siento como si fuesen mías.
—Eso último lo dijo en un susurro que resonó con un eco enorme en esa casa llena de huecos que pronto se llenaría de amor—.
Las quiero fleje, bobo. Pero dime, ¿qué es todo esto?
—Lo dijo señalando la casa con un gesto de la mano.
Itahisa besó la mejilla de Henar y le silenció los labios cuando esta se disponía a intervenir.
—Es todo, o es nada. Depende de ti —contestó Rayco con esa voz solemne que de chico sonaba a pedante y que a Itahisa le seguía haciendo mucha gracia—. Lo tengo todo preparado en el banco. Llevo años ahorrando. Y mamá me dejó un dinero en herencia que no había tocado hasta ahora.
Abián se apartó de él para poder mirarlo.
Tenía la cara roja, los ojos abiertos de par en par y vidriosos, la boca entreabierta.
No sabía qué decir. Miró el mural, y el retrato, y la casa, y también miró afuera de la terraza abierta, allá donde el viento movía las ramas de los árboles.
Miró como si no se lo creyera. Y en parte era así.
Rayco se acercó, le rozó la mejilla, le limpió la lágrima que se le escapaba y le preguntó:
—Niño, ¿por qué lloras?
—¿Por qué dices que depende de mí? ¿Quieres alquilarme una habitación?
—No quiero alquilarte nada, bobo. Quiero compartir habitación y la vida contigo. Quiero poner tu nombre en las escrituras y que paguemos juntos nuestra casa.
—¿Qué?
—Mira, sé que hay gente que no le da nada de importancia al hecho de tener un techo seguro, pero sé que tú me entiendes.
Quizá eres la única persona que podría entenderme.
Hablo de que en diez años tendríamos nuestra casa pagada, de no tener miedo a quedarnos en la calle nunca más.
Tener un sitio seguro, nuestro, donde nadie pueda decirnos cómo vivir nuestra vida.
Abián se lo quedó mirando como si le hablara en un idioma extraño, el de los sueños que nunca se cumplen, el de los quizá.
—No lo entiendo.
—La hipoteca no es demasiado grande. Ya hice los cálculos con mamá y la nena.
Entre los dos podríamos pagarlo en diez años y nos quedaría bastante para vivir bien.
Me gustaría viajar, ya no solo por trabajo, sino contigo; que conozcamos un poquito de mundo juntos.
Si quieres, si te parece bien. Y después…
—Tomó aire, nervioso como estaba—. Bueno, después espero reventar de felicidad. Esa es mi idea de futuro.
—No lo entiendo —repitió Abián como un canto de los que se te quedan en el cerebro y no hay manera de sacarlos.
Rayco le acarició la cara con cariño.
—¿Qué es lo que no entiendes? ¿Que quiera pasar la vida contigo?
¿No entiendes que estoy enamorado de ti, que me cansé de esperar, no sé, a que te encuentres?
Puedes seguir buscándote conmigo. A veces yo también me pierdo y no pasa nada.
Solo tenemos que estar cerca y seguir. Me lo enseñó la mejor.
—Y miró a Itahisa, e Itahisa miró a Henar, que lloraba, y Henar solo podía mirar a su hermano, que también lloraba sin control, entendiendo, por fin, de qué iba todo aquello.
Y Rayco siguió hablando, intentando que Abián comprendiera, pero su voz se parecía a la televisión cuando era de madrugada y
salía ese ruido estático, esa nada.
—¿Me estás oyendo? —insistió su pequeño, clavándole los dedos en la barbilla con más fuerza a un Abián que no dejaba de mirarlo.
—Solo oí eso de que quieres que compremos una casa juntos, y que vivamos juntos, y que estás enamorado de mí.
La carcajada de Rayco llenó la estancia y el corazón de Itahisa, que empezó a reír, y el de Henar, que también empezó a reír, y el de Abián, que rio, con los ojos y con la boca.
—Vale, pues ahora necesito que me respondas —dijo Rayco muy solemne.
Y Abián respondió, vaya que sí.