Capítulo 98
Rayco
E
se día quedamos en que vendría conmigo a un evento queer
, de modo que lo voy a recoger a la librería.
Aún tenemos que llegar a casa, vestirnos y maquillarnos, y el estudio donde trabajo me queda cerca.
Lo espero aparcado en doble fila en la calle Malteses, cerca de los contenedores.
No me ve cuando pasa con un chico y cruza a la otra acera.
Se detienen delante de la cafetería de fachada acristalada.
Lo veo reír, tocarse el pelo que le sigue creciendo y lo hace más guapo si cabe, meterse las manos en los bolsillos y hasta ponerse colorado con algo que le dice el otro.
Es guapo, no como Abián, pero sí más que los otros chicos con los que se ha liado, más que Mati, tal vez.
O no. Qué más da. ¿Cuánto hace que no me sonríe así?
¿Cuánto? Me trago la pena y agito el brazo fuera de la ventanilla.
Enseguida lo tengo en el coche, todavía con las mejillas sonrojadas.
—Gracias por venir a buscarme —me dice, como si yo necesitara que me diera las gracias, como si no fuera la persona más importante de mi vida después de mi madre.
No le contesto. Él trastea con la música solo para no tener que hablar.
Estamos… raros. Desde que me declaré, y más aún desde que nos besamos en la playa.
Al menos ya no parece que me odie. Quizá le doy pena.
Mi madre dice que estoy paranoico, y que lo más probable es que esté confundido, que le dé tiempo.
«Todo el que quieras, Abi. Te doy mi vida entera.
Te espero aquí, a dos centímetros de ti».
—¿Estás seguro de que quieres venir? —le pregunto a la altura de la parada de los bobos—. Por mí no lo hagas.
—Y si no es por ti, ¿por quién lo hago?
Le doy un puñetazo suave en la pierna y se le escapa la risa, esa risa que no me pertenece, pero que me regala sin darse cuenta. Se me llena el pecho de un amor que cada vez me cuesta más controlar.
—Me refiero a que no quiero que lo hagas obligado.
—No hago nada obligado. Voy porque quiero. Me gusta verte hacer magia.
—Vale —digo, y volvemos a quedarnos en silencio hasta llegar a casa.
Él se da una ducha mientras yo me maquillo. Nada ostentoso, un ahumado resultón en tonos ocre, con eyeliner
difuminado y mucho brillo. Quiero verme bien, pero no llamar la atención. Soy el maquillador principal y Abián, mi acompañante, de modo que lo obligo a sentarse y le pongo un poco de kohl, un poco de base y un poco de brillo de labios para hidratarlos mientras él hace lo posible por no moverse.
Y como soy un bocazas y me muero de celos, se lo suelto, así, sin más.
—Es guapo. El chico con el que te vi antes —agrego cuando distingo las arrugas que se le forman en la frente. Lo acaricio ahí para borrárselas—. ¿Te gusta?
—No estoy con él.
—No te estoy preguntando eso —replico con una sonrisa.
—No estoy con nadie, Ray.
—Sigues sin contestarme. —Termino de sellarle la base, ponerle el bronceador y el colorete.
El rubor en sus mejillas no tiene nada que ver con el que le acabo de poner, bastante sutil.
—No me gusta de esa forma. Me cae bien, pero ya.
—Vale.
Me levanto y le pido que se vista. Él no deja de mirarme. Hay un huracán de palabras que amenazan con caer sobre mí, pero
él no permite que salgan. Se levanta y coge la ropa para vestirse en el baño. Como si no lo hubiera visto desnudo, como si no me hubiera tatuado cada centímetro de su piel.
***
El evento se alarga hasta las dos de la madrugada. El lugar no es muy grande y el decorado de flores autóctonas es tan hermoso que le envío veinte mil fotos a mi madre. Abián me espera entre los invitados hasta que termino de trabajar y puedo convertirme en uno de ellos.
—¿Bebiste? —le pregunto en cuanto me acerco y se me pega como si fuéramos un imán, y yo me río, porque ojalá.
—Ya no tomo medicación —me recuerda—. Puedo.
—Lo sé, bobo. —Le aprieto el muslo con suavidad—. Yo conduzco, así que bebe lo que quieras, pero no te pases.
Me saca la lengua y se le escapa una sonrisa, así de borracho está. Y me aprovecho, claro que sí. Le paso un brazo alrededor de la cintura y lo beso en la mejilla.
—Eres el chico más guapo de la fiesta.
—¿Después de ti? —Otra vez con esa arruga en la frente que le aliso con el pulgar.
—Eres más guapo que yo.
—Discrepo.
—Te quiero, así que te callas.
Se ríe, tanto que varios pares de ojos se vuelven a mirarnos. Me lo llevo a un rincón y le pido que coma algo antes de seguir bebiendo. Y come, pero el alcohol no se le baja; todo lo contrario. Cuando empieza a sonar It’s Raining Men
y se empeña en darlo todo en la pista, decido que es hora de llevármelo a casa, pero antes le saco un minivídeo, claro, que le envío a mamá y a Henar. Se me escapa una sonrisa. Qué guapo es incluso cuando baila como si lo estuvieran electrocutando.
Sigue muy arriba cuando llegamos. Mi madre tiene turno de
noche y estamos solos. Lo ayudo a quitarse la ropa, despacio, prenda a prenda, y él no deja de mirarme mientras lo hago, ni de suspirar, ni de temblar.
Lo abrazo solo para que deje de hacerlo, pero el gesto lo empeora todo.
Me hunde los dedos en la espalda y se aprieta contra mí.
Noto su dureza en mi ingle, su respiración acelerada, sus ganas.
El pulso se me dispara y se me pone dura al instante.
Me cuesta un mundo separarme de él, meterlo en la cama, taparnos a ambos.
—Ray… —Estira el brazo y me toca la cara. También se arrima a mí.
—Mmm.
—Estoy enamorado de ti.
La esperanza se abre paso en mi pecho, me retuerce la barriga, me acelera el corazón.
—Estás borracho.
—Sí, pero también estoy enamorado de ti.
—¿Y cuando se vaya el alcohol? ¿Sentirás lo mismo o seguirás poniendo distancia? A veces no lo soporto, a veces creo que no puedo más, Abi.
—No pongo distancia. Es que es… difícil.
—Lo sé. Y no me importa que no me quieras como pareja, pero necesito que me quieras como familia. Necesito que dejes de apartarme. Duele demasiado —confieso con una voz que no parece mía de tan rota que está.
Sentir el roce de sus labios en mi cuello me hace respirar hondo y apretar los dientes. Abián deja caer una mano en mi cintura, hace que nuestras piernas se enlacen y yo siento que me mareo y que voy a morirme si no lo toco.
—No te aparto, Ray. Es que no sé cómo acercarme. Me da mucha vergüenza.
Lo tomo de la cara.
—¿Qué es lo que te da vergüenza?
—No sé, lo que pasó, que me vieras así; lo bajo que caí. Me pasé la vida viviendo con un monstruo, huyendo de él, y voy y me dejo follar por uno.
Sus palabras duelen como pocas cosas me han dolido nunca.
—No podías saberlo.
—No, pero había señales y no quise verlas.
Hice como si no pasara nada y seguí con él porque pensé…
Pensé... —Coge aire y lo suelta despacio—.
Soy idiota. Creí que me quería, y yo solo quería que me quisiera.
Ignoré las señales para mendigar su amor.
Por primera vez tenía una casa y alguien que me veía solo a mí.
No me di cuenta de que cada vez me encerraba más, que me prohibía cosas, que me hacía sentir pequeño.
No me di cuenta de nada hasta que se me echó encima y me quedé sin fuerzas.
Me quedé paralizado, Ray, y no sé por qué.
Su dolor se me clava como una garra en el pecho. Me acerco todo lo que nuestros cuerpos me permiten. Su aliento es una mezcla de pasta de dientes y licor. Sigue borracho, pero no lo suficiente como para no saber lo que dice.
—Mírame, Abi. —Tomo su rostro entre mis manos—. No puedes culparte por tener miedo. Lo querías, o pensabas que lo querías; te sentías seguro a su lado, y me cago en todo si aquí no lo hiciste nunca, porque fue mi puta culpa.
—No digas eso —replica sollozando.
—Shhh, no llores, por favor. Mírame. —Sus ojos oscuros están aguados y siento que puedo perderme en ellos, llegar a esa isla en la que podemos volar, en la que seguimos creyendo por siempre jamás—.
Cuando una persona a la que quieres te hace lo que él te hizo…
no siempre sabes cómo reaccionar. Y ya no hablo de miedo, hablo de una pesadilla.
Porque eso es lo que es, una asquerosa pesadilla.
No es culpa tuya, Abi, y necesito que te lo creas.
—Lo sé —dice con la voz rota.
Unimos un instante nuestras frentes.
—No soporto que me apartes, y menos por una cosa como esta. Quiero poder abrazarte y recordarte que no tienes la culpa. Quiero ser tu ancla, tu barco en medio de un mar de cocodrilos, tu isla en ninguna parte; quiero ser Garfio y quiero ser Peter Pan
; quiero serlo todo y quiero que tú lo seas todo, y quiero que podamos decirnos cualquier cosa en cualquier momento.
—Estoy enamorado de ti —repite, y a mí me da la risa de lo nervioso que estoy—. ¿Por qué te ríes?
—Porque te quiero, bobomierda, y no me creo que tú también me quieras.
—Llevo enamorado de ti desde los doce. Intenté no estarlo, pero no salió bien.
Se encoge de hombros; también se ruboriza. Y yo me acerco y le beso la mejilla, le borro las lágrimas con los labios y me las trago, todas, hasta que solo quedan su cara, que arde, y su aliento agitado.
—Me lo vas a tener que repetir mañana para terminar de creérmelo —musito.
Él me sujeta de la nuca y hunde los dedos en mi pelo. Su mirada me advierte que las palabras que está a punto de pronunciar cambiarán algo crucial entre nosotros; lo cambiarán todo.
—Lo que me dijiste aquel día… Jamás pensé que alguien me pudiera querer así. Me explotó el corazón de felicidad, por eso no pude contestarte. Fue como si me arrancaran la voz. Y luego pasaron los días y se me metió la vergüenza dentro. Tú eres tan bonito, y yo soy…
—No sigas por ahí. —Le sello los labios con un pellizco suave—. No te atrevas a insultarte, porque me vas a hacer daño y no quieres eso.
Se le escapa una lágrima.
—No quiero. —Suspira hondo—. Lo estoy trabajando, pero me cuesta pensar de otra manera; me cuesta creer que puedas quererme así. Es como si me hubiera tocado la lotería. ¿Qué
probabilidades hay de que encuentres al amor de tu vida y quiera quedarse contigo para siempre? A mí me parece un poco como la magia.
—¿Y qué somos, si no magia? —Sonrío y le beso la frente, y la nariz, y las mejillas, y la comisura de la boca—.
¿Qué somos si no creemos? Estoy enamorado de ti, Abi, y lo estaré hasta que deje de respirar.
Y luego te esperaré allá arriba. ¿Cómo era?
La segunda a la derecha y todo recto hasta el amanecer.
Allí estaré, esperando a que vengas a buscarme.
Allí no existirán el tiempo ni los relojes ni el miedo. Estaremos tú y yo, y te querré más aún.
Él abre la boca, pero la voz no le sale y yo le digo que no pasa nada, que está bien así.
Y lo abrazo como si no existiera nada más.
Somos dos niños perdidos que se encuentran a mitad de un pensamiento alegre, dos niños perdidos que dejan de estarlo, dos niños que dejan de serlo y a la vez lo siguen siendo, todo a la vez.
Fuera, alguien da un grito. Un monstruo, un idiota o alguien tan feliz como nosotros.
La luna se asoma en lo alto. Un niño da palmas con fuerza solo para evitar que un hada caiga muerta por no creer.
El tiempo avanza como lo hace la arena del reloj de la entrada, pero resulta que ha dejado de importarnos.
El tiempo somos nosotros, creyendo, volando. Porque creer también es volar.