Capítulo 97
Rayco
- ¿
C
ómo lo llevas? —le pregunto el domingo siguiente, cuando cogemos el coche y vamos hasta Anfi del Mar para pasar el día en aquella playa que tantos recuerdos nos traen—. Me refiero a lo que pasó con él. No quiero presionarte, pero creo que es importante que hablemos.
Abián se pasa una mano por el pelo. Solo llevamos unas horas bajo el sol abrasador, pero el moreno comienza a notársele. Qué rápido coge sol, qué guapo es. Sigue por debajo de su peso, pero se lo ve mejor que cuando se vino a casa después de lo que vivió con aquel desgraciado.
—Estoy bien, creo. Es raro. —Suspira hondo, buscando las palabras que no llegan—.
A veces lo pienso y es… no sé, desagradable.
Confiaba en él. Fue como volver a ser el crío de las escaleras, pero sin la parte en la que llegabas para hacerme compañía o llevarme a tu casa, ¿sabes?
Creía que lo quería y que podíamos ser felices.
No es que estuviera enamorado de él como lo estuve de ti ni nada de eso, pero ya no sentía que tenía que seguir buscando mi sitio.
—Menea la cabeza y a mí se me encoge el corazón—.
La cosa es que parecía que estábamos bien y de repente fue…
como despertarme y darme cuenta de que dormía con un monstruo. Otra vez la misma historia.
Se levanta y se detiene en la orilla. Lo sigo, pero le dejo su espacio; algo me dice que lo necesita.
—Ojalá tuviera el superpoder para borrarlo de tu vida.
—A lo mejor no estaría aquí contigo si eso hubiera pasado —replica.
—¿Y qué diferencia habría? Soy un punto y aparte, soy pasado.
Tú mismo lo has dicho. Prefiero que seas feliz y estés bien, aunque yo no pueda verlo. Puedo vivir con eso, pero no con tu dolor. Tu dolor es lo peor del mundo, Abi.
Se gira hacia mí. Es mediodía y apenas hay gente en el agua. Sus ojos oscuros me llenan de mil sensaciones distintas y no sé qué hacer con este corazón que late y late por él.
—¿Y por qué siento que nada tendría sentido si no estuvieras aquí? Me siento como un yoyó que vuelve y vuelve a ti, porque ese es su sitio, aunque esté estropeado.
—Dijiste «estuve». «Estuve» es pasado, Abi.
Se le escapa una risotada.
—¿Quieres que te diga que lo estoy? ¿Que lo estaré siempre? ¿Necesitas alimentar tu ego o qué?
—Solo necesito que me quieras, en presente, aunque no me lo merezca.
Lo veo acercarse a cámara lenta, despacio.
Sus pies rozan los míos, su aliento me acaricia la mejilla, su mano me agarra de la nuca, me tira del pelo, me atrae, me besa.
Y no es un beso como los que nos dimos en el pasado.
Es… como si se rindiera ante mí. Se me encoge el corazón y apenas puedo respirar cuando penetra en mi boca y empuja su lengua hasta el fondo, justo donde lo necesito, justo donde no quiere llegar.
Porque él no quiere esto y ninguno de los dos puede fingir que sí. No somos así.
Me cuesta un mundo apartarlo y él se me queda mirando con todas esas arrugas que son fronteras hacia el país de los niños que no quieren crecer, pero a donde ninguno de los dos podemos llegar. Ya no.
—Abi… —musito al tiempo que pego mi frente a la suya y le acaricio la cintura, desnuda, caliente.
—¿No es esto lo que quieres? ¿Que te hable en presente y te diga que sigo queriéndote? ¿De verdad hace falta? Crees que puedes salvarme, pero no hay nada que salvar. Solo soy un chico que creció a base de escarbar hacia fuera con las uñas y ahora
está lleno de heridas que sanarán en algún momento. O puede que no sanen nunca. No depende de ti; no puedes hacer nada.
—Puedo estar contigo —digo, temblando, sintiéndolo temblar.
—¿A qué precio? —Me aparta con suavidad—.
Mírate. Brillas tanto… Me quedé ciego cuando te vi por primera vez y aún sigo sin haber recuperado la vista.
Si eso es el amor, estoy lleno de ti, pero yo solo soy lo que ves, no tengo nada para darte.
A veces ni siquiera tengo motivos para levantarme.
Y quiero dormir hasta dejar de sentirme como el niño perdido que envejeció y se olvidó de sus pensamientos alegres.
Los tengo, coño, tengo a mi hermana y a tu madre, y te tengo a ti.
Es más de lo que tenía cuando nos mudamos al polígono.
Es más de lo que tiene fleje de gente. ¿Cómo puedes tener tanto y sentirte tan hueco?
—Se aparta al ver mi dolor, como si yo le doliera—. Joder, deja de mirarme así.
Se da la vuelta, frustrado, y yo miro al cielo, hermoso, libre de nubes.
—Yo… no sé qué decir —musito.
—No hay nada que decir. No soy la consecuencia de tus actos. No tienes la culpa de lo que me pasa. Somos dos peones en este juego llamado vida, y hacemos lo que podemos. Ganas o pierdes, eso es así. Pero, míranos, seguimos en pie y seguimos soñando.
Me acerco con cautela. Necesito tocarlo, necesito sentirlo, necesito que me sienta.
—¿Lo haces? ¿Sigues soñando?
—Claro que sí. —Me clava los dedos en las muñecas—. Nada de lo que me pasó me quitó las ganas de soñar. Nunca he querido irme a ninguna parte, solo me daba miedo el tiempo. Quizá tengo un poco de Peter Pan
. Las cosas van demasiado rápido y yo acumulo todas las feas y nada de lo bonito. Bueno, vale, sí que tengo cosas bonitas. Ahora mismo estoy viendo una.
Me río con nerviosismo. ¿Cómo no hacerlo?
—¿Soy una cosa?
—Eres muchas cosas, tantas que jamás podría definirte. ¿Y sabes qué? No quiero hacerlo. No quiero que nadie más tenga ese cacho de ti que me pertenece.
—Es más que un cacho, bobo. Es todo yo. Incluso la parte que le pertenece a mi madre es tuya, porque ella también es parte de ti y tú eres parte de ella. Jamás había visto a mamá más orgullosa que cuando la nena se graduó o cuando tú denunciaste a ese cabrón y volviste a casa.
—Le hice una corona, ¿sabes? —Su aliento me hace cosquillas cuando se acerca para besarme la mejilla, la mandíbula, la barbilla—. Tienes que ayudarme a convencerla para que participe.
—Lo hará cuando esté preparada. —Lo sujeto de la nuca y le beso la sien—. Jamás pretendí salvarte, Abi. Desde chico aprendí que lo de Peter Pan
estaba muy bien, pero que el mundo real no funcionaba así. No puedes salvar a nadie que no quiera luchar ni salvarse por sí mismo. Y tú eres un luchador nato. A lo mejor no eres el rey de los mares, pero eres mi rey. Lo que necesito es dejar de ser pasado; quiero ser presente y futuro contigo.
—Mi pasado eres tú, y eso no lo puedes cambiar. No quiero que cambie cuando, gracias a él, estás aquí —dice, y a mí se me derrite el corazón y me mareo, de nervios, de ganas.
—El pasado solo es una pequeña parte; digamos que el cuarto de una tarta —argumento—. El resto es todo lo que nos queda por vivir. Y si me tengo que meter en un armario contigo como cuando éramos chicos, lo haré. Los armarios solo están fríos cuando estás solo, y tú siempre ardes.
Me empuja con suavidad y yo no dejo que se aparte. Su risa me calienta el corazón cuando lo rodeo con los brazos y me acerco a su cuerpo. El deseo me crece en la tripa y él suspira cuando siente la presión de mis dedos en la cintura, cómo lo atraigo, cómo lo enlazo a mí.
—Eso suena fatal.
—Dime que no es verdad. —Percibo su estremecimiento cuando deslizo una mano por la calidez de su espalda, ese jadeo que intenta contener, porque estamos donde estamos, y que me trago de un bocado—. Niégalo, venga —murmuro y nuestras pollas se rozan con timidez.
Temblamos y suspiramos y él se aferra a mis brazos cuando le recorro la curva del cuello con labios y lengua.
Se agarra a mí como si sus pies no estuvieran anclados a la arena, como si fuera a caerse, como si yo fuera a dejar que lo hiciera.
Tomo su rostro entre mis manos y lo beso, y vuelvo a sentir que se rinde, pero de otra manera.
Su cuerpo arde y me suplica, pero no le hago caso.
No es el momento (ni el lugar). Las llamas son tenues y el calor es soportable.
Espero. No tengo prisa. Tenemos toda una vida para quemarnos.