Creer tambiés es volar Capítulo 96
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Capítulo 96

Rayco

- ¿

T

ienes pareja? —me pregunta Abián un sábado por la noche, pasadas las once, tras regresar de una sesión intensa de maquillaje para un grupo de teatro.

Mamá se quedó a dormir con el novio que no es el novio y él está leyendo un cómic cuando me meto en la cama y enlazo mis pies con los suyos en busca de calor.

—No. Ya te dije que terminé con los hombres. Lo decía en serio.

—¿Cuándo lo dijiste? Fue hace más de dos años, Ray.

Me encojo de hombros y no le quito la vista de encima. Lo conozco bien. Abián no pregunta nada por preguntar. Siempre hay algo detrás, y ese algo concreto no me gusta.

—¿A qué viene la pregunta?

—No sé, boberías.

—Preguntabas por algo. Ahora lo dices.

Pero no contesta y a mí me pone malo. Porque el silencio es peor que cualquier cosa.

El silencio nos llevó a este limbo extraño en el que estamos cerca pero lejos.

¿Cuántos centímetros hay entre su cuerpo y el mío?

Dos. Tres. Veinte mil. Percibo su calor, su piel erizada, la tensión y, aun así, lo siento lejos, a mundos de distancia.

Es… como si al estirar la mano no fuera a tocar piel, sino aire.

Necesito que me hable, que me diga la verdad, que deje de esconderse.

«Déjate de historias y habla con él. El silencio los comerá vivos si no lo hacen», me dice mamá cuando hablo con ella. Y también Henar.

Y entonces se me ocurre que no siempre estamos juntos, que él también tiene una vida a la que no se me permite entrar: la de

la librería y sus otros amigos; la de Mati, con quien sale de vez en cuando ahora que regresó al barrio, una vida de la que yo no formo parte.

Le quito el cómic de Scalped

que tiene en las manos y lo dejo en la mesita de noche.

—Espera, ¿tú estás con alguien?

Abián se ruboriza de una manera que me hace querer acercarme, besarlo ahí, lamerlo, comérmelo como llevo queriendo hacerlo desde la primera vez que lo probé.

—¿Qué? No, joder. Ni siquiera me lo planteo.

Me arrimo a su cuerpo para tocarle la cara. Necesito sentir el calor en sus mejillas, su vulnerabilidad, esa manera en que traga saliva y cierra los ojos cuando deslizo los dedos por su cuello, su confianza.

—No todos son así, Abi. Hay gente buena en el mundo. Tuviste mala suerte al cruzarte con ese cabrón que tanto te quitó, pero ya no está en tu vida. No puedes dejar que te quite más. No se lo merece y tú ya sufriste bastante.

—Lo sé. De todas formas, no creo que vuelva a estar con un hombre en mucho tiempo, si es que vuelvo a estar con uno.

Se me encoge la tripa y algo dentro de mí se quiebra y me duele.

—¿Le contaste eso a la psicóloga? Porque no creo que sea la solución.

Abián abre los ojos y se gira para mirarme.

—Claro que sí, se lo cuento todo. Me dijo que hiciera lo que mi corazón me pidiera. Que, llegado el momento, lo sabría. Me sonó al «dile que sí para que se calle» que dicen a veces —murmura con una sonrisa torcida.

Debe ver la preocupación en mi rostro, la impotencia.

Hace tiempo que perdí la esperanza de que me diera una oportunidad, pero la esperanza es como el polvo de hadas: siempre queda algo.

Y escucharlo hablar así lo mata todo. Porque soy un hombre y lo quiero.

Este chico es una semilla que alguien plantó

en mi pecho y creció, un nomeolvides grande, violeta y precioso.

Lo quiero hasta el dolor. Y porque lo quiero, lo dejo libre.

Porque lo quiero, no lo agarro de la nuca y le como la boca.

Porque lo quiero, no le demuestro que soy un hombre que quiere hacerlo feliz para toda la vida.

Porque lo quiero, aparto la mirada y la fijo en algún punto de la pared cada vez más atestada de fotos.

—Es solo un pensamiento, bobo —me dice como si hubiera leído el mío—. No siempre estoy de bajona y, por desgracia, todavía me gustan los chicos.

Resoplo.

—¿Por desgracia? Mira que eres dramático a veces.

—Aprendí del maestro.

Nos miramos, sonreímos y seguimos mirándonos. Minutos, horas, lo que sea.

Al final me lo suelta y el corazón se me deshace como un suspiro de Moya, ese que aplastas y se convierte en un polvo parecido a la harina.

—Es que vivimos como si fuéramos novios, pero sin serlo.

Y a lo mejor quieres usar la cama. Solo tienes que decirlo, Ray.

No quiero que pase como las otras veces que vine y ya estabas con alguien.

No quiero sentir que sobro. Y tampoco quiero que dejes de ser feliz porque estoy aquí ocupando un sitio que no es mío.

Tengo un nudo en la garganta y me escuecen los ojos.

Aparto la vista y me levanto. No le digo nada cuando me siento delante del tocador y me maquillo.

Pinto la libertad en mi cara y él se mantiene en silencio hasta que acabo.

Entonces me siento delante de él y lo sujeto del rostro.

Sus ojos me dicen muchas cosas, su cuerpo tiembla.

De miedo. De amor. De envidia. Él siempre envidió mi libertad casi tanto como yo odié su falta de ella.

—¿Recuerdas la primera vez que me viste así y cuando me preguntaste qué quería ser de mayor?

Él asiente, no puede hablar. No pasa nada, ya hablo yo por los

dos.

—Me miraste como si no existiese nadie más que yo en el mundo —continúo—, como si fuese lo más hermoso.

Me miraste con cariño y con una dulzura que me supo a gloria.

Eras un niño, como yo, y yo te gustaba. Me enamoré de ti en ese momento, bobo.

Y puede que lo demás haya sido una mierda, que hayamos ido por caminos distintos, que te hiciera daño con mis miedos y mis dudas y esa distancia de la que voy a arrepentirme toda la vida, pero no he dejado de quererte ni un poquito; todo lo contrario.

Te besé aquel fin de año porque no podía más.

Te follé porque, si no lo hacía, me iba a volver loco.

Me fui a Madrid dejando mi corazón aquí contigo.

Nunca estuvo en otra parte. Yo no me enamoro de cualquiera, Abi.

Tuve novios y muchos rollos, pero no quise a ninguno.

Creo en los «para siempre», y en los monstruos de Lovecraft que dan miedo, y también en las hadas.

Creo en mi madre y en la familia que somos nosotros, y creo en mí.

Pero si hay alguien en quien creo más que en nada, ese eres tú.

Y me da igual si no quieres estar conmigo porque soy un hombre y somos lo peor.

Me da igual que no quieras perdonarme y hayas dejado de creer en nosotros.

Me da igual todo si te quedas conmigo. El sitio va a estar aquí siempre, porque es solo tuyo y ya no tengo que convencerte de que no te quiero.

Te quiero, y no volveré a ocultarlo nunca más.

No sé cuándo ha empezado a llorar, quizá antes que yo, tal vez después. Somos dos olas que se encuentran a medio camino y chocan. El agua sube y sube y nosotros estamos aquí, sin saber qué hacer.

—No hace falta que digas nada. —Lo tomo de la mano y le beso la muñeca allá donde su pulso me dice todo lo que él no es capaz de decir.

Voy a levantarme, pero él me sujeta de la camiseta y me quedo donde estoy. Las manos le tiemblan cuando me clava los dedos en el pecho.

—Yo… —Respira tal y como le enseñaron en terapia—. Yo…

Sigue respirando, y no lo abrazo porque sé que eso es peor, de modo que bajo las manos y le acaricio los muslos con suavidad; noto cómo su cuerpo convulsiona con los sollozos y las respiraciones profundas.

Ojalá pudiera sacar el polvo de hadas y alejarlo de todo, difuminar el dolor como hago con los ahumados al maquillar.

Pero solo somos dos chicos un poco rotos, un poco enamorados (yo mucho; él, a saber), un poco demasiado asustados.

—Tranquilo, no hace falta que hables. Ya lo sé todo —miento, porque a veces mentir está bien; mentir para que no duela, mentir para decir «te quiero».

Y él respira, y respira, y respira.

—Abrázame —me pide cuando por fin consigue regresar a mí.

Y yo lo abrazo y lo siento: su corazón acelerado empujando al mío, sus manos en mi cintura y en mi pelo, las mías en su espalda, rodeándolo, trayéndolo a casa. Somos dos niños que dejaron de serlo y, aun así, creen y vuelan.

Y creemos.

Y volamos.