Capítulo 95
Abián
A
bián tardó un poco en reubicarse. Era como si alguien le hubiera entregado un mapa al nacer, uno sucio, lleno de rutas y caminos emborronados que lo llevaban a lugares en los que no quería estar, y de pronto se lo cambiaran a otro nítido, un mapa seguro.
O eso parecía. Abián temía las cosas que parecían ser de una manera, pero tal vez fueran de otra.
Era lo que más temía en el mundo, además de la soledad, que su hermana dejara de quererlo y odiar a Rayco.
Le costó un poco situarse en el mapa al principio, pero tuvo ayuda.
La psicóloga a la que iba lo ayudaba. Fue cosa suya pedir a una mujer.
Había decidido que le gustaban más; todas, salvo su madre.
Ella seguía sin gustarle. A veces incluso le costaba recordar que un día la quiso, que aún quedaba una mecha encendida dentro de él, frágil, quebradiza, pero su psicóloga se encargaba de alimentarla.
Le hablaba de las segundas oportunidades y de seguir el instinto, y de amarrarse a personas cuando creías que el vértigo te haría caer.
Y de pedir ayuda. Qué difícil era pedir ayuda cuando llevaba años encargándose de todo. Qué difícil aceptar que la necesitaba.
Pero lo hizo.
Y pasaron cuatro meses. Abián volvió al trabajo.
Regresó a su Nunca Jamás, con todos esos cómics y los clientes que pasaban a verlo cada semana y pedían sus recomendaciones.
Volvió el olor a tinta, la aspereza en las manos por abrir cajas llenas de historias que él quería descubrir.
Llegó la paz, una que no se creía, pero en la que estaba trabajando.
Y Rayco seguía ahí, a su lado. Dormían juntos, comían juntos, reían juntos. Leían historias que luego intercambiaban. Rayco iba a fiestas, pintaba libertad en muchos cuerpos y era feliz. A
Abián le gustaba ver la felicidad en la cara de su amigo, el chico al que tanto quería.
Rayco lo llevaba de aquí para allá y él iba, aunque no siempre le apetecía.
Había días que sí y otros en los que se quedaba en la casa de los Arocha, bajo las sábanas, y lloraba.
Antes no lo hacía casi nunca y ahora las lágrimas le salían solas.
Su psicóloga le decía que era bueno, que lo echara todo.
«Lo que no es bueno es que te escondas», le decía Itahisa cuando le veía los ojos hinchados.
«Si necesitas llorar, hazlo en mi hombro, mi niño.
Deja que te abrace». «Las lágrimas en compañía son más dulces y el dolor sale en lugar de entrar».
Todo eso le decía, y entonces él se dejaba caer en los brazos de esa mujer que no tenía los pechos caídos por el embarazo, como su madre, ni la cicatriz en la barriga por la cesárea, pero que era su madre porque lo había cuidado como si lo fuera, le había dado amor en lugar de soledad.
Esa mujer que era un bloque que nunca se hundiría. Esa mujer que era Itahisa.
Por la noche, cuando Rayco regresaba y se metía en la cama, se apretujaba contra él y le besaba la mejilla, y el hombro, y le susurraba un «buenas noches, mi niño perdido» mientras recorría el contorno de su cara con las yemas de los dedos como hacía cuando eran críos.
Y los relojes se detenían, el tiempo dejaba de avanzar y ellos volaban.
Abián se dormía con la sensación de que estaba arriba y abajo, seguro, en casa.