Creer tambiés es volar Capítulo 94
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Capítulo 94

Abián

A

bián no sabía qué había desencadenado el enfado de Luis, qué le molestó esa vez.

Quizá que llegara tarde, que no lo avisara para que lo fuera a buscar (¿para qué?

; vivían muy cerca de la librería y a Abián siempre le había gustado caminar).

Quizá fue la mención a Rayco, a los planes para ir al cine sin contar con él.

O tal vez fue su hermana, el tiempo que estuvo al teléfono con ella, la cena que se enfriaba sobre la mesa.

Nunca había pasado. El silencio era la única arma de Luis y la manejaba como un experto. Abián casi podía sentir el vértigo de su llegada, la distancia que se abría hacia un abismo al que no le importaría caer, solo para que acabara.

Lo había visto enfadado, incluso furioso, pero no así.

No sabía quién era ese hombre, pero no su novio; no aquel chico que le abrió su hogar, que le dio la llave, que lo cuidaba y lo hacía sentir…

seguro. Resultó que sí era un monstruo parecido a aquellos que lo acosaban cuando era chico, un monstruo que gruñía y arañaba y golpeaba, tanto que empezó a sangrar por la nariz.

Abián apenas sintió el golpe, no lo vio venir.

Fue como aquella vez con su padre, cuando le saltó el diente y se quedó ahí, paralizado, observando la sangre como si no fuera suya, como si su mundo no acabara de cambarse para siempre.

El cerebro se le quedó mudo y los pensamientos se le enredaron, la garganta se le atascó.

No era capaz de decir nada. El dolor de ahora se mezcló con el del pasado, venía como ráfagas mientras los gruñidos y los gritos se intensificaban y él quería defenderse, pero no podía.

Abián no era el mismo que tiempo atrás había entrado por primera vez en aquella casa, llena de luz y libertad.

Hacía tiempo que había dejado de ser una casa para convertirse

en una caja de cartón llena de trampas sin salida, como esas que usaba el hámster que tenía Emilio.

Abián volvió a ser un niño muy chiquito, encogido sobre sí mismo.

Un niño no dejaba de ser un niño, aunque fuera grande y fuerte como Abián.

Y estaba paralizado, y el cuerpo no le respondía, y no había mucho que hacer más que esperar, esperar, esperar.

Luis era un gigante y Abián un caracol que intentaba regresar a la seguridad de su hogar.

El problema es que no tenía. Un caracol sin caparazón no es nada, solo un despojo.

Se preguntó en qué momento se convirtió en eso.

Le dolió darse cuenta; tanto que, por un instante, pensó en que le daba lo mismo.

Solo quería que terminara. Las batallas se acababan antes cuando no luchabas; lo sabía todo el mundo.

En eso pensaba cuando una risa suave se le vino a la cabeza, seguida de un susurro.

«Henar». Puede que Abián fuera un despojo, pero ella lo quería.

El dolor de su ausencia la mataría de la pena y no había nada peor que ser dolor en el corazón de su hermana.

Y luego estaba él, Rayco, ese «casacasacasa» y «conmigoconmigoconmigo» que le devolvía el aliento.

Su voz también le llegó muy clara: «Niño, ¿por qué lloras?».

A Abián se le escapó una lágrima. Y respiró. Y respiró.

Estaba en el suelo, boca abajo, y tenía la mano de Luis en el cuello, su cuerpo una roca que le aplastaba el corazón contra los azulejos. Pum, pum, pum. Abián podía escucharlo: era la vida, que salía de él, luchando, siempre luchando.

El mundo giró y giró, y de pronto ya no estaba en el suelo sino en la cama y tenía el cuerpo entumecido y no podía moverse.

Notó el sabor metálico de la sangre cuando la lengua de Luis lo invadió y le mordió los labios.

Volvió a faltarle el aire, pero esta vez el miedo de Abián salió de su escondite y empujó y empujó y empujó.

No supo si fue su resistencia o los ruidos que se le escapaban de la garganta, pero por fin se detuvo.

Llegaron los «perdóname, lo siento, perdóname» de Luis, seguidos de los

«no pasa nada, está bien, no pasa nada» de Abián, aunque nada estaba bien y sí pasaba. Pasaba todo. Cuando sabes lo que es vivir con un monstruo, aprendes cuál es la única manera de salir de su guarida.

***

Ya era tarde y el monstruo dormía cuando Abián salió de la cama, se vistió y se marchó con la única mochila que contenía sus objetos más preciados, esa que nunca había llegado a vaciar.

Tenía la boca pastosa, aún con el regusto a sangre, y la vergüenza le reptaba por la garganta cuando salió a la calle y lo llamó, con el miedo como único abrigo que lo aislaba del frío y los pies bien pegados al suelo.