Creer tambiés es volar Capítulo 93
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Capítulo 93

Abián

D

icen que todos los niños, tarde o temprano, se hacen mayores. Y es verdad. Lo que nadie te explica es que también sucede a la inversa, y no en el sentido de la vejez, que también, sino en ese otro en el que eres adulto y te encoges a base de golpe y porrazo.

Imagina una habitación enorme, con ventanas que casi llegan al techo por donde entra la luz, tus pensamientos alegres sobre la cama, donde moran los sueños más profundos, tus miedos guardados en el armario.

Y miras a tu alrededor y te sientes inmenso, y libre.

Y vuelves a mirar y las ventanas desaparecen, las paredes se estrechan, de los cajones saltan los miedos, los pensamientos alegres se caen, se esconden, y tú no puedes hacerlo, porque el sitio es cada vez más chico y no consigues moverte.

Y te encoges, y te encoges, y te encoges.

Y ya no hay luz. Y vuelves a ser un niño asustado, diminuto, paralizado por las sombras de formas retorcidas que parecen monstruos pero no lo son y ese otro que sí lo es y que araña las paredes, crirrr, crirrr, crirrr, solo para advertirte de que está ahí, te acecha y te va a comer.

Pronto. Muy pronto. El monstruo es un ser cósmico con cabeza de pulpo, aliento a muerte, el cuerpo lleno de escamas y garras.

Y está frío, y te hace daño; no con las manos, sino con la mente, que es como más sientes el dolor.

Una pesadilla, eso es.

Abián ya conoció a un monstruo así, vivió con un monstruo así, temió a un monstruo así. Era el monstruo que se escondía debajo de la cama, y encima, y en todas partes. El monstruo. Y había vuelto, con otro nombre y otra forma, pero la misma esencia.

—Tengo miedo —le dijo una noche en que Rayco lo llamó al salir del trabajo para preguntarle si le apetecía ir al cine, que hacía mucho que no hacían nada juntos y ya estaba bien.

Se pusieron al día mientras caminaba por Triana para ir al Obelisco, despacio, porque no le apetecía llegar a la casa que compartía con Luis.

¿Cuántos meses habían pasado desde la última vez que hablaron?

¿Dos, tres? A Abián le costaba coger el teléfono cada vez que su amigo lo llamaba, hablar con él cuando no sabía explicarle cómo era su vida en esos momentos.

—¿De qué?

—De dejar de ser yo. No sé, a veces creo que me diluyo como esas pastillas efervescentes. Estoy concentrado y de repente me caigo al agua y me disuelvo en muchos yoes y soy incapaz de reconocerme en uno.

Un suspiro prolongado, una ventana que se abría, más ruido que Abián no reconocía.

Se lo imaginó en casa, sentado frente al tocador a nada de pintar la libertad.

Y quiso subir por la cuesta de Mata, llegar a él, sentarse a su lado, pedirle que pintara la libertad en su cara, que le devolviera a ese yo

que estaba perdiendo y temía no volver a recuperar.

—Sigues siendo tú, estés más o menos diluido, bobo. Y cuando el agua deje de agitarse, volverás a juntar cada gramo de ti.

—No si caigo en la barriga de un monstruo —replicó y el ruido se oyó más fuerte, seguido de un chasqueo de lengua—. ¿Qué? ¿No lo habías pensado?

—¿Desde cuándo suenas tan dramático? Se supone que soy yo el dramático de los dos.

—No sé por qué te cuento nada. No me vas a entender.

—Claro que te entiendo. Te entiendo de puta madre, Abi.

Me estás hablando de lo mal que estás con tu pareja y yo estoy aquí, intentando diluir lo que siento en la misma agua en la que estás tú, todo para no decirte lo que pienso de verdad, para no pedirte que lo mandes a tomar por culo y vuelvas a casa conmigo. ¿Es

eso lo que quieres oír? Empiezo cuando quieras; solo dame una señal y lo haré.

Abián se quedó callado. La tripa le dolía, pero de nervios.

El corazón se le disparó y la mano le empezó a temblar al agarrar el teléfono.

Rayco hablaba y hablaba y él solo podía escuchar «casacasacasa» y «conmigoconmigoconmigo».

Lo demás no era importante, solo eran puntos suspensivos y él ya estaba en un punto y aparte, deseando empezar un nuevo párrafo.

Las ganas que tenía de salir corriendo, de volver a «casa», eran tremendas y dolían.

—Vale. ¿Miraste la cartelera? —preguntó su amigo al ver que las palabras se le habían diluido junto a todo lo demás—. Podríamos ir el domingo con mamá. Te echa de menos, Abi. Y también se lo podemos decir a la nena, aunque está liada con la uni y a saber si viene.

Y Rayco siguió hablando, y Abián sintió cómo sus partículas se unían y volvía a ser el niño de doce años que miró a una estrella a los ojos y se enamoró. Porque eso era Rayco para él, su estrella fugaz, su eterno deseo, su Nunca Jamás.