Capítulo 92
Abián
S
ucedió como sucedía todo. Primero estuvieron bien, y después ya no.
La felicidad es como la marea en Las Canteras.
Ves que sube y sube y La Barra, el arrecife natural que bordea la costa, no se ve.
No ves nada mientras la arena del reloj cae y cae y tú te dejas arrastrar por ella.
Los tictacs ni los percibes. Estás demasiado ocupado dejando que todo pase, viviendo.
Y, de repente, la marea empieza a bajar, La Barra aparece y descubres todo lo que antes no veías, la verdad oculta por una felicidad breve y volátil.
El tiempo deja de parecerte un ladrón, los tictacs se hacen cada vez más audibles y tú observas lo que hay como quien mira un accidente del que no puede despegar los ojos, porque todo había pasado ya, pero estabas tan ciego que no veías.
Y la marea sigue bajando, y La Barra se ve más imponente, y pisas piedras, y te clavas púas de erizos, y despiertas en medio de una pesadilla que resulta que no es.
Porque el monstruo está ahí, a tu lado, y sientes su aliento en el cuello, el peso de su cuerpo sobre el tuyo, la libertad que se te va, el tiempo que no te espera, y la vida, que deja de pertenecerte como cuando eras chico y no tenías voz.
Abián despertó y ya no pudo volver a cerrar los ojos.