Capítulo 91
Rayco
- ¿
C
rees que lo quiere? —me pregunta Henar una tarde en que viene a casa para ver una película con mamá y conmigo como en los viejos tiempos.
Lo hacíamos mucho, y también recordábamos mucho a Abián, que llevaba más de un año viviendo con su novio y ya nunca venía. Al menos no se había olvidado de felicitarme por mi cumpleaños.
¿Cuándo fue la última vez que hablamos? Hace demasiado tiempo.
Durante el último año me había dedicado a mandarle audios interminables sobre flores o maquillajes o chorradas varias que él escuchaba pero no contestaba, y yo me decía que no pasaba nada, que estaba en la librería, o con Luis, o a saber.
Imaginaba que así debió sentirse él cuando yo me fui a Madrid, y luego me cabreaba porque yo jamás habría dejado un mensaje suyo sin contestar.
No, mejor no pensar en eso. No quiero enfadarme con Abián, no cuando se supone que por fin es feliz, no cuando todo esto es culpa mía.
Mamá grita algo desde el baño: que ya viene, que solo tiene que secarse el pelo, que vayamos eligiendo peli.
Me giro en el sofá para poder mirar a Henar a los ojos y le aparto el mechón que le tapa media cara.
Su pelo sigue siendo igual de fino y le cuesta muchísimo mantener una trenza (o cualquier otro peinado) en su sitio.
Al final cumplió su promesa: es Rapunzel, pero con el pelo castaño y una mirada que a mí me parece mucho más bonita.
—¿Y por qué iba a estar con él si no lo quiere?
—¿Por qué estaba mi madre con mi padre?
—Tu madre quería a tu padre —le recuerdo—. Era un cabrón, pero lo quería.
—No creo que fuera amor. Era… otra cosa.
—Se encoge de hombros y el pelo le vuelve a tapar la cara; pienso en coger el móvil, sacarle una foto, mandársela a Abián para que vea lo mucho que ha crecido su hermana, pero algo me dice que esta vez tampoco recibiré respuesta—.
A veces confundimos el amor con el miedo porque nos acostumbramos a él.
Miedo a la soledad o a perder la seguridad o a que dejen de mirarte o vete a saber qué.
Los humanos también somos animales domesticados.
Y es difícil salir de ahí. El miedo no te deja.
Pienso en la Henar que fue mientras miro a la Henar que es ahora, tan bonita, tan adulta, tan lista. «Qué bien lo hiciste, Abi».
—Desear otra vida es jodido, eso es verdad. No sabes si la que viene será mejor o peor, y decidir es lo más difícil del mundo.
—Es más fácil que elijan por ti —añade ella.
—¿Eso es lo que estás aprendiendo en la universidad? ¿Cuándo creciste tanto?
—Soy una viejoven
, ¿no me ves?
—Eres una superviviente, nenita. —Le pellizco la nariz y me sonríe al oír el diminutivo que usa su hermano, pero deja de hacerlo en cuanto me ve la cara—. En serio, Henar. ¿No crees que se merece un respiro?
—Es que ya nunca lo vemos, Ray. Tú eres el primero que se queja de que hablas poquísimo con él, y con Ita lo mismo, y porque lo llama y no tiene los huevos de pasar de ella.
—Eso no significa que Luis sea mal tío. Hay muchas personas que se distancian de amigos o de familiares cuando empiezan una relación. Es ley de vida, supongo.
—No me gusta. —Tiene la cara cada vez más colorada y no deja de fruncir los labios como cuando era chica y se amulaba porque Abián y yo queríamos hacer «cosas de chicos» y ella no podía.
—Lo sé. Llevas con la matraquilla desde que empezaron a salir.
—Lo echo de menos, Ray. —Se le escapa un sollozo—. Vivimos a quince minutos y lo echo de menos. Dime por qué, porque no lo entiendo. Y lo peor es que creo que no voy a dejar de sentirme así nunca.
Quiero decirle que al menos ella lo ve, que le contesta y la llama casi cada día, que es ella quien no le coge el teléfono o tarda en responderle cuando le escribe.
A mí, en cambio… Soy un círculo verde en la pantalla, mensajes olvidados sin leer, abajo, muy abajo.
Me contesta alguna vez, cuando ni siquiera lo espero, o me coge el teléfono las veces en que me atrevo a llamarlo, que no son muchas porque no quiero ser pesado ni agobiarlo.
—Se le llama crecer. Y puede que no te lo diga porque no te quiere hacer daño, pero tu hermano lleva echándote de menos desde que te hiciste grande y dejaste de necesitarlo.
—«Desde que la elegiste a ella», quiero añadir, pero me contengo—.
Todos los niños crecen, pero nadie te cuenta lo que sufren los adultos cuando esto pasa.
—Tampoco le digo que mi madre también la echa de menos todo el tiempo.
No tengo derecho a hacerle daño a esta niña que ya no es tan niña y a la que tanto quiero, no ahora que ya no quedan monstruos a su alrededor.
—Quince minutos, Ray —repite con una voz que no parece suya—. No es nada.
—Te equivocas, Henar. El tiempo lo es todo. El tiempo siempre lo es todo.
***
Horas más tarde, cuando termina la película y suben los créditos, Henar nos dice:
—Díganme una cosa. En la historia original, ¿por qué creen ustedes que Peter Pan
volvía siempre a Nunca Jamás y dejaba atrás a la gente que quería? Nunca Jamás tenía su forma, sus leyes, era su casa. Estaba solo, pero era su casa. O eso pensaba.
Mamá, tumbada a mi lado, me mira con tristeza. Por lo que me contó cuando fui a la cocina para ayudarla a traer las roscas antes de poner la película, había escuchado parte de la conversación y debía imaginar de qué iba todo aquello.
—¿Hablas de Peter Pan
o de Abián? —pregunto.
—Somos animales de costumbres, Ray. Y mi hermano no puede haberse olvidado de nosotros. Solo está… perdido. Y tengo miedo de que no encuentre el camino de regreso a casa. Esta es su casa.
—Y lo estaremos esperando si quiere volver —digo antes de levantarme para quitar la película y terminar una conversación que duele demasiado.