Creer tambiés es volar Capítulo 90
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Capítulo 90

Abián

A

bián odiaba el silencio que se fue metiendo en aquella casa donde al principio todo eran risas y besos y jadeos entrecortados.

Luis nunca gritaba, jamás levantaba la voz.

Te hablaba en un tono calmado, despacio, como si fueras un niño y él tuviera toda la paciencia del mundo.

A Abián le habría gustado que gritara. Los gritos eran su lengua materna, los conocía bien.

El silencio, en cambio, era un grito que solo oía él, que solo sentía él.

No lo entendía. Se le metía dentro, en el puto cerebro, le llenaba el pecho y mantenía su cuerpo en tensión día sí y día también.

Abián dejó de dormir tranquilo, dejó de hacer muchas cosas.

El silencio de Luis no era absoluto. Era más bien como una sopladera que se hinchaba y se hinchaba y Abián permanecía en tensión, esperando el momento en que el látex cedía y estallaba.

Cogía aire, el cuerpo se le tensaba y el corazón le iba rápido y lento a la vez.

Y entonces… no sucedía nada. El globo no explotaba.

Se soltaba el agarre, el cierre cedía, fssshhh, y el miedo se iba del mismo modo en que lo hacía la amenaza de estallido. Y él, por fin, se relajaba.

Ese fue su error, sin duda: creer que podía relajarse. Creer

.

El silencio llegó una tarde en la que Luis había regresado de clase, enfadado y cansado.

Llevaban meses viviendo juntos y Abián se sentía bien, tranquilo, en paz.

Encajar en la vida de Luis había sido fácil; él se había encargado de todo: de meterlo en su familia, en sus amistades, de hacerle un hueco en su armario.

Le compraba ropa, lo llevaba al teatro y le regalaba libros a los que Abián jamás se habría acercado por su cuenta y que leía porque le gustaba la idea de conocer a su novio a través de ellos.

—Esta noche salgo —le comentó cuando entró a saludarlo a la

cocina.

—¿Con quién?

A Abián le sorprendió el tono frío con un punto cruel, esa orden, ese «dímelo y ya veremos si vas».

No le gustó cómo se lo dijo ni la reacción de su cuerpo, cómo le aumentaron las pulsaciones, cómo se le tensaron los hombros.

Reconoció la sensación y sintió un poco de asco, y un poco de confusión, y un poco de enfado.

—Con los del curro —contestó, y se ruborizó al oír su propia voz.

Abián volvió a ser ese crío al que su padre regañaba, con sus miedos y ese querer huir bien lejos. Casi esperó oír el tac, tac, tac seguido de ese crrr chirriante del ir y venir del sello sobre la madera de la mesa. La advertencia.

Pero no.

En su lugar, hubo un arrastrar de silla, el sonido de una libreta al caer sobre la mesa, donde Luis solía sentarse a hacer sus cosas con una taza de café que iba recargando cuando no quería encerrarse en su despacho, y el silencio. Ese puto silencio.

—¿Estás seguro de que vas con los del curro? —quiso saber Luis al cabo de dos, tres, siete segundos; toda una vida para Abián.

—¿Qué quieres decir?

—Dudaste, Abián —dijo, masticando las sílabas; Luis nunca acortaba su nombre y odiaba que los demás lo hicieran—. Te hice una pregunta y tardaste en responder.

—No dudé, solo me sorprendió. Sabes que suelo salir los viernes con los del curro cuando no tenemos otros planes.

—¿Y quién te dijo que no tenemos otros planes? Los tenemos. —Luis volvió a girarse, cogió la libreta y siguió a lo suyo, no sin antes agregar—: Te paso a buscar cuando salgas. Quedamos a las nueve para cenar en Los Pollos de Firgas.

Abián abrió la boca y la volvió a cerrar, porque el silencio se lo comió. Lo hizo poco a poco, como uno de esos machanguitos de

aquel videojuego al que había jugado con Rayco, que tragaba y tragaba hasta que todo se fundía en negro, hasta que no quedaba nada.

Esa noche Luis no le dirigió la palabra, pero sí lo tocó.

Mucho. Durante la cena, le apretaba fuerte la pierna por debajo de la mesa, casi hasta el dolor, dejaba caer la mano en su nuca o le acariciaba la mejilla.

Algunas veces iba más allá. Deslizaba los dedos entre sus muslos y le apretaba la entrepierna, como intentando decirle algo.

Abián enrojecía, pero no se movía ni hablaba; Luis lo hacía por los dos.

Y, cuando por fin llegaron a casa, le arrancó la ropa y se lo hizo en el recibidor, la cara y las manos contra la pared, los dedos clavados entre sus muslos, presionando, los dientes en su cuello, marcando.

Y Abián volvió a sentirse extraño, diminuto, frágil, incluso cuando Luis lo limpió y lo abrazó y se metieron en la cama. Sobre todo, se sintió avergonzado.

Y entonces amaneció y todo regresó a su sitio. La sopladera se deshinchó, Luis volvió a ser Luis y el silencio se fue como si una ráfaga de aire lo hubiera sacado por la fuerza.

Pero Abián no se engañaba: conocía ese silencio. Era un silencio que siempre volvía. Había vivido con él durante dieciocho años.