Creer tambiés es volar Capítulo 89
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Capítulo 89

Abián

-N

o me gusta —dijo la nena unas horas más tarde, cuando se vieron por videollamada porque, según ella, no se habían despedido bien.

Se acercaba la cámara a la cara y su nariz parecía más grande; también los ojos y los labios.

Toda ella parecía enorme. Tenía las mejillas sonrojadas por los buches de vino que tomó en la cena y la alegría.

A Abián se le llenó el pecho de amor y sonrió como un bobo orgulloso—. No me mires así, lo digo en serio.

Él salió a la terraza y cerró la puerta de cristal, aprovechando que Luis estaba poniéndose al día con el correo en su despacho. Por nada del mundo quería que escuchara a su hermana hablar mal de él, no cuando su relación se estaba asentando.

—Te miro así porque te quiero. Y porque hicimos algo bueno: creciste y sigues volando.

Abián sintió cómo le mordían el corazón cuando su hermana puso esa expresión que venía a decir que estaba triste, pero intentaba contenerse por él.

Se le habían humedecido los ojos, tan grandes y brillantes, tan iguales a los de su madre, tan distintos.

Era una criatura de luz y la quería con una ferocidad casi animal.

—Sigo volando porque creo en ti, pero ese chico no me gusta nada, Abi.

—No te va a gustar nadie que no sea Ray, eso ya lo sé.

—No es por Ray. Rina sí me gustó, más o menos —añadió bajito, porque los dos sabían que no era cierto, no del todo—. Es verdad que siempre preferiré a Ray, pero este nuevo novio no me gusta.

—¿Y por qué, si se puede saber?

—Porque no te ve.

Abián enarcó las cejas.

—¿Qué quieres decir?

—Se pasó toda la noche callado, observando.

Nos miraba y te miraba para ver la huella que dejábamos en ti, pero no te veía.

No al completo. No como Ray. —Él fue a hablar, pero ella levantó el índice para que la dejara terminar—.

Cuando miro a Ray puedo verte en el brillo de sus ojos.

Y eres tan bonito ahí… No te haces una idea de cuánto.

Pero ese hombre… —La voz se le desvaneció en el silencio de la habitación: la misma litera en la que tantas veces durmieron juntos, las mismas paredes.

A Abián le dolió la distancia y tuvo que mirar al cielo lleno de unas nubes que no cuajarían, porque hacía demasiado calor para eso. Cómo dolía crecer, cómo.

—Luis. Se llama Luis.

Henar suspiró.

—Luis solo te mira para marcarte, como si fueses suyo. Te mira como papá miraba a mamá.

Abián meneó la cabeza. Le dolía que hablara así de Luis cuando no le había dado una oportunidad ni lo conocía ni sabía cómo eran cuando estaban juntos.

—Déjalo y descansa, anda. Ya te lo presentaré mejor.

—Mi opinión no va a cambiar.

—Ya verás que sí. Luis me quiere y yo soy feliz con él.

—No puede quererte. Ustedes solo llevan… ¿cuánto? ¿Cuatro meses juntos?

—Cinco. Y si puedes enamorarte en un día, puedes hacerlo en cinco meses.

Su hermana se apartó el pelo de la cara, también se mordió el labio de esa manera que solía dejar marcas. Estaba preocupada, y eso hacía que él también se preocupara.

—Dime que seguiremos viéndonos, que no serás uno de esos a los que los novios le lavan el cerebro y terminan pasando de la

familia.

—Sabes que yo no soy así.

—Bueno… —Los ojos de Henar se desviaron hacia alguna parte de la habitación.

—Bueno… —Él no apartó los suyos cuando le explicó—: Cuando Luis me miró por primera vez…

No puedes entenderlo, pero creí que después de Ray no podría sentir nada más por nadie, que era él y ya está, que me había estropeado y ya no volvería a querer.

Y ya ves que sí puedo. Puedo ser feliz, nenita.

Y me gustaría que tú también lo fueras por mí, que dejaras de juzgarme.

No sé si durará toda la vida, ojalá que sí, pero quiero intentarlo.

Henar frunció los labios un instante.

—Pero ¿tú eres feliz?

—No me siento solo. Es lo único que he querido en la vida, solo eso.

Su hermana fue a replicar, a decirle que ella siempre había estado ahí, al igual que Itahisa y Rayco, pero no era verdad, no del todo. Ella siempre había estado ahí, sí, pero no entera. Había una parte que le pertenecía a su madre, al igual que Rayco e Itahisa se pertenecían el uno a la otra.

Henar miró a su hermano, a ese Peter Pan

solitario con un pie en la ventana a punto de volar para que el dolor, el miedo o la soledad no lo alcanzaran nunca.

—Eso no es ser feliz, Abi.

—¿Y qué es la felicidad? Para mí es tener un hogar, ser parte de un lugar o de una persona. Y resulta que con él tengo las dos cosas.

—¿Hablas tú o el niño que todavía eres?

—Hace mucho que dejé de ser un niño, lo sabes mejor que nadie.

A Henar se le escapó un suspiro, que sonó como un sollozo, que atravesó la distancia que los separaba, que golpeó el pecho de Abián con demasiada fuerza.

—Solo quiero que estés bien, Abi.

—Entonces sigue queriéndome y estaré bien. Cree en mí y estaré bien.

—Eso siempre. Dios, ojalá pudiera abrazarte. —Abián pudo ver la lágrima que se le escapó a su hermana; la lágrima que se le escapó a él estaba por dentro, así que ella no pudo verla.

—Una lágrima por un pensamiento alegre —dijo Abián.

—Tú siempre serás mi pensamiento alegre —dijo Henar.

Y ahí, cerca y lejos, en esa vida que no siempre fue amable con ellos, se sintieron inmensos a pesar de ser diminutos, pequeñas manchitas en un cielo infinito.