Creer tambiés es volar Capítulo 88
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Capítulo 88

Abián

E

l acto se celebró en el instituto. Henar brillaba como lo hacían los adornos plateados al ser bañados por la luz, tanto la artificial que destellaba desde los fosforescentes como los pequeños rayos de sol que se colaban por las ventanas.

Abián la veía bien. Escuchar no escuchaba nada.

Oía el retumbar de las pisadas, los murmullos, la voz de Itahisa a medida que se acercaba y la de la madre que lo parió, pero no lo cuidó lo suficiente.

La madre que giró el rostro hacia él una vez que ocupó el asiento a su derecha.

Al otro lado de la fila, Rayco se dobló hacia delante en el suyo y lo miró.

Abián se fijó en el pelo rubio que le caía a los lados, la media sonrisa y los ojos, esos que decían tanto sin decir nada.

Llevaba un maquillaje sencillo y mucho kohl, y Abián pensó que estaba igual de guapo que la primera vez que lo vio en aquellas escaleras sucias y le permitió entrar en su vida.

Itahisa señaló a la nena, que agitaba una mano para saludarlo. Abián sabía que su hermana no lo esperaba; ninguno de ellos lo hacía.

—Viniste —dijo Ana, y él no contestó; no había venido por ella.

El acto tardó un poco en empezar. Rayco miró a Itahisa, que miraba a Ana, que lo miraba a él, que buscaba a su acompañante.

La vida es un círculo, dicen, hasta que este se rompe.

Abián lo rompió esa tarde mientras observaba cómo la persona más importante de su vida se colocaba en posición allá arriba en el escenario.

Lo rompió cuando Luis se sentó junto a él y le dio la mano.

Lo rompió cuando todos lo miraron como quien observa una herida de las feas.

Lo rompió cuando se enderezaron en los asientos, la vista puesta en el escenario para no ver más allá de él.

Lo rompió cuando una lágrima solitaria se deslizó por la

mejilla de Rayco y su madre le apretó la mano. Lo rompió como se rompe todo, de golpe y sin tiempo para el sosiego.

El acto duró poco, pero el dolor los acompañó cuando la nena recogió su diploma y los siguió hacia la sala donde Abián esperaba un abrazo que no tardó en llegar. Henar corrió hacia él y le entregó el diploma enrollado en un lazo rojo.

—Me lo tienes que guardar hasta que termine la universidad y te dé el otro.

—No seas boba. Tienes que colgarlo. Te lo ganaste.

—No, me lo ganaste tú. Como los peluches de la feria, ¿te acuerdas? Siempre me conseguías uno. No estaría aquí si no fuera por ti.

Abián la volvió a abrazar, fuerte fuerte, y los dos lloraron un poquito pa dentro, que duele más pero se ve menos, y ellos eran expertos en eso.

Henar le pidió que le presentara a su novio y siguió dando brincos y abrazos y sonrisas, porque era su día y brillaba.

El dolor también los acompañó al restaurante donde fueron a celebrar. Allí siguieron fingiendo que no pasaba nada, que no sangraban, mientras los platos iban y venían e Itahisa recordaba las tardes de Hook

y ponía la infancia de sus niños en la mesa con Rayco como fiel ayudante en la narrativa.

Luis no habló, pero lo escuchó todo mientras clavaba los dedos en el muslo de Abián con una fuerza que dolía y que en nada se parecía a esas otras veces en las que Rayco hacía lo mismo.

Llevaban poco viviendo juntos y aún les faltaba algo de confianza, así que Abián se esforzaba por preguntarle si quería más de esto o de aquello, y si estaba bien.

Esa noche fueron ellos quienes llevaron a la nena en el coche y los Arocha quienes se quedaron con su madre. Abián pensó que allí terminaría todo, con muchos silencios y mucho dolor atravesado dentro, pero no.

—¿Podemos hablar? —le preguntó Ana cuando aparcaron el

coche delante del bloque y salió para despedir a su hermana.

Abián miró a su novio y este le dijo que sí, que fuera, que él lo esperaba ahí.

Caminaron hasta el parque que había junto a la iglesia y allí permanecieron, ella sentada como si su cuerpo se hubiera quedado sin fuerzas; él, de pie, observando los lugares donde se había sentado con Rayco y la nena cuando eran chicos en las noches de frío y miedo.

Todo eso que un niño no olvida, aunque los recuerdos se cubran con telas de araña y el tiempo te impida verlos con nitidez.

Abián lo prefería así: recordar a medias, con el dolor tenue de una herida ya cicatrizada.

Caminó de un lado a otro. El lugar parecía igual, pero no lo era. Su visión de adulto hacía que todo le pareciera más feo, la hierba más reseca, el suelo más sucio, los bancos de piedra más hediondos por los chicles, las colillas, las hojas y los frutos blandos y negros que caían de los árboles.

—No voy a pedirte perdón; sé que no serviría —empezó a decir su madre.

—Pues no.

—Yo… solo quiero que sepas que ustedes dos son lo único bueno que tengo. No me los merezco, pero los quiero y este amor es lo que me alimenta. No recuerdo muchas cosas, ¿sabes? Mi cuerpo estaba lleno de veneno.

Él se detuvo. La vio ahí, tan diminuta, tan ajena a él, tan… poco madre. Y la rabia le creció como una enredadera en el pecho. La de veces que necesitó un abrazo, un «ven aquí, mi niño», un «no estás solo», y no lo tuvo.

—No te preocupes, madre, yo sí las recuerdo. Te puedo contar las veces que nos dejaste tirados o cómo una mujer a la que tú y el cabrón de tu marido despreciaban nos acogió, nos dio comida, una habitación y cariño. Te lo puedo contar con detalle, si quieres.

Ana alzó la barbilla, que le tembló. Los ojos le brillaban. A

Abián le dio igual. No sentía nada, solo rabia y dolor. Cuando la rabia y el dolor se mezclan, el resultado es bien feo, como el líquido ese que le echas al váter cuando se atasca. Te abre por dentro, eso sí, pero el amor se diluye como el resto de la mierda.

—No hace falta.

—Pues entonces no sé por qué cojones quieres que hablemos. No hay nada que hablar.

—Te quiero. Solo quiero que vengas a casa de vez en cuando. Tu hermana te echa de menos.

Abián soltó una risotada. Se pasó una mano por el pelo, que ya le llegaba a la nuca, y se lo apartó hacia atrás.

—No te la mereces.

—Lo sé.

—No, no lo sabes. —Lo dijo deteniéndose delante de ella, casi obligándola a mirarlo.

Quería que viera lo que quedaba del niño que trajo al mundo y soltó a su suerte—.

Hay gente buena que muere sola y de forma horrible y luego están los padres de mierda a quienes la vida les da una segunda oportunidad que no se merecen.

No te la mereces —repitió con un tono más grave—, pero está contigo y espero que sepas valorar lo que significa que un hijo se limpie las heridas con lejía y jabón para que solo quede el amor.

Yo no puedo. Lo siento, pero no. Las segundas oportunidades son como el polvo de hadas, madre, o como el Ratoncito Pérez, ese que no vino ni cuando el monstruo con el que te casaste me arrancó un diente de cuajo.

Las segundas oportunidades son como los Reyes Magos cuando mi hermana iba corriendo al salón y solo encontraba un par de regalos mal hechos por mí, porque los Reyes estaban muy cansados y hacían lo que podían.

—Abián suspiró muy hondo, como si intentara meterse dentro todo el aire del mundo, como si buscara fuerzas en ese acto tan mundano—.

Solo hay una vida, y las segundas oportunidades no existen.

Existen las personas. Y yo no tengo nada para darte; te estaría mintiendo si te dijera que sí y me

estaría mintiendo a mí mismo. Y estoy muy cansado. Tengo veintitrés años y estoy muy cansado de estar triste y de luchar contra monstruos que no deberían existir. Solo quiero ser feliz.

Ana ya no ocultaba las lágrimas, pero Abián no las veía, pues nada ve quien no quiere mirar. Y él no quería.

—Lo serás.

—A lo mejor. Ojalá. Qué palabra de mierda: «ojalá». Es como rezar. Nunca sabes si sirve para algo, pero lo sigues haciendo. A lo mejor soy feliz, y a lo mejor la felicidad se me escapó al nacer, quién sabe; pero eso ya no depende de ti, madre. Lo hizo muchas veces, durante muchos años, pero ya no.

—Lo siento mucho, mi niño.

El pisotón en el suelo los sobresaltó a los dos. Abián ni siquiera se dio cuenta de que lo hacía.

—¡No soy tu niño! ¡Y no me llames así! Mi madre se llama Itahisa y nació en un cuerpo que no era suyo, pero que aprendió a querer.

Esa mujer a la que el mundo rechaza es mi madre.

¡Tú solo me pariste! Gracias por eso, pero no me pidas más, porque no puedo darte más.

Tengo el corazón seco y no hay nada para ti.

A veces creo que podría tragármelo entero por mi hermana, pero resulta que no soy así.

Hay personas buenas y mejores que yo, como Henar, pero yo estoy hecho con la piel de un monstruo.

Soy hijo de mi padre, qué le vamos a hacer.

Se encogió de hombros y se metió las manos en los bolsillos. El viento movía las ramas, y las hojas caídas, y el pelo de Abián. El viento lo movía todo, pero él seguía sin poder volar. ¿Cuándo fue la última vez que lo hizo? Lo había olvidado. Era el Peter Pan

que se fue y ya nunca más creyó.

—No eres tu padre.

—Lo sé, pero no sé perdonar, y olvidar no se hizo para mí. Tengo el rencor atado al pecho en un nudo que no se va a deshacer nunca. Y eso no va a cambiar. Vendré a ver a mi hermana cuando pueda, pero de ti no espero nada más allá de

que le des la vida que se merece hasta que empiece la suya.

—Lo haré —dijo ella en un hilo de voz—. Gracias por hablar conmigo.

No había mucho más que decir. Abián echó a andar hacia el coche.

—Henar sigue siendo tuya —dijo Ana; la voz sonaba como una puerta de cristal que chirría tras pasar demasiado tiempo cerrada—. No hay día en que no hable de ti.

Abián se detuvo. Se rio, se giró, la miró.

—Las personas no somos posesiones, madre. Somos personas y nos quedamos donde nos quieren. Eso es lo que tienes que hacer para que siga contigo: quererla. Pero qué sabré yo, que no soy padre ni lo seré nunca.

Luego se fue y la dejó allí, con el eco de los gritos de dos niños a los que apenas vio crecer; ecos que siempre serían eso, sonidos sin nombre ni apellidos; ecos que no eran nada y lo eran todo.