Creer tambiés es volar Capítulo 87
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Capítulo 87

Rayco

N

o estoy borracho, nada de nada; pero lo parece, lo sé.

Lo primero que hace Henar es olerme la boca.

Gajes del oficio, supongo. Me río a lo bestia.

Mamá se acerca, preocupada, y de repente estoy en la cama enorme de aquella habitación llena de estrellas en el techo que resume nuestra infancia, rodeado de las dos mujeres de mi vida.

El pensamiento me provoca un dolor intenso y dirijo la vista al cielo al otro lado de la ventana.

Pienso en esa otra mujer que me trajo al mundo y que ya no está aquí.

Apenas la recuerdo. Solo es un puñado de fotos viejas y una sombra alargada que se pierde en mi memoria. Y ruido. Y murmullos.

—¿Por qué olvidamos lo importante y recordamos lo que nos hace daño? —pregunto refugiado en el calor de estas dos mujeres a las que tanto quiero.

—Porque el dolor es un sentimiento con mucho más peso y cuerpo que el amor.

Giro el cuello hacia Henar. La trenza larga le cae a un lado del rostro y tiene una mirada limpia cargada de preocupación.

Por mí. Y quizá también por su hermano. Cómo ha crecido y qué hermosa es.

«Qué bien lo hicimos, Abi», me digo para mis adentros, deseando que sienta mis palabras esté donde esté.

—¿Eso crees?

—No lo creo, sé que es así. Piensa en tus libros favoritos, o en las pelis, y dime cuáles te marcaron. Yo solo me acuerdo de Los puentes de Madison

y de las apuestas que Ita y yo hacíamos para ver quién se aguantaba más las lágrimas.

—Hace tiempo que dejé de leer y ver pelis que acaben mal. Odio

los finales trágicos cuando la vida ya está llena de tristeza. Solo tienes que salir a la calle y respirar, o peor, quedarte aquí dentro e intentar hacerlo cuando las paredes se te caen encima.

Ahora mi madre me mira con mucha (mucha) preocupación y alarga el brazo para apartarme el pelo de la cara. Vale, sí, estoy siendo un poco dramático, pero estoy jodido y quiero seguir regodeándome en el fango un poquito más. Necesito lamerme las heridas a un ritmo que me permita soportar el dolor.

Henar me da un codazo en las costillas, quizá un poco demasiado fuerte.

—Ya sabes lo que quiero decir, enterao

.

Sí, ya lo sé. Aun así…

—Una vez Abi me preguntó que por qué las cosas importantes no sonaban.

Por qué el dolor no sonaba. Era tan chico…

Y hablaba como un viejo. Eso me asustó, pero también me hizo querer protegerlo.

Y era una tontería, porque solo nos llevábamos dos años y nueve meses y está claro que los años no son nada frente a la experiencia.

Y él ya era más grande que yo entonces. —Me rasco la cabeza, un poco demasiado nervioso.

Necesito lavarme el pelo, y cortármelo, y arreglarme; quizá todo a la vez—.

Yo creo que el dolor sí suena. Lo estoy escuchando ahora mismo.

Es un ruido denso, constante, como un tictac con el que aprendes a vivir y ya no te molesta.

¿Lo oyen ustedes? —Me llevo las manos a las orejas como si intentara captar un sonido imposible—.

Es mi corazón machacado. Se está haciendo papilla y no sé qué hacer.

—Podrías hablar con él, Ray…

La voz de Henar es un susurro tembloroso.

Los dos sabemos que no es fácil con Abián.

Su manera de lidiar con el dolor es aislarse, poner distancia, avanzar por caminos inescrutables.

Y quizá fue eso lo que lo salvó de convertirse en el monstruo que siempre temió ser.

O quizá, simplemente, no está hecho para ser monstruo.

Demasiada luz dentro, demasiado corazón.

—No puedo. —Se me escapa un sollozo que suena al ruido de un gato al atragantarse.

—¿Vas a rendirte? —inquiere Henar—. ¿Y ya está?

Me encojo de hombros.

—Esperaré. Es lo único que puedo hacer.

—¿Y si se enamora? Ahora solo es una posibilidad, pero mañana… —No termina la frase; no hace falta.

—Entonces seré feliz por él. Significa que por fin dejará de sentirse solo.

Piénsenlo así: él está buscando en ese hombre lo que no logra encontrar en mí.

No puedo obligarlo a que me deje quererlo ni a que me quiera, no a costa de su felicidad.

—Mi madre enrosca un brazo en el mío y apoya la cabeza en mi hombro—.

Esperaré. Ya esperé mucho, no pasa nada.

Y si no… las tengo a ustedes para llorar. Me saldrán bolsas y estaré feo, pero…

—Tú jamás serás feo. —Henar me besa la mejilla.

—Lo siento, mi niño. —Mamá se aprieta más contra mí—. Ojalá hubiera cerrado la boca aquella noche. Yo hice esto.

Suelto un suspiro hondo.

—No empieces, ma. Me pediste que no le hiciera daño y se lo hice.

No sabía que con mis decisiones lo estaba dejando solo.

No sabía que iba a sentirse así. Me advertiste cuando empecé a traer a chicos, pero estaba muy metido en mi propia peli y no vi nada más.

No me di cuenta de que, a veces, prefería dormir en la calle, porque ya no sentía que esta era su casa.

Y luego… —Me acosté con él, lo abandoné, me fui, me callé mi amor, lo volví a dejar solo—.

He tenido tiempo de darle muchas vueltas, ¿saben?

Creía que lo hacía por él, porque era muy joven, porque su situación era una mierda y no tenía sentido que encima tuviera que lidiar con lo nuestro, pero en realidad lo hacía por mí.

Yo también tenía miedo, de no ser suficiente, de no poder salvarlo, de que dejara de volar y de creer en nosotros, que para el caso era lo mismo.

—Nadie puede salvar a nadie, mi niño. Somos nuestro propio héroe librando la guerra en la que nos toca vivir.

—Eso ya lo sé, ahora lo sé; pero en esa época estaba muerto de miedo y fue culpa mía, ma. Y ojalá me perdone.

—Lo hará.

Pero eso no lo puede saber y los tres somos conscientes de ello.

—Yo también lo dejé solo —musita Henar—. Y no sé si me perdonará algún día.

Le pellizco la nariz.

—Boba, tú eres su corazón. A ti no tiene que perdonarte nada.

Podrías arrancarle la piel y te seguiría queriendo.

Pero yo… Solo quiero que sea feliz. Y si ese hombre con el que está lo hace feliz, entonces cerraré el amor que siento en un bote y aprenderé a aceptarlo, aunque me duela.

Si consigue que vuelva a sonreír, ese hombre se convertirá en mi persona favorita.

Lo digo con el corazón encogido, pero la voz clara. Mi madre me mira. Henar también. Las dos lloran, por dentro y por fuera. Sobre todo por dentro.

Oigo el dolor, alto y claro, cuando me dicen, casi a la vez:

—Ven aquí.

Y mientras me envuelven entre sus cuerpos, yo siento que todo está bien, que no estoy solo y que está bien, aunque nada lo esté. Pintaré la felicidad en mi cara si él no regresa conmigo solo para que no se dé cuenta y celebraré la suya. Es lo único que puedo hacer por él.