Capítulo 86
Rayco
M
e habla de Luis una noche tras salir de ver una película en Las Arenas, cuando cruzamos hacia la avenida por la zona de La Cícer. Me detengo al llegar al mural de Néstor de la Torre que hay en el paseo desde hace unos años: imágenes solapadas del Poema del Atlántico
. Distingo Tarde
, que se mezcla con Noche
, que se mezcla con Mar en reposo
… Todo ello sobre un mar furioso que es un reflejo de ese que se puede atisbar al otro lado de la avenida, y yo observo esas formas, con todos esos colores que me recuerdan a mis madres, a Abián y a Henar, a nuestro hogar, a todo lo que me hace feliz.
Toco la pared fría mientras Abián me mira y no me toca a mí, porque ya no soy, ya nunca más seré.
Bajamos a la arena. No es la primera vez que menciona a Luis, claro, pero sí la primera que lo hace así, como si me confesara algo importante que fuera a poner nuestro mundo del revés, como si mi mundo no llevara del revés mucho tiempo.
Observo el estallar de las olas contra la orilla a medida que nos acercamos con los zapatos en las manos y los ñoños hundidos en la arena fría.
La marea está alta y hace pelete, pero necesito andar con los pies en el agua, congelarme mientras intento prestar atención a todo lo que me dice.
Una conversación larga y profunda en la que solo interviene él y yo lo oigo todo como cuando te metes debajo del agua e intentas hablar, pero eres incapaz de pronunciar palabra.
Caminamos y caminamos y no digo nada hasta que llegamos a la zona de la Peña de la Vieja, nos lavamos los pies en los chorros para volver a ponernos los zapatos y nos detenemos delante de la heladería, la que tiene
helados artesanales y tanto nos gustaba de chicos.
—Quiero ver a dónde me lleva esto —me dice.
«A dónde», se repite en mi cabeza. Yo sé a dónde lo lleva: lejos de mí, de lo que somos; justo a donde él quiere (necesita) irse.
Me meto las manos en los bolsillos. La playa está desierta, salvo por algún alma perdida aquí y allá.
En esta zona, el viento corre como si quisiera arrastrarte a alguna parte.
Las olas rompen, envuelven y ocultan la Peña de la Vieja con el ir y venir de la corriente.
Se me ocurre que quiero ser esa roca legendaria, volver a bajar a la arena, meterme en el agua y convertirme en piedra, que el mar me cubra por entero, que me oculte, que él no me vea.
Quiero estallar como la espuma y desaparecer como ella.
Quiero olvidar los últimos minutos, la conversación, viajar al pasado y aferrarme al pensamiento alegre que ahora no deja de escurrírseme entre los dedos.
Lo que más quiero es no perderlo, y es una mierda, porque ya lo hice.
Lo miro y veo pasado y un futuro demasiado incierto.
Lo miro y me cuesta un mundo sonreír, pero me pinto la sonrisa en la boca y le muestro los dientes.
Soy la magia perdida aplastada contra el suelo.
Siento el peso de mi cuerpo, mi corazón ralentizado, el mundo que gira y gira mientras observo cómo él se aleja de mí.
—Así que el niño perdido quiere salir de Nunca Jamás y ver el mundo real —digo.
—El mundo real ya lo vi, tolete. Lo que quiero es dejar de estar perdido.
Quiero ver si puedo encontrarme en otros lugares, vivir sin la sensación de llevar un cocodrilo mordiéndome el pecho.
No sé, dejar de pensar en que el tiempo pasa y yo me he quedado en pausa.
Estar quieto mientras veo cómo pasa todo a la velocidad de la luz es… agotador.
Qué me va a contar. Llevo un año haciendo justo eso: quedarme quieto mientras lo espero.