Creer tambiés es volar Capítulo 85
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Capítulo 85

Abián

P

asaron los días, las semanas, los meses, y todo siguió igual, aunque nada lo hiciera.

A mitad de año, a Abián se le acabó el contrato de alquiler que tenía con Rina y se fue a vivir a un piso compartido con un chico y una chica.

No era muy cómodo, pero los precios de los alquileres eran prohibitivos y él necesitaba seguir ahorrando.

Además, sus compañeros no estaban tan mal.

Ella trabajaba de noche y él apenas pasaba por la casa más que para dormir.

Y llegó de nuevo el día de su cumpleaños, y con él también llegó Luis.

Y fue raro, porque Abián salió con la idea de encontrarse con la única persona con la que quería pasar ese día, además de su hermana, que estaba con unas amigas y no se acordó.

Abián no podía enfadarse. Era una adolescente con todos los nudos que tenían los adolescentes, tan difíciles de desenredar que él había acabado muy confundido, ajeno a todo y sin apenas amigos.

Por eso, Abián no podía enfadarse con la nena por tener una vida lejos de él, aunque el corazón se le arrugara y la soledad lo dejara sin respiración.

Fue Rayco quien le dio la idea de salir.

Lo había felicitado con un mensaje muy corto y un audio muy largo.

La voz le temblaba y Abián sabía que estaba nervioso.

Había pasado más de un año desde que había vuelto a su vida y seguían algo distantes, como dos viejos amigos que aprenden a conocerse pero no se les da demasiado bien.

Estaban todos esos silencios, todas esas verdades contenidas, todo el deseo.

Porque sí, el deseo seguía ahí, latente, y eso no se podía esconder con nada.

Entre todas esas palabras que su amigo le soltó en la nota de voz, y los suspiros, y los «mmm» que repetía y repetía, entendió que estaba imaginando un escenario, juntos, yendo al japonés nuevo

al que habían ido cada uno por separado, el que estaba cerca del Teatro, Rayco con alguno de sus amigos, Abián con sus compañeros del curro.

El audio de Rayco decía:

«Tú pegado a la ventana; yo detrás, mirándote fijamente.

Me levanto y me presento y hablamos de todo lo que tenemos en común.

Luego vamos por Triana, nos comemos un helado y paseamos hasta el kiosco de la música.

Y ahí, bajo el toldo, te doy la mano por primera vez, y la siento tan fuerte como lo eres tú, aunque no te conozca de nada, porque esas cosas se saben y tú llevas la fuerza por dentro y por fuera.

Y quizá también te doy un beso, y tú te pones colorado pero me lo devuelves, y nos damos los números, y nuestra historia empieza como cualquier otra historia, llena de primeras veces y fácil.

Aburrida, eso sí, pero feliz. Así debería haber sido nuestra historia, Abi. Justo así».

Pero Abián no quería una relación fácil ni aburrida.

Abián lo quería a él, ese amor que le abrió el pecho en dos y vació parte de la soledad que tenía dentro y que luego lo volvió a llenar hasta dejarlo sin aire, aplastado contra el suelo.

Un corazón ahogado por sus propios latidos.

Podría desear una historia sencilla, pero entonces nunca sería Rayco, y él quería a Rayco, aunque el amor le doliera tanto.

Y se le ocurrió que iría a celebrar su cumpleaños a aquel restaurante, solo. Y si se lo encontraba allí, si estaba… A la mierda sus miedos y su dolor, a la mierda todo.

Abián no creía en muchas cosas, no jugaba a la lotería de Navidad como hacía Itahisa ni le rezaba a Dios como hacía su madrina (muerta desde hacía unos años de un paro cardíaco a medianoche, algo de lo que se enteró cuando fue a verla a la residencia de ancianos y que lo dejó un poco más roto y un poco más embostado de soledad) o la madre que lo parió, pero sí creía en Rayco y en las señales.

Y fue esa esperanza la que lo arrastró a sentarse en la mesa pegada a la ventana del restaurante.

Pero no fue su amigo quien apareció esa noche como sucedía en el relato, quien lo miró y le sonrió y le preguntó si podía sentarse a cenar con él cuando ya llevaban un buen rato de miradas esquivas.

No fue su amigo quien le hizo un sinfín de preguntas mientras caminaban por Triana y se comían un helado de Guirlache.

No fue Rayco.

No.

Fue Luis, con su sonrisa pequeña y su mirada profunda.

Era mayor que Abián. Vivía solo en un piso en el Obelisco, trabajaba de profesor de Lengua en el instituto público Tomás Morales.

Y leía mucho. No los libros que leía él, que prefería la fantasía o el terror.

Luis leía ensayos y mitología y libros históricos, y también novela gráfica, que es el nombre que se les designa a los cómics cuando no quieres que el mundo piense que eres un friki, o un niño chico que lee machangadas, pero que no deja de ser lo mismo.

Un envoltorio puede ser más o menos bonito, pero lo de dentro no cambia.

No hubo besos, pero sí muchas palabras. Luis le habló de su expareja, de lo que esperaba de una relación, de su rol.

«Soy activo», le dijo, y Abián se ruborizó imaginando lo que diría Rayco sobre eso.

También le confesó lo mucho que le atraía, y no dejó de mirarlo como si lo taladrara centímetro a centímetro.

Luis era de esas personas que atendían a cada palabra con la mirada fija.

Abián se puso colorado, y muy nervioso, pero no apartó la mirada en ningún momento.

Por nada del mundo quería que pensara que no era correspondido.

Por si acaso, se lo dijo. Le contó muchas cosas.

Se quitó la verdad de encima y se la entregó, y Luis la cogió con mucha tranquilidad, como un profesor que lidia con uno de sus alumnos problemáticos.

El beso llegó en la segunda cita. El sexo, en la quinta. Una vez que entró en su casa, Abián ya no salió de allí.