Capítulo 82
Rayco
D
os días más tarde, cuando lo llamo con los nervios en la barriga y una necesidad visceral de saber, me dice:
—Falsa alarma. Yo… Hemos roto.
No debería, pero los voladores me estallan en el pecho y quiero volar y cacarear y me siento mal, porque su voz no es nada alegre y su felicidad está antes que la mía.
—¿Tú o ella?
—Los dos.
—Abi…
—Vale, sí, fui yo. Pero es que, no sé, creo que no quiero ser padre.
—No tienes que serlo si no quieres y puedes seguir con ella.
—Lo sé, pero es que… me puse a pensar en lo que éramos y se me vino la verdad encima.
Ella lo sabe todo de mí, conoce la historia de mi infancia de mierda, pero apenas le hablé de Itahisa, mi hermana la vio una vez y a ti te borré como si no fueras parte de mi piel o de mis huesos.
Es como taparme o esconderme en el puto armario.
Y eso nunca lo hice, ya ves tú. ¿Por qué ahora, por qué con la persona con la que estoy compartiendo mi vida?
—Coge aire y lo suelta despacio—. Nos imaginé separados y no me dolió, Ray, no como cuando desaparecías durante semanas por tus cursos de maquillaje o te ibas al sur con tus amigos.
No como cuando te fuiste a Madrid, que pensé que mi cuerpo era de cristal y se había roto y nunca encontraría todos los pedazos para poder pegarlos.
Me dio igual, Ray, y no es justo para ella.
Me quiere, y quiere ser madre y tener familia, y es una persona hermosa que no se merece a un tío
como yo, que tengo el pecho hueco y nada pa darle.
Suspiro hondo. ¿Qué digo? Me ahogo con mi propio aliento. Dios.
Intento armar todo lo que me acaba de decir, explicarle cómo lo veo y lo que significa para mí, hacerle comprender todo lo bueno que tiene para ofrecer y lo mucho que me gustaría ser yo esa persona que envejezca a su lado, ver cómo el pelo se le cambia de color, cómo el tiempo forma un mapa de cordilleras en su piel, lleno de curvas, relieves y desviaciones.
Quiero que el paso del tiempo seamos nosotros, que vivamos juntos, que vivamos.
Pero no estamos hablando de nosotros, sino de él y de esa chica.
Está saliendo de una relación y no necesita esto; no ahora.
—Dime qué piensas —digo cuando el silencio se hace insoportable.
—En eso de ser padre. Lo que más miedo me da es ser un monstruo en la vida de los demás. Antes prefiero morirme.
—Tú nunca serás un monstruo, bobo.
—Gracias por estar ahí.
—Siempre, Abi. Yo voy a estar siempre.
Silencio. Denso, líquido, asfixiante.
—¿Dónde vas a vivir ahora? —pregunto, porque no sé qué más decir.
—Tenemos el contrato de alquiler hasta el verano del año que viene. Supongo que me quedaré aquí, aunque vaya justo de dinero. Rina ya se fue.
—Te iba a decir que volvieras a casa. Aquí, con mamá y conmigo.
—No creo que pueda volver ahí, Ray.
Más silencio, ahora acompañado de una respiración profunda. Sé que intenta no llorar, no romperse, que no note esa soledad que todavía lleva consigo como una segunda piel.
—Vale, no pasa nada. ¿Te apetece quedar, no sé, mañana o pasado?