Capítulo 83
Rayco
E
mpezamos por llamadas diarias. Yo hablo mucho; él lo escucha todo.
Hablo mientras maquillo a mamá o a Henar o veo algún vídeo de fondo y practico conmigo mismo, o mientras cocino o limpio o estoy tirado en la cama evocando aquella única vez que lo tuve desnudo entre mis brazos.
Quizá porque volvió a mi vida, ahora pienso mucho en ello.
Antes lo arrinconaba en lo más profundo de mis recuerdos.
Con él aprendí lo que era meter los sentimientos en un armario oscuro y con olor a viejo, a lo perdido, a desesperanza.
Y dolía, vaya que sí. Y ahora el armario ha saltado por los aires y todas mis fantasías vuelven a tener que ver con él, como cuando éramos chicos y yo observaba con fascinación cómo le crecía el cuerpo, las extremidades y ese corazón que latía y latía al ritmo del mío.
Tengo su tacto grabado a fuego y su voz no hace más que alimentarlo; son hilos invisibles que me empujan a acariciarme, dirigen mis dedos, mi respiración, mis caderas cuando me muevo en busca de más.
Algunas noches quiero preguntarle si piensa en mí, en nosotros, pero no me atrevo a romper la magia, a despertar el tictac que se ha detenido entre nosotros.
Me da miedo perderlo otra vez, así que callo mientras le hablo de todo: de los cursos que hice; de los famosos a los que maquillé; de la libertad que dibujé en sus pieles; de la mía propia, que no he terminado de esculpir, porque la libertad muta contigo, se retuerce o se esfuma y tienes que buscar y buscar, como le ha pasado a él.
Eso no se lo digo, no hace falta. Le cuento mis planes de comprar una casa y también le hablo de los novios que tuve.
—Ya terminé con los hombres —le digo unos días después de
cumplir los veinticinco.
—¿Y eso?
—No sé, quiero estar un tiempo solo. No necesito a nadie. No lo digo por ti —me apresuro a decir—; a ti te necesitaré siempre.
Él se queda callado durante demasiado rato y, cuando el silencio nos muerde, sigo hablando.
A veces interviene, casi siempre para hablar de libros o de cómics o de su trabajo, lugares seguros de los que apenas sale.
Y luego volvemos aquí, a nosotros, y los dos nos sentimos como cuando te subes a un avión y llegas agotado, el cuerpo entumecido por la postura, la sensación de tener los oídos a punto de reventar.
Así nos afecta el pasado, la distancia y la vida.
La cosa se complica cuando quedamos. Hay muchos más silencios seguidos de muchas más miradas, las mías, claro.
Me lo vuelvo a aprender de memoria con una avidez hambrienta.
Así me siento, con un hambre y una sed de él que no puedo saciar porque él lleva una armadura de kilos de tela para protegerse y yo solo sé dibujar la libertad en la desnudez.
Necesito acercarme, arrancárselo todo, pero no me atrevo. El miedo no me deja.
Lo llevo a la playa, al norte, acampamos en Llanos de la Pez, hacemos maratones de lectura en su piso, o de cine. A veces, solo a veces, me deja desnudarlo y pinto sobre él. Luego le doy la mano y salimos.
—¿Alguna vez piensas en… eso
? —me atrevo a preguntarle una noche de carnavales muy similar a aquella por la que pregunto.
Él no responde, pero su mirada me lo dice todo.
Luego bebe y yo no pregunto más. Nos alejamos y nos acercamos como un barco que se mueve sobre aguas agitadas.
Somos el grito de un hada al caer muerta al suelo, el de un niño al hacerse mayor, el de Garfio al oír al tiempo morderle la nuca, el nuestro al alejarnos cuando no hemos dejado de querernos.
Esa noche, cuando lo acompaño a su piso y lo ayudo a meterse en la cama, me sujeta de la cintura y me aprieta con tal fuerza
que en nada estoy encima de él y me cuesta respirar y quedarme quieto y no besarlo.
Cojo aire y lo suelto. Huele a él, a Abi, y su aliento es dulce y está caliente y quiero besarlo.
Me pide que me quede con él. Está borracho y sé que no lo haría de estar sobrio, por eso me cuesta un mundo decirle que no, que otro día, mejor.
Me pongo de lado, porque sentir el roce de nuestras pollas es una tortura y no puedo.
Empujo su nariz con la mía y él abre la boca solo para poder respirar.
Se estremece cuando lo beso en el cuello y noto sus latidos en los labios, la suavidad.
Me clava los dedos en los muslos y no sé si es consciente de que lo hace, pero aprieta y yo le tiro del lóbulo de la oreja solo para que me sienta más y más fuerte, más y más cerca.
No sé quién se pone encima o debajo, si es él, si soy yo, si somos los dos.
Estoy sobre él, y debajo de él; nuestras caderas se buscan, friccionan, se empujan y todo arde a nuestro alrededor.
Tengo un ave fénix en el pecho que muere y nace cada vez que su erección arrastra a la mía en un movimiento suave y contenido, pequeños empujes que me hacen gemir y buscar piel y querer comérmelo entero.
Necesito hacerlo, metérmelo dentro, saciarme, necesito…
En cuanto nuestros labios se rozan, noto la presión de su mano en mi pecho, la distancia, ese «no» dibujado en su cara con rotulador permanente.
—No.
El corazón me deja de latir cuando gira el cuello y pone distancia.
—Abi…
Se levanta y se aparta el pelo de la cara. Se detiene delante de la ventana y apoya las manos, alongándose hacia fuera como si necesitara el frío del exterior para respirar.
Me levanto con cautela y me sitúo tras él.
—Abi, lo siento si te incomodé. Yo…
—No quiero que me vuelvas a besar —me corta, y niega con la cabeza—. Ya no soy el muchacho de quince años que suspiraba
para que lo miraras mientras tú tenías la atención puesta en todo el mundo menos en él. Tampoco soy el chaval de diecinueve al que te follaste como despedida una noche de borrachera.
Sus palabras me duelen. Porque no fue solo follar, no fue una despedida. Fue… todo. Todo.
—No lo hice por eso. Joder, Abi, sabes que no fue así.
Él menea la cabeza.
—No sé nada. Solo sé que te fuiste.
—Sabías que iba a irme. Llevaba planeando ese viaje desde que era un crío.
—Sí, ya sé que era el viaje de tu vida, pero no es eso.
El viaje de mi vida. Vaya gracia.
—No tienes ni idea.
Quiero tocarlo, hacer que me mire, sentirlo, que me sienta; pero cuando le rozo el brazo se aparta como si no me soportara, como si no me quisiera.
—Da igual.
—No da igual. Puedes echarme en cara que fuera un cobarde o que no apostara por una relación que tenía todas las papeletas para terminar… —Rota, destrozada, como me sentí al dejarlo atrás, como me sentí al darle la espalda tras aquel beso, como me siento ahora.
—¿Terminar qué? Odio que hagas eso de cortar las frases.
—Eras muy joven, Abi. Eras un niño cuando te besé. Nuestra vida era un caos y tú aún tenías mil cosas por hacer antes de querer meterte en una relación. No quería joderlo ni joderte.
Su risotada amarga me araña el corazón.
—Querrás decir que mi vida era un caos. La tuya siempre estuvo bien ordenada. Ya estabas pintado de libertad cuando te conocí —me recuerda—. Y joderme me jodiste, solo que esperaste hasta que te dio la gana.
Ignoro eso último porque, si contesto, si replico, me echaré a llorar y no es el momento.
—Pero tú aún estabas descubriendo tu sexualidad cuando te besé.
—Tenía muy clara mi sexualidad, y te lo dije.
Abro los labios. Los vuelvo a cerrar. Me tiembla la barbilla. Él se me acerca y me empuja hacia atrás, y yo me tambaleo y tropiezo porque no tengo fuerzas, nada de nada.
—Ni siquiera me diste una oportunidad —continúa—. No nos diste nada. Solo un triste beso que fue dulce y terminó volviéndose la cosa más amarga que probé nunca.
—No digas eso, por favor. —Odio cómo suena mi voz, odio el dolor que veo en sus ojos, odio todo lo que el tiempo hizo con nosotros.
—Me hice grande con menos de diez años. Con quince tenía bien claro lo que quería y lo que no, así que no pongas mi vida de mierda como excusa. Era más fácil tirar por otro camino, no sé, menos feo, ¿no?
—Abi… —La voz se me atora en la garganta y me cuesta un mundo respirar, y mirarlo, y defenderme de todo eso que jamás quise ser para él—. No digas eso, por favor —repito, porque no sé qué más decir.
Fuera, un grito, una sirena, una ambulancia. Dentro, nuestros corazones cansados, nuestras miradas, nuestras palabras, nuestro dolor.
—Tu madre me contó lo que te dijo. La pobre se echa la culpa todos los días. Pero no es culpa suya. No lo es.
—Lo siento. Ojalá pudiera cambiarlo, pero no puedo.
Los mechones le cubren parte de los ojos y se los aparta con un gesto brusco de cabeza.
—Lo del sexo no me importó. Yo mismo te lo pedí sabiendo lo que pasaría después.
Y estuvo bien. Joder, fue una pasada. Lo que me dolió fue que se acabara.
No es porque te fueras a Madrid. Sabes que te habría esperado toda la vida si me lo hubieses pedido, pero tú no querías eso. Me dolió ser uno más. Y
no digas que no lo soy, porque da igual, es lo que sentí.
—No da igual, bobo. —Se me escapa una lágrima y me la arranco con rabia. Me peino el pelo con los dedos porque no sé qué hacer con las manos, ni con las piernas, ni con ese corazón que late y late aunque no le queden fuerzas para nada—. ¿Me odias? —pregunto con la voz rota.
—Claro que no, tolete, pero no quiero volver a hacerlo contigo. Me cansé de esperarlo todo y ya no quiero esperar nada.
—No tienes que esperar nada. Crecimos y cambiamos, y sé que cometí errores, pero no pienso volver a hacerlo.
—Doy un paso; él retrocede, de modo que me quedo donde estoy—.
Abi, tenía mucho miedo la primera vez que te besé.
Acababa de empezar el ciclo y solo quería trabajar, ahorrar dinero, ser maquillador.
Y tú estabas ahí. Eras como un sueño del que no quería despertar, pero lo hacía todos los días cuando te veía pasarlo mal, cuando volvías con los ojos como si llevaran una cortina de humo.
Parecías tan lejos de todo… Me aterraba que un día yo fuese uno de los motivos por los que estabas así, convertirme en un monstruo más en tu vida.
No quería eso por nada del mundo. Y si tenía que perderte para evitarlo, yo…
Él menea la cabeza. La risa que se le escapa no es nada bonita.
—¿Quieres que te dé las gracias? ¿Por arrancarme el corazón?
—Abi…
—No, no lo entiendes. Tuve un par de novias hasta que llegó Rina, y estuve con Mati varias veces, pero eso ya lo sabes.
El caso es que no me gusto, Ray. No sé en qué momento pasó, si fue antes de irme del bloque o después.
¿Recuerdas a Peter marchándose lejos de la madre con el carrito?
Me fui de esa casa para intentar encontrarme y sigo sin hacerlo.
No me gusta la persona en la que me convierto cuando estoy contigo.
Me lleno de miedos y me encojo y odio sentirme así cuando me importas tanto. Ojalá…
Su voz se desvanece, pero sé lo que no me dice. «Ojalá no me
hubieses besado». «Ojalá no me hubieses tocado nunca». «Ojalá no».
Me trago el dolor, las náuseas y las putas ganas de pedirle que no se rinda, que no tire nuestro amor a la basura, que no me deje.
Lloro por dentro, pero sonrío por fuera porque es lo que necesita.
Me necesita. Tal vez no mi corazón, pero sí mi cariño, mi amistad.
Y puedo tragarme el amor como el cocodrilo se tragó el tiempo para ser solo amigo, familia.
Seré lo que necesite, aunque me muera de la pena.
—Eh, tranquilo. —Me acerco despacio y le sujeto la cara con las manos cuando veo que no se aparta, que cierra los ojos, que suspira—. Esto pasará. Todo pasa, ya lo sabes.
—Sí, ya.
Le beso la frente y siento que me ahogo cuando me clava los dedos en la cintura como hace siempre que quiere sentirme, marcarme, y yo me aparto porque no soporto que me toque, no con esta verdad que me duele dentro. Dios.
—Ray... Yo… creo que fue esa noche, cuando me besaste por primera vez. Creo que fue ahí cuando dejé de gustarme.
Tengo un nudo en la garganta y los ojos me escuecen. Giro el rostro para evitar que lo vea. Por nada del mundo quiero que sienta más dolor, no por mi culpa, nunca más por mí.
Me apoyo en la ventana y saco la cabeza para coger aire.
—Lo siento —me dice, y me estremezco cuando noto su mano en mi espalda—, necesito que sepas cómo me siento.
—No es culpa tuya.
—Tampoco tuya. Necesito dejar de verte como algo feo. Odio verte así.
Miro al cielo, iluminado por una luna a la que le falta un buen cacho, y miro hacia la calle, iluminada por la luz artificial de las farolas. Luz y oscuridad, a eso se reduce todo. Y ruido, el que viene de fuera y el que llevamos dentro, tatuado con una tinta invisible que no se va con nada.
—Mamá me lo dijo ese día, ¿sabes? No así, claro, pero me advirtió que podía pasar, que podrías llegar a odiarme.
Sus dedos me recorren la espalda en una caricia suave que me duele.
—No me toques, por favor —susurro, pero no me aparto porque es lo último que quiero en el mundo—. Nunca quise hacerte daño, solo te quería demasiado. Te quería tanto que necesitaba dejarte crecer.
—Y yo necesitaba crecer contigo. Me dejaste solo, Ray. Yo… ni siquiera me atrevía a ir a tu casa. Buscaba amigos donde no los tenía solo para dejar de sentirme como una mierda. ¿Y sabes qué? Que sigo sintiéndome así, ahora más que nunca, ahora que te tengo tan cerca. Y no es justo.
No me giro. No puedo mirarlo y estoy convencido de que a él le sucede lo mismo. Demasiado dolor, demasiada verdad contenida, demasiado.
—No digas eso, por favor. —Apenas me sale la voz; tengo un dolor en el pecho que crece y crece y creo que se romperá y me romperé con él—. No quería que me odiaras. No quería que pasara esto.
Siento el temblor de su cuerpo cuando apoya la frente en mi espalda, la manera en que respira, su fragilidad, sus dedos clavados en mi cintura, presionando.
—No te odio, Ray. Te sigo queriendo como el primer día, pero también me duele y me cuesta mirarte y es una mierda.
Necesito dejar de sentirme así, no quiero joder lo único bonito que me dio la vida.
Porque sin esto que siento por ti y por tu madre, no tengo nada.
Ya ni siquiera tengo hermana. La nena prefiere estar con ella.
Me giro sin que me importe que me vea la cara.
—No digas eso. Ni se te ocurra, joder.
—Es la verdad. Odio estar solo, Ray. Lo odio —dice sollozando, y yo siento como si las garras de un monstruo me hicieran
papilla el corazón.
—No lo estás.
—Lo estoy. Lo he estado siempre y puede que muera solo, como él.
No lo pienso cuando salvo la distancia que nos separa y lo abrazo, y él se aferra a mí como lo que siempre hemos sido para el otro: esperanza.
Esperanza.
Esperanza.
Y ahí, con las luces nocturnas salpicando nuestros cuerpos, se derrumba por primera vez en años.
Llora por el niño que fue, por la infancia que no pudo vivir y la soledad que lleva dentro.
Llora, y yo lo hago con él porque no sé si podré querer al chico del que estoy enamorado, si él querrá que lo haga, si me dejará.