Creer tambiés es volar Capítulo 81
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Capítulo 81

Abián

- ¿

T

e da miedo ser padre? —le preguntó Rina esa noche cuando llegó a la casa y él se tumbó a su lado en la cama; la abrazó por detrás, la besó en el pelo y le pidió perdón por tardar en volver.

Le alegraba saber que Rina no podía siquiera imaginar cuánto le había costado separarse de Rayco, bajar la cuesta de Mata, regresar a esa diminuta familia que tenían y que hasta ahora había sido suficiente.

—¿A ti no?

Ella sonrió y le acarició el dorso de la mano.

—¿Te da miedo respirar?

—Todo el rato —contestó, y se ruborizó.

Ella giró un poco el cuello para mirarlo con ternura. Olía a limpio y a una flor que Abián no conocía, pero que siempre le había recordado a los Arocha, a casa. Fue lo primero que pensó cuando la abrazó por primera vez: que estaba en casa y que todo iría bien.

—Nunca hablamos de esto, y ahora no entiendo por qué.

—Somos demasiado jóvenes.

—Y, por lo que me has contado, tu madre tenía la edad de tu hermana cuando te tuvo.

—Y mira lo que soy. —Resopló. Quiso salir de la cama, sacudirse los brazos, quitarse de encima la sensación de ser el hijo de sus padres.

Rina se levantó y le pidió que hiciera lo mismo. Lo agarró de la cintura por detrás y lo condujo hasta situarlo delante del espejo del armario grande que compartían.

—Mira quién eres —dijo Rina casi en un susurro. Abián no

quería saber nada de ese chico asustado que le devolvía la mirada. Por eso bajó la vista hacia ella, que sonreía y lo quería y él sentía que el suelo se abría y se lo tragaba y no sabía por qué; ella no se merecía nada de eso, no se lo merecía a él—. Para mí eres perfecto, Abi.

—No lo soy.

—Dime una cosa: ¿qué harás si sale positivo?

Abián la miró. No a su imagen en el espejo, toda llena de aristas y sombras y miedo, sino a esa chica que le había dado los mejores años de su vida.

—Haré lo que haga falta. Tendrá la vida que se merece. Estaremos juntos y nunca le faltará un hogar, ni un abrazo ni nada.

—Pero ¿eso es lo que quieres? —preguntó Rina—. ¿Serás feliz?

Abián tragó saliva. «Feliz», qué palabra tan chiquita y qué grande.

¿Era feliz ahora? A veces creía que sí; otras, la felicidad le parecía tan inalcanzable como esa estrella que te guiaba hacia un lugar donde ser feliz era un derecho y no algo que, simplemente, no era para ti.

Naces rubio, moreno, con dos piernas y dos manos, con una sonrisa bonita, con dientes torcidos…

, pero… la felicidad no era un derecho, sino eso que a veces te tocaba y otras no.

Y él la había sentido a ratos. Iba y venía, como las olas en Las Canteras cuando la marea no estaba muy alta.

Desde luego, ahora no sentía que lo fuera.

En esos momentos solo sentía miedo. Aun así, dijo:

—Seremos felices.

***

Esa noche decidieron que no harían la prueba. «Mañana», dijeron, como si así pudieran retener la verdad. Durmieron poco, a ratos, pero lo hicieron abrazados, con el corazón del otro retumbando contra sus pechos.

—Mi madre no pasaba mucho conmigo cuando era chica,

¿sabes? —le contó Rina al día siguiente cuando entraron en el baño y siguió los pasos que él leía en el prospecto—.

Bueno, y tampoco de grande. Tenía niñera: la vecina del primero —explicó—.

Me llevaba a su casa con su hijo o lo traía a él a mi casa.

Se llamaba Ancor y nos hicimos muy amigos.

Dormíamos juntos. Recuerdo que algunas noches nos costaba coger el sueño y jugábamos a ver quién hacía menos ruido al respirar.

Era un juego tonto, pero me servía cuando mi madre estaba cansada o dormía o tenía que trabajar.

Aprendí a no molestarla gracias al hijo de la vecina.

Éramos buenos niños. Ancor también pasaba poco tiempo con su madre, porque ella tenía que cuidar de otros niños que no eran suyos.

A mi padre lo veía menos. Se había ido a vivir a Málaga con la familia y me llevaba con él en verano o venía a pasar unos días.

—Suspiró hondo; los ojos se le desviaban todo el rato al test que había dejado sobre el lavabo—.

No me puedo quejar, ¿a que no? Mi infancia fue buena.

Hay padres buenos que te quieren fleje y, aun así, no están.

No planearon tenerme, ¿sabes? Pero me tuvieron y aquí estoy gracias a eso.

—Rina… —Abián quiso decirle que claro que se podía quejar, que la ausencia también era dolorosa, así como lo era la falta de cariño.

—Shhh, déjame terminar. —Le apretó la mano—.

Ahora lo pienso y me da pena. Nacemos, a veces por error, y nos sueltan en familias buenas o malas donde lloramos, comemos, cagamos, aprendemos y crecemos.

Felices o no, nos toca apechugar. No nos queda más remedio.

—Deslizó los dedos por la palma de su mano, acariciándolo como sabía que le gustaba—.

¿Cuánto dura la infancia? Sacas a un hijo de la oscuridad y le das diez, doce años…

Luego deja de querer darte la mano, te pide que no lo beses delante de sus amigos y que no le cuentes cuentos.

La infancia no dura nada, Abi. Un parpadeo.

A mí me habría gustado tener más a mi madre y a ti te habría gustado tener una

madre, ¿verdad?

Él quiso decirle que no, que él sí tuvo una madre, que la seguía teniendo, que no llevaba su sangre pero sí su amor, y su fuerza, y esas ganas locas de vivir aunque doliera. Porque si algo le enseñó Itahisa fue a aferrarse a la vida. Ella, que era heroína en un mundo de villanos.

—Quiero ser madre, intentar ser mejor, no arrepentirme de nada.

—Vas a ser la mejor —dijo Abián—, lo sé.

—Abi, lo que intento decirte es que, si esto da negativo, seguiré queriendo ser madre. ¿Y tú? —preguntó bajito—. ¿Qué quieres tú? Necesito saberlo. Necesito saber si estamos juntos en esto.

Él no contestó. ¿Qué quería? Se lo había preguntado muchas veces, pero el eco le había devuelto la pregunta sin respuesta, sin nada.

Abián se aferró a su mano. Se besaron. Después cogieron la prueba, que ya tenía el resultado.

Él estaba sentado al borde de la bañera; ella, sobre la tapa del váter.

Él pensó en Henar, en Itahisa, en estrellas, en la arena del tiempo, en la magia de las personas y en Rayco, sobre todo en Rayco.

Y supo que tiraría p’alante, como él le había dicho.

Siempre lo hacía. Abián Machado no era su padre y nunca más se permitiría volver a pensar que sí. Nunca más.

Y ahí, con las manos entrelazadas y los ojos brillantes, se decidió su futuro.