Creer tambiés es volar Capítulo 80
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Capítulo 80

Rayco

N

oche de Hook

. Es idea de Henar, por el cumpleaños de su hermano, dice, por celebrar, aunque él no esté y aunque ya haya pasado una semana. «Qué más da», eso también lo dice ella.

Celebrar siempre celebramos el trece de diciembre.

Es como si todos tuviéramos una alarma sin sonido en la cabeza que nos avisa de que este es su día y que estamos con él, incluso aunque él no esté.

Le escribo; no lo he hecho después del audio que me mandó porque ¿qué se le puede decir a alguien después de eso?

Abrazarlo, sí, y pedirle perdón, y quitarle esa idea absurda de que lo hago sentir más solo.

Porque no se me ocurre cosa más horrible que saber que la persona a la que quieres con locura siente eso.

Le escribo esa misma mañana, cuando Henar nos propone el plan y nos organizamos para comprar la comida y prepararlo todo, como si fuera un verdadero no cumpleaños

. Y después le mando un audio en el súper, solo para informarlo de que este año toca tarta de queso, porque mamá se empeñó y aquí se hace lo que mamá dice, como siempre.

Y que compraré veintidós velas para poder repartir los soplidos y deseos entre los tres, como hacemos siempre.

Es como tener un amigo imaginario que nunca contesta, pero que lee y escucha mis mensajes, porque veo el doble clic en azul y sé que no lo puede evitar.

Y eso me hace sonreír y sentir que tengo una sopladera en el pecho que se llena y se llena por él.

Y luego le cuento que mamá tiene novio, que ella dice que no, pero sí, que la conozco, que jamás le había visto esa sonrisa de

medio lado que está ahí y después ya no, y que vuelve a estar ahí y después ya no.

Y así todo el rato. Que es muy frustrante y a la vez maravilloso.

Frustrante porque cuando sonríe me siento un poco más solo.

Mamá eleva unos milímetros los labios y yo me siento como cuando él y su hermana aún no habían llegado a mi vida y le tenía miedo a la oscuridad.

Diminuto, frágil, solo. Y entonces pienso en Abián y toda su soledad y me siento egoísta y mala persona.

Porque si la soledad tiene definición, yo jamás la conoceré del todo.

Y sé que no debería sentirme así, que no se puede contabilizar la pena ni compararla, que a cada uno nos afecta lo que nos afecta y nuestro dolor no es menos por eso. Pero aun así... Aun así…

Abián no me contesta, claro que no. Henar me explica que tiene la mañana libre, pero que la pasa con la novia y que luego trabaja, que tiene al jefe con gripe y no se puede escaquear, y menos en Navidad.

Me trago los celos y me quedo con la nostalgia, porque los celos solo los merece aquel que no los propició, y yo no me merezco nada.

Que sea feliz, eso quiero. Pero yo sé que no lo es, no del todo.

Porque se sigue escondiendo, a veces de su hermana, de su madre siempre.

Y de mí. Sobre todo de mí. Y eso me duele como nada en el mundo.

Termino de comprar y me preparo. Tengo unos días libres en el curro y solo tengo algún compromiso suelto para maquillaje social.

Hoy me toca maquillar a una presentadora de televisión canaria, así que voy hasta San Mateo, que es donde tiene lugar el programa, y luego vuelvo con una bandeja enorme de dulces de esa panadería escondida que tanto nos gusta y un par de turrones artesanales que están que te mueres de ricos.

Se lo cuento a Abián por mensaje, solo por si eso lo convence de pasarse, más que sea un ratito.

No es que crea que vaya a servir de nada, pero escribir es gratis, igual que lo es hablar solo, y lo hacemos todos los días, a todas horas. Y quien diga que no, miente.

Esa noche, cuando cenamos y acabamos la película con los ojos aguados y el pecho lleno de nostalgia, alguien llama a la puerta.

Mi madre y yo miramos a Henar, preguntándonos si es su madre, si al final la invitó, pero ella niega con un gesto de cabeza.

Mamá es la más rápida y enseguida se planta en la puerta mientras Henar quita la peli y yo me encargo de recoger y meter en el fregadero los platos usados.

Y entonces, su voz, esa voz que ya pensaba que estaba olvidando pero que es como una vieja canción que tarareas con la sensación de haber vuelto a un año concreto, a un rincón remoto de tu memoria, a la infancia.

—Entra, niño, no seas majadero.

Salgo de la cocina con las manos chorreando agua y jabón, porque necesito verlo, porque no me lo creo.

Y de pronto lo tenemos en el salón, delante de nosotros.

Henar me mira a mí, mamá también me mira a mí, y él…

Él no mira a ninguna parte. Está ahí, plantado en mitad de la estancia, con su pelo, que ahora está más largo, cayéndole con suavidad hacia atrás, las manos en los bolsillos del vaquero, la camiseta de los X-Men, la barba de dos días que lo hace parecer un poco más mayor de lo que es.

Y luego, su cuerpo, más grande que la última vez que lo vi y a la vez más consumido.

Tiene los hombros más anchos, la barbilla y las clavículas más marcadas y las venas se le notan en los brazos, pequeños relieves como caminitos muy finos en un recorrido sin un destino concreto.

—Niño, ¿por qué lloras? —le digo solo para romper el silencio.

Él me clava sus ojos oscuros. Los hombros tensos y la mandíbula apretada me demuestran lo mucho que le toca los huevos que le hable así, como si nada. ¿Y qué otra cosa puedo hacer? Solo quiero que me mire, y vaya si lo consigo.

Sonrío hasta que me duelen las mejillas.

—¿De qué coño te ríes? —inquiere—. No tiene gracia.

Me descojono. ¿Cómo no hacerlo cuando mi madre se está

doblando por la mitad y Henar ya está en el suelo? Nos reímos hasta las lágrimas y él también termina por hacerlo, a pesar de sus protestas y sus «si lo sé, no vengo».

No hablamos mucho, no en ese momento. Mamá saca la tarta, a la que le queda la mitad, y lo obliga a soplar las velas; y él protesta y protesta porque su cumple ya fue hace días. Le cantamos Cumpleaños feliz

y le manchamos la cara como cuando éramos críos, y nos volvemos a descojonar hasta que la risa se nos apaga.

Entonces mamá dice algo, como que tiene una cosa importante que hacer, y Henar se está levantando para irse a su casa cuando Abián la agarra de la muñeca.

—Si es por mí, no te molestes, que yo ya me voy. —Saca el teléfono para comprobar la hora y teclea algo rápido—. Rina me está esperando.

Lo seguimos hasta la puerta como en procesión. Mamá se lo come a besos y le hace prometer que volverá pronto. Henar le pregunta que si quiere ir a casa, que no puede huir toda la vida de su madre, y discuten un poco, muy bajito porque es tarde, y cuando ya se va a marchar sin mirarme, le digo:

—Te acompaño.

Él asiente, nada más.

Bajamos en silencio, y en silencio seguimos calle abajo.

—¿Dónde vives? —le pregunto cuando se me hace insoportable.

—En Rafael Cabrera, por el Hiperdino de Triana —me explica.

Va unos pasos por delante de mí, las manos en los bolsillos y ese aire de estar aquí y a la vez encontrarse lejos, a mundos de distancia.

Sin poder evitarlo, lo sujeto de la camiseta y lo detengo frente al parque de las Rehoyas.

El viento sopla con suavidad y empuja las ramas del árbol que nos hace sombra y que se mueven sobre nuestras cabezas.

Él se da la vuelta, mira mi mano agarrada a la tela y luego, a mí.

—¿No vas a decir nada? —pregunto.

La luz de la farola se proyecta a través de las ramas y escupe sombras sobre su cara. Sus ojos parecen el fondo de ese bosque de rosas en el que quiero perderme y no salir si no es con él.

—No sé qué decir. —La sonrisa que se le forma en los labios nunca se la había visto, y es tan triste que necesito hacerla desaparecer.

—¿Lees mis mensajes?

Su sonrisa cambia, y esta sí me gusta, esta sí es suya: tan bonita, tan perfecta, tan…

—Siempre, Ray.

—¿Por qué no respondes?

Se encoge de hombros y desvía la vista hacia el parque, que todavía sigue abierto. Las luces se despliegan sobre los caminos y aún quedan personas aquí y allá que rascan unos minutos de su tiempo para hacer ejercicio.

—Es que no sé qué decir. A veces siento que podemos arreglarlo, que solo necesito contestar y todo estará bien. Otras creo que todo se jodió y que da igual lo que haga; siempre gana lo malo.

«Lo malo». Quiero preguntarle qué es lo malo. Yo. Nosotros. El beso que le di. Aquella noche en que nuestros cuerpos se tocaron, se reconocieron, se fundieron; tan perfecta y maravillosa, tan lejana de esto que somos ahora.

«Lo malo».

—No siempre gana lo malo —susurro, signifique lo que signifique eso—. Estás aquí. Viniste.

Sonríe y a mí se me salta un latido, o veinte.

—Lo siento. —Se mira los pies—. Aquella vez en el Corte... Lo siento mucho, Ray. Me quedé en blanco y luego me sentí como una mierda. No hay día en que no piense en eso.

Tiro más de la tela y lo acerco unos pasos.

—No pasa nada, bobo.

—Sí pasa. —Menea la cabeza, sonríe sin ganas y me sujeta la

muñeca, pero no me aparta—. No le he hablado de ti, y no sé por qué. Eres la persona más importante de mi vida después de mi hermana. Es… como si quisiera dejarte para mí. No sé.

—No me importa —le aseguro, aunque los dos sabemos que sí—. Solo quiero que seas feliz. Dime que lo eres, anda.

Tiro un poco más de la tela, y más, y más, y más. Cuando su aliento me roza el cuello y yo le subo la barbilla para que me mire, siento que somos dos niños perdidos que por fin hallan el camino de regreso a casa.

Y entonces se saca algo del bolsillo: un test de embarazo. Nos miramos. Se me forma un nudo en la garganta que crece y crece y se me atora y creo que voy a llorar aquí mismo, delante de él, porque esto es lo que somos, lo que nunca podré tener. Y es mi culpa, mi puñetera culpa.

—No pensaba venir. Lo pensé cuando salí de la farmacia y la avisé. Le dije que mi hermana me había comprado una tarta. No es del todo verdad, pero… —Se encoge de hombros, avergonzado—. No sé qué voy a hacer si está embarazada, Ray.

Mastico el dolor igual de rápido que vino y me lo trago. Abián me necesita y lo que siento puede esperar. Ya habrá tiempo para llorar.

—Pues tirar p’alante. ¿Qué otra cosa vas a hacer?

Él chasquea la lengua.

—Me refería a lo de ser padre. Me parece dificilísimo. Solo de pensarlo, yo... Llevo tantos años perdido que pensar en ocuparme de alguien tan chico, dirigir su vida cuando no sé dirigir la mía... No puedo, Ray. Es que no puedo.

Me acerco, estiro los brazos y lo agarro de la cara para que unamos nuestras frentes como tantas veces hice en el pasado.

—Puedes y lo harás. Te recuerdo que ya lo hiciste una vez. Cuidaste de alguien, te preocupaste de que no le faltara nada, convertiste una vida de mierda en un cuento con final feliz. Y mira qué bien salió todo. Mira lo feliz que es la nena.

—Final feliz —repite con la voz rota, como si no se lo acabara de creer.

Cierra los ojos cuando le acaricio la cara, despacio, como si intentara volver a aprendérmelo de memoria. Y en parte es así. Aprender para desaprender. Somos un cuento inacabado que nunca tendrá final.

—Es feliz, Abi, y es gracias a ti, no a esa señora que ahora parece que cambió, pero que no siempre estuvo ahí.

Puede que la hayamos aceptado por tu hermana, pero no olvidamos, y sé que Henar tampoco lo hace.

Le duele decepcionarte y es consciente de que queriéndola lo hace.

Y sé que te duele que la invitemos a casa, pero, no sé, mamá siempre me enseñó que las segundas oportunidades se dan, y luego ya se verá si se la merece o no.

Creo que en el caso de tu madre sí la merece, pero también creo que estás en tu derecho a negarte a dársela.

Lo veo tragar saliva, respirar con fuerza. Los coches pasan rápido, el tiempo pasa aún más deprisa y nosotros seguimos aquí, a un abrazo de distancia. Me duele el cuerpo de pura necesidad.

—Tengo miedo —dice, y a mí me tiembla todo.

Me acerco más, y más, y más.

—¿Puedo abrazarte? —me atrevo a preguntar.

Y él se derrumba. Se esconde, claro, pero lo veo. Tiene un huracán dentro aunque por fuera no se advierta el desastre. Los hombros se le encogen, la espalda se le dobla.

Asiente, nada más. Y yo lo envuelvo entre mis brazos hasta que deja de temblar y de respirar como si no hubiera más aire que el que nos envuelve.