Creer tambiés es volar Capítulo 79
78%

Capítulo 79

Abián

A

bián había conocido a Néstor gracias a Itahisa, y no por el trabajo que le mandaron hacer en el instituto.

Allí les hablaban de pinturas, pero Itahisa lo hacía de colores y sueños y de un mundo escondido entre trazos, líneas y curvas.

Los cuadros tenían vida en el hogar de los Arocha.

Su amor por Néstor la llevaba a vestirse cada año en carnavales con trajes y colores que se parecían a su Poema del Atlántico

, pero que no eran lo mismo, porque cada persona percibe la obra a su manera, le da valor y un significado que no siempre coincide con lo que quiso transmitir el artista.

Ahí está la magia del arte: hacer sentir, da igual cómo y por qué.

Sentir. E Itahisa lo sentía todo. Sus disfraces eran un grito desesperado de libertad, amor por la tierra, por la vida. Amor en todas sus formas. Amor.

La primera vez que Abián la vio subida a unas plataformas, con las grabaciones de las galas drag queens

reproduciéndose sin parar en la televisión grande del salón, le preguntó:

—¿Tú también vas a ser reina?

—Ella ya es reina, bobo —replicó Rayco, que estaba terminando de retocar la cara de su madre—. Nació reina.

Itahisa se rio. Henar se colocó delante de ella y estiró mucho el cuello para poder verla bien, así de alta era subida a los tacones.

—Pero no tiene corona. Ellas tienen corona —dijo Henar al tiempo que agitaba sus deditos hacia la pantalla.

Rayco miró a Henar y luego a su madre y después a Abián.

—Las coronas pesan y no son cómodas. Eso no significa que no la lleve. Está aquí, ¿ven? —Agitó los brazos e hizo un gesto con las manos para delimitar el lugar donde debía ir la corona—. Ustedes imagínenla.

—¿Como la comida de los niños perdidos? —preguntó Henar,

recordando Hook

; ella siempre recordaba Hook

.

La sonrisa de Rayco era enorme, pero sus ojos llameaban de pura tristeza. Eso hizo que Abián se pusiera triste también, porque ellos dos eran más grandes y sí sabían lo que significaba que aquellos niños no tuvieran comida en sus platos.

—Sí, eso es.

Henar aplaudió y empezó a explicarle cómo era la corona que no estaba, una muy parecida a la que llevaba la reina de la pantalla, porque la imaginación de los niños casi siempre era pura imitación.

Itahisa se agachó y dejó una marca de labios rojos en la mejilla de la chiquilla.

Abián no se movió. Intentaba imaginar algo que no estaba y se dio cuenta de que no podía, quizá porque el tictac seguía ahí; podía escucharlo aunque no lo viera, y el tiempo era implacable.

Dicen que los mejores años se van muy rápido y los suyos se estaban yendo a marchas forzadas.

No podía ver una corona que no existía, así que decidió crearla.

A Abián se le daban bien las manualidades.

Ahorró un poco con lo que su madre le daba para el insti o para que se fueran a pasar el rato en la calle mientras ella y el monstruo hacían cosas de grandes y lo usó para comprar materiales.

Se pasó meses para lograr hacer algo decente con los colores y las formas de las criaturas de los cuadros del Poema del Atlántico

. Y cuando por fin llegaron los carnavales e Itahisa se enfundó en su nuevo traje, le entregó la corona.

Todos miraron a Abián. La nena gritó. Los ojos de Rayco eran dos estrellas en medio de una oscuridad profunda; los de Itahisa, un mar furioso iluminado por la tenue luz de un faro olvidado que seguía activo.

La corona no duró mucho: las manualidades se le daban bien, pero Abián no tenía ni idea de lo que estaban hechas las coronas que llevaban esas reinas que veían desfilar por el escenario.

Al final acabó convertida en una especie de ornamenta que la nena llevó a duras penas mientras ellos se abrían paso entre el gentío al acabar la gala.

Era el segundo año que la nena y él acudían a

los carnavales junto a los Arocha con el permiso de su madre y a escondidas del monstruo.

Al tercer año le salió mejor y la corona duró mucho más tiempo.

Al cuarto, se mantuvo toda la noche.

Con el paso de los años, las coronas dejaron de existir, porque la vida lo aplastó un poquito y Abián tenía que cuidar de su hermana, o trabajar, o conseguir que su madre se mantuviera alejada de las botellas cuando su padre se iba y creían que todo podía cambiar.

No fue hasta que consiguió un trabajo estable y la vida se encargó de pegarle varias patadas en las pelotas, alejándolo de su mejor amigo, cuando volvió a pensar en las coronas.

Sucedió una noche cualquiera en la que quedó para ir al cine con Itahisa.

Ya no vivía en el barrio, sino en un piso con la que entonces era su novia.

Mientras cenaban, Itahisa le habló de que quería subirse a un escenario, parecer una reina, aunque nunca lo fuera.

—Tú siempre fuiste una reina, boba —le dijo, y ambos se acordaron de las palabras de Rayco.

Ella sonrió y él le besó la mano con cariño.

Después, Abián decidió que él haría esa corona y esa vez aguantaría y sería digna de la reina que era.

Se puso en contacto con profesionales, tiró de ahorros y los contrató.

Lo supervisó todo, pero no hizo nada más que estar ahí, que es una manera de hacer algo cuando no sabes cómo.

Crearon una corona perfecta con los motivos de su Poema del Atlántico

y la guardó hasta que ella la necesitara; una corona para la única mujer a la que consideraba madre.