Creer tambiés es volar Capítulo 77
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Capítulo 77

Abián

Nota de audio:

«Gracias, Ray. Por las felicidades, digo.

Y por todos los audios que me mandabas cuando estabas en Madrid y los que me sigues mandando ahora, por eso también.

Y por los mensajes. Y por prestarme a tu madre.

Se sigue preocupando por mí como antes, ¿sabes?

Fijo que te lo dice, que estoy más flaco, y que tengo que comer más, y que soy lo peor porque casi nunca voy a por los potajes, y eso que me lo recuerda todas las semanas.

Tienes la mejor madre del mundo. Fui a cenar con los del curro por mi cumple y ahora salí un rato a que me diera el aire.

¿Te fijaste en lo bonita que se ve Triana de noche?

Y las luces de la biblioteca, y cómo se reflejan las aguas en el mar al otro lado de la pista.

Y las calles, que nunca están vacías. Siempre me gustó venir a San Telmo, pero eso ya lo sabes.

¿Qué no sabes de mí? Parece que mucho, pero en realidad es nada.

Lo sabes todo, Ray, aunque el cocodrilo nos haya robado un cacho de la amistad que teníamos.

Yo también lo sé todo de ti. Sé que ahora mismo estarás escuchando esto sin acelerar el audio, y que lo repetirás una y otra vez hasta que te sepas mi entonación de memoria, hasta que se te ocurra qué contestar, si es que contestas.

Mejor no lo hagas, ¿vale? Estoy divagando y no necesito una respuesta.

Está bien así. Yo… solo quería escribirte, sacarme esto de dentro aprovechando que estoy achispado y las palabras no se me atascan en la boca.

Ya no bebo como antes ni salgo con los del barrio.

Veo a Mati alguna vez, pero ya no nos enrollamos ni nada.

Hace tiempo que no. Solo quería que lo supieras.

Que cumplí mi promesa. Que no soy mi padre.

Solo soy yo. ¿Recuerdas aquella escena en el avión en la que Peter, cuando

aún no sabe que es Peter Pan

, le pregunta a su hijo que cuándo va a dejar de ser un niño?

Él le responde que es un niño, así, con esa sonrisa que es de niño y de adulto, porque solo los adultos tienen el desconcierto en la boca, solo los adultos dudan.

Hago un repaso por mi vida y creo que puede resumirse así: unos padres que me recordaban cada día lo que no era.

Y yo, que no replicaba, porque para qué.

Es verdad que no lo era. No recuerdo cuándo fui un niño, pero sí recuerdo cuándo dejé de creer en padres y en la familia que te toca.

Sí recuerdo cuándo sentí miedo de verdad.

Fue ese día en que vi a mi hermana con la cara morada y el labio tan hinchado que no podía ni sonreír. Parecía uno de esos aliens

de Mi amigo Mac

. Algo grotesco, impensable. Y recuerdo que me empujaste contra la pared para que no hiciera una locura.

Recuerdo cómo llorabas por mí, y cómo se oían el llanto de la nena y el de tu madre, y cómo la mía repetía “lo siento, lo siento, lo siento”, y yo no dejaba de pensar en por qué tenemos que pagar un peaje tan alto por vivir cuando somos tan chicos, en por qué se le permite a esa gente ser padres.

¿Por qué? ¿Tú lo sabes? Fue la peor noche de mi vida, Ray, pero tú estabas conmigo.

Me abrazaste y sentí tu corazón. Me dijiste que me querías.

Y yo te creí, porque a ti siempre te creía.

Por un momento, sentí que nuestros pies dejaban de pisar suelo y no dolía nada.

Y supe que siempre sería así cuando estuvieras conmigo.

Pero no estuviste, Ray. Un día estabas y luego dejaste de estar.

Veía mi sitio a tu lado a veces ocupado y otras, en las que estaba vacío, ya no sentía que fuera mi sitio.

No estuviste, Ray. Y la soledad se me metió dentro más y más.

Y creo que voy a ahogarme si no se va. Y creo que no quiero volver porque tú… haces que me sienta más solo».