Creer tambiés es volar Capítulo 75
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Capítulo 75

Abián

S

e llamaba Rina y tenía el corazón hermoso, por eso Abián se fijó en ella.

En lo de fuera lo hizo más tarde, al mirarla más de cerca.

Su chica tenía el corazón de cristal, el cuerpo de un cisne.

La primera vez que se dieron la mano (ella daba la mano para saludar), la notó tan chiquita que tuvo miedo de romperla, así que se apartó enseguida.

Fue en la librería de cómics, una de esas semanas en la que lo habían contratado para sustituir vacaciones.

Abián le dijo que no trabajaba ahí de normal, pero que sí estaba mucho de normal, porque era su sitio favorito del mundo.

Y hablaron de tebeos. Ella le recomendó algunos indies

y él, americanos, de Vértigo sobre todo, y algún europeo con bárbaros y mucha sangre. Vino a verlo todos los días, se dieron los números, se intercambiaban cómics, se escribían de madrugada para hablar de cómo había muerto este o aquel o lo mucho que se habían emocionado.

En nada llegaron las citas. Quedaban por Triana.

Recorrían las heladerías. Se pasaban horas en la biblioteca pública.

Ella tenía coche, de modo que alguna vez se iban a comer al norte, o al sur, a la playa.

Él le contó que era bisexual antes de besarla por primera vez, por si tenía algún problema con eso.

Ella le dijo que a veces la ansiedad se la comía y no salía de casa en días (se dedicaba al marketing

y su trabajo se lo permitía), y que también tenía colon irritable y que todo estaba relacionado con el cerebro.

Él le habló de su infancia, de sus padres de mierda, del rencor que le guardaba a su madre y la culpa que sentía porque eso lo estaba separando de su hermana.

Le habló de Itahisa, la mujer que nació en un cuerpo equivocado y que había luchado por unos niños que no eran suyos, pero a los que quería como si lo fueran.

Le habló también del hijo de Itahisa y ahí se

calló. No le dijo su nombre ni le confesó que fue su primer amor (el único). No le explicó que a veces lo echaba tanto de menos que tenía que apretarse la cara contra la almohada y gritar hasta que el dolor se iba, ni que aún se acariciaba recordando cada segundo de aquella única noche juntos.

Por eso, cuando lo vio aquel día en el Corte, se quedó como una estatua, ahí parado, temblando por dentro, inmóvil por fuera.

Por eso aguantó el tipo y se dedicó a archivar su número, a leer los mensajes por la noche, cuando ella dormía y a él le venía la tristeza de golpe, porque la tristeza viene de noche y no te avisa hasta que te doblas de dolor.

Y así pasó el tiempo. Y Abián no se enamoró de ella, porque su corazón ya estaba ocupado desde bien chiquito. Pero la quiso, mucho; y fue feliz, a su manera; y la hizo feliz, también a su manera.

Y la vida le regaló meses tranquilos y felices. Y el trabajo de su vida, eso también. Porque ahora era librero a tiempo completo. Tenía un contrato indefinido en su rincón favorito, que olía a sueños y a tierras vírgenes en las que pensaba perderse.