Capítulo 74
Rayco
D
os años. Ese es el tiempo que Rayco se quedó en Madrid hasta que regresó a casa.
Dos años de cursos intensivos, de viajes aún más intensivos conociendo a maquilladores profesionales, maquillando a reinas con o sin coronas visibles; trabajando en lo que le salía, vaya.
Y estudiando a distancia para sacarse el bachillerato.
Su hogar lo llamaba como el canto de una sirena.
De Abián sabía poco o nada. Lo llamó mucho al principio, y luego ya nada.
Su amigo no se lo cogía ni le contestaba a los mensajes.
Su madre le explicaba que había empezado a trabajar en la construcción, como su padre, y que leía mucho, libros y cómics; que a veces hacía horas extras en esa librería chica hasta arriba de cómics en la que le encantaba trabajar; que seguía soñando pa dentro, pero ya no reía, no como antes.
Cuando volvió a casa, Henar le contó que vivía en un piso pequeño con una novia.
Que era guapa y muy dulce, y que parecían felices, aunque ella solo la había visto una vez.
Y a Rayco se le formó un nudo en la garganta que se tragó porque qué otra cosa iba a hacer él, si ya estaba todo jodido.
Pero entonces su madre seguía con ese «no es feliz, mi niño no es feliz», y Rayco vomitaba la resignación y la sustituía por otra cosa: miedo, esperanza, miedo, esperanza. Así todo el rato.
Y pasó un año más sin que tuvieran contacto, aunque vivieran en la misma isla.
Cada vez que Abián cumplía, él hacía una tarta y le mandaba una foto.
«Una lágrima por un pensamiento alegre», le escribía, que venía a decir que lloraba por él, y que lo recordaba siempre.
«No me he ido», se atrevía a escribir a veces, cuando salía y se emborrachaba y no conseguía besar a nadie sin que el sabor de Abián le viniera de golpe y le arrugara el corazón.
Quiso buscarlo cuando regresó a casa, pero su madre lo detuvo.
«Dale tiempo», le dijo. Y Rayco se atragantaba con el tiempo que se iba, ese tictac que odiaba como Garfio al cocodrilo. Tiempo, ¿eh? Tiempo.
Se lo encontró una vez. Fue sin querer. Rayco había vuelto a trabajar en El Corte Inglés de Mesa y López, en la misma firma de maquillaje. Lo compaginaba con su trabajo de maquillador freelance
, con el que ganaba bastante, pero se había propuesto ahorrar. Quería comprar una casa. Su sueño era irse del barrio.
Lo vio ahí, delante del stand
, con su novia. Ella miraba la nueva colección y él miraba a Rayco, que sonrió y no se presentó, porque algo le decía que su amigo no quería.
Los trató como se trata a los nuevos clientes.
Ella se fue contenta, Abián ni siquiera le dijo adiós.
Rayco se quedó destrozado. Siguió trabajando, claro, el día no había terminado, aunque su corazón se hubiera cansado de latir.
Notaba los pies en el suelo, el peso de su propio cuerpo aplastándolo, la vida.
Y pensó en lo rápido que deja de volar uno cuando la realidad lo aplasta. Y no, eso sí que no.
Rayco se apoyó en la madera del stand
, cogió aire y se agarró a su pensamiento alegre.
Tenía muchos pensamientos alegres. Rayco siempre fue un niño alegre, pero se agarró a él como a un salvavidas, a las promesas que se habían hecho desde chicos, a las que se hicieron de grandes.
Luego soltó el aire y voló, no mucho, pero lo suficiente para seguir amarrado a la esperanza, a Abián.
Esa noche le escribiría, y días más tarde, y semanas más tarde.
Su amigo no respondió y Rayco siguió agarrado a él, su pensamiento alegre.