Creer tambiés es volar Capítulo 73
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Capítulo 73

Henar

H

enar creció en largura y belleza, también en actitud.

Sus notas subieron como las olas y decidió que quería ser enfermera, como Itahisa.

Nunca dejó de soñar, pues tuvo al mejor maestro (su hermano), y la vida, incluso en sus momentos más grises (cuando lo echaba de menos), siempre estaba teñida un poco de azul, y de violeta, y de naranja, y de verde.

Era la magia de Abián, que seguía con ella, aunque ya no estuviera mucho.

Porque estaba, claro. Para ella siempre estaba, pero ya no le daba la mano por las noches, no era su hombro el que la protegía ni su pecho en el que lloraba.

Ahora tenía a su madre, que había cambiado tanto que no parecía la misma mujer.

A veces, cuando la tristeza de Henar la dejaba sin respiración, marcaba el móvil de su hermano fuera la hora que fuera y le decía, con esa voz que era de niña pero ya no era:

—Tengo miedo, Abi.

Y no es que ella tuviera miedo, o al menos no el que la persiguió durante la infancia, el de los monstruos que no eran monstruos o las personas que sí lo eran pero parecían personas; era el miedo a la pérdida, al recuerdo, al olvido.

Al otro lado podía escuchar el ruido de pasos, y una puerta que se cerraba, y un sillón que se hundía.

—¿De qué, nenita?

—De crecer, de dejar de volar. Ya lo sabes, petardo.

—Piensa en algo alegre, venga. Un pensamiento alegre y podrás volar.

Henar sabía que le preguntaría eso, claro que sí.

—¿Cuál es tu pensamiento alegre? —le preguntaba ella, solo porque quería escuchar la respuesta, que también sabía cuál era.

—Tú siempre serás mi pensamiento más alegre.

Henar no le preguntaba cuáles eran los otros, y no por miedo a conocer la respuesta, sino a que no tuviera más.

Porque el mayor miedo de ella era que su hermano no tuviera más motivos, que su soledad se lo comiera como le estaba comiendo los ojos, hundidos y ojerosos de no dormir; y ese cuerpo, que cada vez estaba más grande, pero parecía más pequeño, como si el hambre no llamara a su puerta y no se alimentara bien.

Su hermano, que era hermoso pero no se lo creía.

Después de eso, Henar a veces callaba, colgaba y se acostaba a dormir; pero otras, cuando la tristeza le mordía las entrañas, le confesaba la verdad:

—Mi miedo es que ya no me des la mano nunca más. Creo que olvidé tu tacto, Abi. —Y lloraba bajito; no quería ser ella quien le causara más dolor.

—Pues mañana quedamos y verás qué áspero está ahora. Se me olvida echarme crema, ya sabes.

Y Henar reía, y lloraba más, y quedaban. Y ella le cogía la mano y le echaba sus cremas milagrosas que no hacían nada porque él no volvía a ponérselas.

Y el tiempo fue pasando así, con llamadas espaciadas y quedadas aún más espaciadas.

Henar intentaba que su hermano regresara a casa, acercarlo a su madre.

Sabía que él no quería, que le hacía daño, que quizá jamás la perdonaría y tampoco a ella, por haberse quedado en el bando equivocado, como si el amor tuviera bandos y no fuéramos todos guerreros condenados a luchar.

Henar le hablaba de lo bonita que estaba la casa ahora y lo bien que olía; de la habitación que habían arreglado para él, para cuando decidiera volver; del trabajo nuevo de su madre, que ya cotizaba.

Y entonces se detenía en ella. Le explicaba que había cambiado, que ya no tenía veneno en el cuerpo ni en la cabeza; que era la misma mujer, pero distinta, y que incluso

Itahisa la invitaba a su casa a veces; que había empezado a acudir al psicólogo y que por fin le habían dado plaza en el Proyecto Esperanza de Cáritas, donde la ayudaban a entender y a controlar los procesos de la adicción, y también a tratar la autoestima, a controlar la ansiedad y a seguir los pasos para la reinserción.

Lo que Henar no le decía era que algunos días su madre se levantaba con ojeras y los ojos muy rojos, que la veía temblar mientras intentaba preparar el desayuno y todo se le caía de las manos, que se sentaba con la mirada perdida como cuando eran chicos y parecía estar en todas partes menos con ellos.

Henar no le contaba que faltaba a clases cuando eso pasaba para que no se quedara sola, que la abrazaba fuerte y se metía con ella en la cama, que la sacaba a pasear y la acompañaba en la ida y vuelta al trabajo.

No le explicaba nada de eso porque su hermano se enfadaría y le diría que todo era cuestión de tiempo, que su madre era cuestión de tiempo.

Pero ¿qué era el tiempo cuando se trataba de una madre?

A Henar no le importaba el tiempo, solo ella.

Por eso solo le hablaba de lo bueno, que era mucho, pero no era todo. También le contaba que su madre iba a la iglesia y pedía perdón, a Henar y a Dios, y que si volvía a casa también se lo pediría a él.

Y, en esos momentos, Abián sonreía para sí.

Ella no podía verlo, y menos mal. Tampoco podía leer la mente, y menos mal.

Porque él pensaba que menos mal que el pobre Dios estaba lejos y no escuchaba nada, porque vaya tonterías que decía la gente y qué pena que no podía responderles, porque fijo que tendría mucho que decirles, a ella y a todas las madres desgraciadas del mundo que pensaban que rezando y pidiendo perdón podían borrar el mal, o el dolor.

Qué puta gracia. Como si el dolor no se te quedara dentro como una vieja cicatriz que se abría y se abría y daba igual que pasase el tiempo. No era como el cariño, que se

diluía y ya está. El dolor, si era fuerte, se te quedaba ahí, como una enfermedad terminal donde los medicamentos no servían para nada.

Solo aprendías a vivir con él, a soportarlo, aunque te cambara el cuerpo al caminar y te escachara los hombros como les pasaba a los viejos.

Así era el dolor y así lo llevaba Abián, a cuestas, día sí y día también, porque su hermana estaba ahí y él estaba a saber dónde.

Lejos, demasiado lejos a pesar de vivir en una isla bien chiquita.

Y Henar se hizo más y más grande, y en ocasiones se veían y se abrazaban fuerte, como los niños perdidos que un día fueron.

Y era raro, porque los dos creían que era ella la que se había ido de Nunca Jamás para crecer y ver mundo y él quien se había quedado en la morada de los niños.

Pero los cuerpos hablaban de otra cosa. Él había crecido, vaya que sí, y su piel estaba curtida por los palos de la vida y la de ella era tan suave y bonita que dolía mirarla.

A él sin duda le dolía. El tiempo es un monstruo y he ahí la prueba: dos hermanos que lo habían sido todo para el otro y después ya no. Y después ya no.