Creer tambiés es volar Capítulo 72
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Capítulo 72

Itahisa

C

on el paso de los meses, hubo muchos días grises en la vida de los Machado, días de lágrimas y enfados, pero también hubo cambios buenos.

Ana pintó la casa, la decoró y llamó a sus hijos para que fueran a su lado.

Henar acudió, no así Abián, que después de año y medio de aguantar en la casa, de muchos enfados y lloros por parte de Henar y la madre, llenó su mochila de ropa y desapareció.

Itahisa perdió a dos hijos de golpe, sin aviso.

Se dio cuenta un día cualquiera, al levantarse.

Cumplía cincuenta y dos años. Era una mañana soleada llena de calima y ni siquiera pudo abrir las ventanas.

Se vio sola en el pasillo, observando las paredes llenas de fotografías.

Casi podía escuchar el ruido de la infancia, un eco lejano pero real.

Estaba sola. Se sintió sola. ¿Dónde estaba Rayco?

Ah, sí, se había ido a Madrid. Se había ido por un año y llevaba dos: primero por los cursos, luego por trabajo.

Y como si lo hubiese convocado, el teléfono sonó. Era él, su pequeño. Itahisa lloró en cuanto escuchó el timbre profundo de su voz.

—Eh, ¿qué fue? —dijo su hijo desde el otro lado.

—Lo siento. Es que me hago vieja, no me hagas caso.

—Quería estar ahí por tu cumple, ma, pero no conseguí vuelo. Llego mañana.

—No tienes que venir, bobo. Sigue con tus cosas.

—Ya terminé aquí; quiero seguir trabajando en Las Palmas. Te echo de menos.

Itahisa se sorbió la nariz y lloró más, solo un poquito. Entonces le habló de las peleas de Abián y la hermana, porque uno no quería a su madre y la otra la necesitaba. El amor hacia una madre es así de impredecible: perdonas, aunque el mal sea

grande. Le contó lo que no le había contado antes, porque hablar de Abián les dolía a los dos por igual: que había hecho la maleta hacía casi seis meses y se había marchado, y que ahora lo veía poco y que lo echaba de menos.

—No me jodas. ¿Con todo lo que hizo y la machanga se pone de su parte?

—Y con lo que no hizo —añadió Itahisa—. Pero ¿quiénes somos para negarle una segunda oportunidad a una madre? Todos se merecen una, y esos muchachos ya soportaron demasiado dolor.

—Pues luego que no venga llorando cuando vuelva a beber o a drogarse y la deje sola.

—Esperemos que no. Ya lleva años limpia.

Un suspiro hondo. Y otro. Y otro más.

—¿A dónde se fue Abián? —preguntó su hijo casi en un susurro, como quien no quiere ser escuchado.

—¿No lo sabes tú? Conmigo no habla de esas cosas.

—Ma, hace tiempo que no hablo con él. Nosotros… Bueno, nos distanciamos, ya sabes.

—Yo no sé nada si no me dices. ¿Desde cuándo? Pensé que hablaban por teléfono y que ustedes se veían cuando venías a Las Palmas. Pasó algo, ¿no?

Rayco guardó silencio. Itahisa lo supo. ¿Cómo no saberlo? Lo de ellos estaba escrito desde hacía mucho.

—Lo estropeé —dijo, e Itahisa tuvo la sensación de que le clavaban cristales en la barriga y jalaban hacia arriba, así de fuerte percibía el dolor de su hijo—. Lo siento mucho, ma.

—No te preocupes. Ustedes lo arreglarán. Son familia y se quieren fleje.

—No lo creo. No sé… Al principio sí hablábamos, pero hace tiempo que ya no. Ya ni me contesta a los mensajes, y le mando muchos. A veces cada día, aunque sea un emoticono de esos o una foto. No sé, creo que ya no quiere saber nada de mí.

—Shhh, no digas eso.

—Lo echo de menos. Pensé que sería fácil, pero es horroroso.

—Lo sé, mi niño. Esto es culpa mía. No tendría que haberme metido entre ustedes.

—Pero ¿qué dices? Si lo dices por el beso, fue culpa mía.

Y no me arrepiento. Yo también era un niño, aunque fuera más grande que él.

No puedes construir una casa sobre el derrumbe de otra; antes tienes que apartar los escombros.

Pero él nunca me lo perdonó. Y luego estaban esos pibes con los que se juntaba y… Me da miedo, ma.

—Él no es su padre.

—Eso ya lo sé. Pero está tan perdido… No me deja acercarme.

—Lo haremos juntos, ¿vale?

—Te quiero. En menos de veinticuatro horas estaré ahí y ya te cansarás de mí.

—No seas burro; yo de ti no me cansaré ni aunque me muera. Ten cuidado, anda.

***

Itahisa pasó el día sola. Hizo una tarta que no se comió, buscó la peli de Hook

y la dejó sobre la mesa, pero no la vio. Cuando dieron las once y media de la noche, el timbre sonó. Se levantó de un brinco, pensando que era su hijo, que le había mentido para darle una sorpresa; pero no era ese hijo, sino el otro.

Abián llevaba un ramo enorme en las manos.

Vio gerberas rosas y moradas, margaritas blancas y de botón verde, tulipanes.

Itahisa lloró y luego ya no vio nada cuando lo abrazó con toda la fuerza que le quedaba, que era mucha, porque las madres son fortísimas.

El ramo se cayó, pero no le importó, porque su niño había vuelto a casa.

Pusieron Hook

y comieron tarta el uno al lado de la otra. Itahisa se fijó en como Abián retorcía los ñoños desnudos contra el suelo de parqué. «Está en casa», pensó, y se le escapó una lágrima.

Cuando la película acabó, le preguntó muchas cosas, sobre todo dónde se estaba quedando. Abián no respondió a ninguna. Solo le dijo que estaba bien, y que la quería. Luego se fue con la promesa de volver en unos días.

No lo hizo. Y no volvió al barrio en un año.