Capítulo 71
Itahisa
A
Itahisa le gustaba observar cómo crecían sus niños.
Quería a esos tres muchachos con una fuerza que le surgía desde el mismo centro del pecho.
Era algo visceral. Tenía la necesidad de protegerlos.
Y era triste y frustrante, porque no siempre podía hacerlo, no siempre la dejaban.
Porque dos de ellos no eran suyos, aunque los sintiera como tales.
Tenían una madre, aunque no se mereciera ese título; tenían un hogar, aunque estuviera lleno de culebras.
Itahisa los había visto reír y llorar, los había cuidado cuando enfermaban, les contaba cuentos cuando no podían dormir y rezaba por ellos cada noche.
Itahisa no le rezaba a ningún dios; le rezaba a su mujer, que estaba cerca, aunque no estuviera.
Ella los protegía, los cuidaba. Itahisa solo podía creer en aquello que quería y conocía, en aquello que podía tocar.
Y tal vez su mujer ya no estuviera en este mundo, pero aún recordaba el tacto suave y frío de sus dedos, cómo fruncía los labios al elegir cortinas nuevas, o sábanas, o cualquier mueble que adornara la casa, porque no había nada más importante para ella que el hogar.
A Itahisa le gustaba verla con sus trajes vaporosos, sus labios untados con cacao para la sequedad y sus pies descalzos.
Abián le recordaba a ella. Era tímido, como ella; listo, como ella; hogareño, como ella.
Al entrar en la casa, el muchacho se quitaba los zapatos y los dejaba en la entrada. Flexionaba los ñoños cuando se quedaba quieto, como si necesitara moverlos. «Se siente en casa», pensaba Itahisa y lo veía sonreír a su hermana como solo un adulto es capaz de sonreírle a un niño.
Los niños crecen y, cuando lo hacen, dejan de buscar. El pecho de Itahisa se llenaba de nostalgia mientras veía cómo Henar
crecía y crecía y dejaba de hacerlo.
Cuando Henar cumplió los nueve años, el pelo le había crecido hasta los hombros e Itahisa le llenó la cabeza de trenzas.
Con diez, hicieron una tarta que luego se comieron hasta que les dolió la barriga. Vieron Hook
, como cada año, y mes, y día en que no tenían nada mejor que hacer.
Con trece, Henar se sentaba frente a ella y le pedía que le enseñara a maquillarse. Hook
se había empezado a llenar de polvo, y Campanilla ya no tenía nada que ver.
Con dieciséis, Henar se escapaba de casa y preocupaba a su hermano. Quería vivir corriendo, como todos los niños cuando se dan cuenta de que no pueden volar. ¿Cuánto hacía que no veían Hook
? ¿Y dónde habían guardado la película?
Después de que el viejo estirara la pata, Ana volvió a sus vidas tras meses de recuperarse en una clínica de desintoxicación.
No fue fácil, para nada. Uno no se renueva de golpe; lo hace a cachos, despacio, como un bebé que balbucea queriendo formular frases que aún no puede formular porque le falta fortalecer los músculos y las cuerdas vocales, porque ni siquiera conoce las palabras.
Una clínica no es un salvavidas; solo te da una oportunidad, tiempo.
Ana tuvo un paréntesis. La enfermedad se detuvo, pero el mundo siguió y ella lo hizo con él cuando salió de ahí y tuvo que volver a adaptarse a sus ritmos, a vivir sobre las ruinas que ella misma había dejado a su paso.
A veces venía a casa de Itahisa llorando, con el cuerpo tembloroso, y le pedía que la encerrara con llave, «solo durante unas horas, por favor», hasta que se le pasaran las ganas de huir.
Otras se pasaba días en la cama y faltaba al trabajo. Discutía mucho con su hijo, demasiado.
—Es como si me hubieran cambiado los órganos de sitio, como si tuviera otra cosa en lugar de sangre por dentro —le dijo una de esas noches—. Intento hacer las cosas bien, pero me falta algo. Soy un coche de gasoil al que le han echado gasolina. Estoy
estropeada.
Itahisa la miraba con una mezcla de rabia y pena: rabia por el dolor que le había provocado a sus hijos, pena porque era su madre y ellos todavía la necesitaban.
—A lo mejor nunca has sido un coche de gasoil, a lo mejor solo es la sensación que te da. En todo caso, tienes un combustible fantástico, Ana: tienes a tus hijos. Si eso no es combustible suficiente, entonces yo no sé nada de la vida.
Ana la miró entonces como si la viera por primera vez. Acercó la mano a su cara y la tocó. Deslizó los dedos por las arrugas de sus ojos, por sus pestañas maquilladas, por su mandíbula, y le tocó los labios.
—Eres hermosa —le dijo, y luego lloró.
Y, por primera vez, Itahisa también lloró por ella; no por sus niños, sino por esa madre que nunca supo ser madre.