Capítulo 70
Abián
-N
o me digas adiós, ¿vale? No quiero oírlo —le digo el domingo, cuando aparcamos el coche frente a nuestro bloque y nos quitamos los cintos.
—¿Qué es adiós
? —pregunta, imitando a uno de los niños al final de Hook
—. Adiós es marcharse, y no me marcharé nunca. Solo es un viaje de nada. Me voy y enseguida vuelvo. No te darás ni cuenta.
Sonríe con esa boca de dientes blanquísimos que jamás volveré a probar.
Porque los dos sabemos que no es verdad, que es más que eso.
Que no se trata solo de la distancia ni del tiempo, que somos nosotros que nos rompemos.
Los dos oímos el crac, crac, crac de algo que jamás se volverá a soldar, porque hay cosas que una vez rotas no se pueden volver a coser (no del todo, no sin que se noten las marcas) y el corazón es una de ellas.
El mío se rompió; ojalá que el suyo no, que siga así, grande y hermoso, latiendo de esa manera tan increíble que tiene de latir.
Un corazón que mañana vuela alto, que cree y que puede hasta cacarear.
Es el mío el que se queda aquí, con piratas que gruñen y maldicen y no creen en nada alegre; para qué, si la vida es esa cosa gris y sin sentido.
Aparto la mirada con la garganta agarrotada y el corazón destrozado por la pena.
Él se quita el cinto y me toma de la barbilla.
—No llores, Abi. Si lo haces, tendrás que darme un pensamiento alegre por cada lágrima.
Sonrío como solo él sabe hacerme sonreír.
—Mis pensamientos no me dan miedo, y las lágrimas tampoco.
Lo que me da miedo es lo que estas hacen contigo y el dolor que las empuja.
—¿Te arrepientes? —me pregunta con un hilo de voz.
Sí. Ojalá pudiera arrancarme su olor, su tacto; ojalá no lo hubiese tocado nunca; ojalá no doliera.
—No. Claro que no. Estuvo bien.
Él sonríe con una tristeza que me hace aún más daño.
—Fue increíble, Abi. —Se me acerca y me besa la mejilla—. Dime que vas a estar bien.
—Lo intentaré.
—¿Te apetece pasar el día conmigo? Podemos ir a San Mateo, comer arriba y bobear juntos. Mi madre no volverá hasta tarde y la nena está con tu madre.
No. No. No. No puedo. Estoy sangrando y no puedo permitir que me vea. No puedo. Y entonces lo miro y pienso que mañana se va. Conocerá a gente, los kilómetros nos separarán y quizá, tal vez, nunca vuelva a mirarme así ni a estar conmigo así ni a quererme así.
—Te quiero fleje. Lo sabes, ¿verdad? —me dice, y yo me rompo un poquito más por dentro.
Las roturas, si son por dentro, duelen más porque no se ven; nadie más que tú las siente. Desde luego, él no puede verlas. Eso me calma y a la vez me cabrea. Se irá, me olvidará y yo me quedaré con mi dolor, con mis heridas y con todo este amor.
Me trago la bola que tengo en la garganta y asiento. No le digo que yo también lo quiero, porque él ya lo sabe. Me guardo mi amor, porque es lo único que tengo, lo único que me pertenece, lo único que me hace… libre.
Ese día lo pasamos juntos. Luego él se marcha y no vuelvo a verlo en años.