Creer tambiés es volar Capítulo 69
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Capítulo 69

Abián

E

se año vamos solos a la gala del sur. De chicos habíamos ido juntos a varios carnavales, pero nunca así, como una cita. La nena se queda en Las Palmas con mi madre e Itahisa va, pero con sus amigas.

Desde la muerte del monstruo, Rayco intenta pasar el mayor tiempo posible conmigo, con la nena y con su madre.

Quedan pocos días para que se vaya a Madrid.

Por lo que me había contado Itahisa, se quedaría en el piso del amigo de un amigo suyo y trabajaría en El Corte Inglés de allí hasta que empezara el curso en septiembre.

Hacía semanas que lo había dejado con el novio, así que se iba bien ligero de equipaje.

Alquilamos una habitación en un hotel cerca del Yumbo para poder ir y venir andando al centro comercial.

Acudimos con la idea de quedarnos en el mogollón una vez finalizara la gala.

Rayco no tiene que maquillar ese día, tampoco queda con sus otros amigos.

Estamos juntos, él y yo, como en un sueño del que jamás quiero despertar.

Y sé por qué lo hace. Sé que el lunes cogerá un avión y a saber cuándo vuelve, si es que vuelve.

Él me dice que sí, que su vida está en la isla, con su madre y con nosotros.

Sé que es sincero, al menos ahora. Lo que no sé es lo que pensará mañana.

Rayco se irá y conocerá gente y pasarán los años (uno, dos, quién sabe si más) y a lo mejor se enamora, de un chico o de Madrid.

Tal vez estar fuera le hace descubrir lo grande que es el mundo y lo apretado que parece aquí, en esta isla, en ese barrio en el que vivimos, en esa casa en la que crecimos.

Rayco se encarga de maquillarme. Somos Peter Pan

y Campanilla. Brillamos y volamos, aunque el único que lleva alas

es él, cosidas por Itahisa a un traje esmeralda.

Es estrecho y se amolda a su cuerpo como una segunda piel.

Me cuesta un mundo apartar la mirada de sus piernas larguísimas, de su culo redondeado y su pecho remarcado por la licra.

Es como si llevara un traje pintado y yo lo toco solo para cerciorarme de que la imagen no se va, que está a mi lado, que su cuerpo vibra como lo hace el suelo al atronar de la música.

La gala es hermosa. Hay música y risas y brillo y aplausos.

Hay espectáculo, y voladores, y el cielo que se llena de colores, y hay reinas que portan coronas grandiosas y baten sus enormes pestañas mientras se mueven y bailan subidas a tacones que las alzan hacia el vasto infinito. Sobre todo, hay libertad.

Cuando termina, la felicidad nos bulle en la tripa y él me abraza, o quizá soy yo quien lo hace. La gente grita y la música nos retumba en el pecho, pero nuestros latidos son más fuertes y las sonrisas apenas nos caben en las bocas.

Cenamos perritos y papas locas en uno de los puestos y bebemos, un poco ahí y un poco más tarde, cuando por fin nos metemos en el corazón del mogollón. Es como esa escena en la que Peter Pan

recuerda que lo es y se enfrenta a los piratas, y de pronto se ve solo ahí en medio, con una red encima que no lo deja moverse.

Y llegan los refuerzos y empieza una batalla loca de idas y venidas, llena de niños y de adultos que quieren ser niños pero no pueden, porque dejaron de creer.

Así me siento cuando entramos de la mano al mogollón, un niño que es también adulto y se esfuerza por no dejar de creer.

Y cuando Rayco me toma de la cintura y me aprieta contra él, siento que todo está bien, que estoy en Nunca Jamás y soy libre.

Nuestras caderas se mueven solas y siento su dureza contra la mía, su excitación, su aliento en mi cuello.

Y me empuja, y yo lo empujo, y nos enlazamos, y nos fundimos, y nos movemos.

Somos dos niños perdidos que se encuentran, somos pensamientos alegres, somos polvo de hadas. Somos.

La noche se alarga, el deseo crece, la magia se expande por nuestros cuerpos.

El alcohol nos libera. Y no está bien, lo sabemos: no así.

Pero cuando regresamos al hotel y nos metemos en la habitación, nos quedamos muy quietos, uno delante del otro.

Le miro los labios, el pecho, el cuerpo, la entrepierna abultada que se advierte bajo la falda ajustadísima.

Nos acercamos despacio. Los dos sentimos la misma adrenalina en la tripa, la misma excitación, el mismo deseo ávido de ser saciado.

Yo estoy duro desde que me besó a los quince, quizá antes, desde que fui consciente de que me gustaba.

Rayco desliza un dedo por mi cara y lo lleva a mi boca, llenándome de pintura el cuello y el pecho.

Yo le acaricio la clavícula y arrastro la mano hacia el pezón.

Jadea cuando lo rozo y me atrevo a apretarlo con suavidad por encima de la licra.

Él me sujeta de la camiseta verde y empieza a arrancar botones.

Algunos se separan, otros se rompen y saltan y se pierden como las canicas del niño que se fue de Nunca Jamás y se olvidó de todo. Yo no me olvido. Esta noche no.

Vuelo cuando me quita la camisa y me empuja contra la pared.

Vuelo cuando recorre mi pecho, primero con las manos y luego con la punta de la lengua.

Me besa como si mi cuerpo fuera un mapa y él necesitara aprendérselo de memoria.

Presiono los dedos contra la pared porque no sé a qué más aferrarme.

Me aterra tocarlo y que se esfume, que esto sea un sueño, que todo se acabe como lo hace la magia.

Cuando encaja su cuerpo contra el mío y atrapa mis labios, el mundo y todo lo que conozco deja de tener sentido, menos él.

Dejo de pensar y siento. Cierro los ojos; nuestras lenguas se encuentran, se empujan, se enredan.

Nos besamos como si fuéramos aire y necesitáramos respirar en el otro.

Lo sujeto de la cintura y le clavo los dedos en la carne cuando siento por primera vez el roce de nuestras erecciones, provocándome un ramalazo de placer que me hace jadear y morderle la comisura de la boca, y la mandíbula, y el lóbulo de

la oreja. El placer es delirante. Necesito sentirlo, necesito más de esto, más de todo, necesito…

Sus manos ascienden por mi cuerpo para hundirse en mi pelo, enredarse y presionar con suavidad.

Me trago sus gemidos cuando comienzo a arrastrar mi polla por la suya; arriba y abajo, arriba y abajo.

Tiemblo y me sacudo y siento pequeñas descargas mientras nos movemos al ritmo del pum, pum, pum de los voladores.

El mundo, allá afuera, se llena de colores que se cuelan por la ventana semiabierta y nos bañan con su luz.

Lo veo, me ve. Nos buscamos, jadeamos, nos sentimos.

Le quito la licra, prenda a prenda, hasta que solo queda su cuerpo y un tanga abultado, demasiado abultado.

Solo entonces me mira, con esos ojos que son dos pozos de deseo en los que quiero (necesito) zambullirme.

Lo siguiente que sé es que vuelvo a estar contra la pared y tengo las manos en su culo y él la suya en mi polla.

Y yo gimo y me estremezco y me muevo contra su mano en busca de más, más, más.

Lo agarro de la nuca y le muerdo los labios.

Él me tira del pelo y me chupa los míos.

Cuando le bajo el tanga y por fin le rodeo la erección en un puño, me sujeta la muñeca.

—Abi… —dice apenas sin voz—. ¿Qué estamos haciendo?

Se me forma un nudo en la garganta cuando me eleva la barbilla y el ámbar de sus pupilas me paraliza.

Ahí está el miedo, y las dudas, y el rechazo.

El rechazo. Quiero gritar, y llorar, y dejar de volar.

Porque si no vuelas, no hay vértigo; si no vuelas, nunca te caes; si no vuelas, no esperas tener nunca más de lo que tienes.

Y yo llevo media vida esperando esto: una oportunidad con él, solo una, aunque se vaya, aunque su recuerdo me rompa más tarde. Al menos tendré eso, un recuerdo.

Le clavo los dedos en la espalda y apoyo la frente en su hombro porque no quiero que me vea la cara, no quiero que mi dolor lo alcance y le haga daño, y sé que se lo hará, porque me quiere, aunque no sea de la manera en que yo lo quiero a él.

—No me dejes ahora.

Percibo su cuerpo tembloroso, su respiración agitada, sus brazos rodeándome.

—No voy a dejarte, ni ahora ni nunca, bobo.

Vuelve a subirme la barbilla y el ámbar ahora es una mezcla de oro líquido y verde musgo. Su sonrisa brilla tanto como las coronas de las drags

, como el polvo de hadas, como mi corazón cuando lo tengo tan cerca.

—Bésame, Ray.

—Estás borracho. No quiero que te arrepientas.

—No estoy más borracho que tú, y no me arrepentiré nunca.

Nos miramos. Tengo doce años y estoy viendo al amor de mi vida. Tengo quince y lo estoy besando. Tengo diecinueve y lo estoy tocando. Quizá cuando tenga veinticuatro ya no sea nada, pero ahora lo sigue siendo todo.

—Más te vale —me susurra en la boca antes de volver a besarme.

Dos minutos después, estamos en la cama. Cinco minutos después, nos reímos porque no encontramos los condones. Siete minutos después, me pregunta si quiero que me lo haga o si prefiero hacérselo.

—No me trates como a un crío —le digo.

—No lo haré, bobo.

Y me vuelve a besar, en los labios y en todo el cuerpo.

Somos una melodía lenta que dura segundos y minutos y años enteros.

Se toma su tiempo para prepararme y, una vez lo hace, me mira como si fuera uno de esos ahumados jodidos que no le salen bien porque requieren técnicas que no le han enseñado todavía.

Sé que quiere que lo detenga, que le diga que no, que ya se me pasó la borrachera, que la vamos a cagar, pero no puedo, no puedo, no puedo.

—Fóllame, Ray. —Lo digo mientras lo tomo de la nuca para besarlo.

Cuando por fin se hunde dentro de mí, lo hace rápido y hasta el fondo.

Luego se queda quieto y observa mi rostro.

Y es todo luz, con su pelo rubio cayendo en cascada y haciéndome cosquillas en el cuello, su cuerpo brillante por el sudor, sus labios hinchados por mis besos, y el deseo…

Ese deseo que me hace hundir los talones en el colchón y elevar las caderas.

Él sonríe y yo le devuelvo la sonrisa. Enseguida me besa y empieza a moverse.

Me folla como llevo soñando desde los quince y yo me sujeto a su espalda y uno nuestras frentes mientras lo escucho gemir y gruñir y estremecerse.

Su cuerpo se tensa, su polla crece dentro de mí y alcanza ese punto que me hace apretar los dientes y ver el camino hacia Nunca Jamás, ese destino que somos ahora y que tal vez no seamos mañana.

Se me escapa un gemido ronco cuando lleva una mano a mi erección y me acaricia como si quisiera que voláramos al mismo tiempo.

Y lo hacemos. Volamos. Lo hago cuando lo noto quedarse quieto, vibrar y deshacerse dentro de mí.

Lo hago cuando me derramo sobre él sintiendo sus temblores, la fragilidad de un niño que no llegué a conocer porque ya era grande cuando entré en su vida.

Ya era grande cuando me acogió, cuando me protegió y me hizo un hueco.

Él, Rayco Arocha, el amor de mi vida.

Jadeamos, y temblamos, y nos abrazamos. Y él se sigue moviendo, y yo sigo mirándolo como lo que es: mi «para siempre», mi amor trágico, ese que se acabará cuando salga el sol y volvamos a mirarnos a los ojos.

Porque nada dura eternamente y somos ahora.

Él sale de mí, me limpia y me besa: una, dos, infinitas veces.

Y yo siento que la magia existe, que somos nosotros y que nada nos la puede quitar.

Solo hay que creer.

Creer.

Creer.