Capítulo 68
Henar
T
ic, tac. Tic, tac. Tic, tac.
El tiempo es un juego sin límite de edad, tramposo e inclemente; un adiós en sí mismo, un Nunca Jamás, pero sin la parte bonita, sin ruido ni cacareos ni piratas aburridos que luchan contra huérfanos más chicos de cuerpo pero más fuertes de corazón; un «hasta nunca» que suena como un «para siempre» y resulta que no lo es.
Henar jugó con el tiempo y perdió, como perdían todos.
Así fue como creció. Creció mientras sentía la mano de su hermano cada vez más ancha y callosa, su pecho más grande, su mirada más oscura.
El miedo de Henar cambió, porque crecer también implicaba dejar de preocuparse por uno y hacerlo por aquellos a los que querías, entender para entenderte.
Y Henar entendió que ella podría seguir volando, pero su hermano no.
Su hermano estaba bien pegadito al suelo.
Casi podía ver la forma de sus pies, las huellas impresas, todo eso.
Ya no podía aferrarse a su mano porque él no siempre estaba ahí.
Abián trabajaba, o salía, o hacía cosas de grandes que ella no podía saber porque seguía siendo una niña.
Cuando él estaba lejos, Henar se abrazaba fuerte a Itahisa, o a su madre cuando el monstruo se fue al cielo (o al infierno) y ella regresó a casa después de estar meses en esa clínica donde por fin se puso buena, y les contaba sus miedos:
—Mi hermano dejó de volar.
Si se lo decía a su madre, Ana lloraba mientras repetía «perdónperdónperdón», como Garfio repetía «tictactictactictac». Si se lo decía a Itahisa, ella la tomaba del rostro y le susurraba:
—Encontrará la manera de volver a casa, mi niña. Lo
ayudaremos. Y volveremos de nuevo a volar todos juntos.
—¿Y si no puede?
—Entonces le coseré alas y Ray se las pintará. Le daremos la mano y volaremos juntos. El polvo de hadas se comparte, ya lo sabes bien.
Y mientras Henar lloraba, con el cuerpo de Itahisa agarrado al suyo como un ancla, volvía a ser una niña, aunque hacía mucho que había dejado de serlo.