Capítulo 67
Abián
-T
u padre murió anoche.
Rayco me lo dice así, tal cual. No hay silencios ni un momento de tensión como en las pelis, solo verdad. No esperaba menos de él.
Lo miro, me mira.
—¿Y la nena?
—Con tu madre. Está triste porque no para de llorar. Ya sabes.
Sí, ya sé. Mi hermana la quiere mucho. Por supuesto que lo sé.
—Van directas al tanatorio, con mi madre —me informa al ver que me quedo sin saber qué decir.
Me cargo la mochila al hombro y escondo la mirada. No quiero que vea la verdad, el alivio que siento, las ganas de llorar porque por fin, por fin, el monstruo dejó de respirar.
—¿Sufrió? —le pregunto cuando nos subimos al Toyota Yaris que Itahisa le compró de segunda mano nada más sacarse el carné a los dieciocho, pero no arranca ni se pone el cinto.
—No creo. Se metió algo. No sé qué se siente cuando te metes algo; nunca lo he hecho. Pero supongo que te vas rápido y sientes poco.
—Yo sí probé —digo— y sí que sientes. Sientes muchísimo, pero nada malo. Así que supongo que murió bien.
Respiro, tiemblo, respiro. La rabia se me mete en la boca, me baja por la tráquea, rebota en el vacío.
Le doy un puñetazo al salpicadero en un intento de sacármela de dentro, agitarla y expulsarla lejos de mí, y el dolor me hace gruñir y cagarme en la puta.
Rayco estira el brazo y me seca las lágrimas que no sabía que tenía.
Luego me toma del rostro y acerca su frente a la mía.
—Shhh, tranquilo.
Se me escapa un sollozo.
—Se merecía sentir cosas malas. Se merecía una muerte de mierda y no algo rápido. Mírame, Ray: eso es lo que estoy pensando. ¿Qué clase de persona soy?
Mi amigo me atrae hacia sí y hundo la cara en su cuello.
Lo sujeto de la espalda y le clavo los dedos en la piel, fuerte fuerte, hasta que nuestros pechos se unen y los asientos nos impiden estar más cerca.
Quiero que me sienta, que note los latidos de mi corazón aporreándome el pecho, esa rabia que cargo conmigo desde que soy chico y que no sé cómo quitarme.
Percibo el estremecimiento en su piel cuando separo los labios de su cuello y le digo:
—No sé quién soy, Ray. No sé si quiero saberlo.
—Óyeme bien: yo sí sé quién eres. —Me toma de la cara y vuelve a hacer que nuestras frentes se unan; su aliento me hace cosquillas y me calma y todo huele a él, a sueños que no se cumplen pero deseas que sí—.
Eres Abi, eres mi mejor amigo, eres el chico más valiente que conozco.
Y tienes derecho a estar enfadado y a sentir alivio.
Joder, yo también lo siento. No te imaginas cuánto.
Y si eso me convierte en una persona horrible, pues espero verlo en el infierno y hacerle pagar por los años de mierda que viviste.
Tu padre no era bueno. Y puede que no te diera palizas todos los días, pero un hijo no tiene que vivir en la calle.
A un hijo se lo cuida o no lo traes al mundo.
Tienes un puto deber con él. Me lo enseñó mamá, y seguro que mi otra madre también me lo habría enseñado de haber tenido tiempo.
Estoy temblando y me falta el aire y se me caen las lágrimas y tengo un nudo atorado en la garganta que no sube ni baja. Inspiro, espiro. Inspiro, espiro. Inspiro, espiro.
—No sé qué hacer. —No reconozco mi voz enronquecida y tengo que volver a respirar, una, dos, tres veces, antes de continuar—: No soporto la idea de ir al tanatorio y verlas llorar.
Él no se lo merece. No puedo.
—Shhh. —Rayco me acaricia la cara con los pulgares y me levanta la barbilla con una ternura que me pellizca el corazón—.
Lo harás bien. Piensa en tu hermana. Ella te necesita allí.
Estaré contigo todo el rato, y mamá también.
Y cuando se acabe, te vienes a casa y te quedas conmigo.
Y podemos emborracharnos y cagarnos en el cabrón de tu padre para que se pudra allá donde esté. Haremos lo que quieras, ¿vale?
Me aparta lo suficiente para besarme las lágrimas.
Se lleva mi dolor y se lo bebe despacio, a sorbitos pequeños, y yo quiero quedarme aquí, en este coche y en este espacio diminuto, con este chico por el que lo siento todo aunque nunca llegue a ser nada más que esto (amigo, familia).
Quiero que su voz sea la melodía de mi vida, que su cuerpo sea refugio, que sus labios me arranquen el dolor. Quiero que sea él, que solo sea él.