Creer tambiés es volar Capítulo 66
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Capítulo 66

Itahisa

U

n parpadeo, eso es la vida; y así te cambia, en un parpadeo.

Sucedió una mañana cualquiera de un día cualquiera.

Itahisa se había tomado una semana de vacaciones.

Estaba agotada. Demasiados turnos de noche en la clínica, demasiado pensar en esto y en aquello, demasiada nostalgia en el pecho ahora que se acercaba la Navidad.

¿Cuánto faltaba? Un mes y medio por lo menos, pero todo estaba lleno de adornos y de turrones.

Incluso en Las Arenas estaban con los preparativos para poner el árbol de Navidad, o eso le pareció ver ese día que quedó con sus amigos para ir a un espectáculo sobre los grandes éxitos de Queen y Freddie Mercury en el auditorio Alfredo Kraus.

En qué momento la vida había empezado a correr, no lo tenía claro.

Antes, de joven, le daba la sensación de que el tiempo no avanzaba nunca.

Ella quería ser más grande, llegar rápido a ese o aquel año.

Las prisas se le metían en las venas, pero todo era demasiado lento y había que sufrir la espera.

Con el paso del tiempo, en cambio, todo se aceleraba sin remedio y tenías que poner mucho de tu parte para no quedarte atrás, y siempre lo hacías, porque el cuerpo envejecía y cada vez le costaba más. De ahí el cansancio de Itahisa.

En todo eso pensaba cuando sonó el timbre de la puerta.

No podía ser Rayco, pues se había ido a pasar el fin de semana al sur para maquillar a dos amigas suyas, ambas bien metidas en el mundo del transformismo, y acudir a una fiesta privada solo para gente del colectivo.

Itahisa fue invitada, claro, pero estaba demasiado cansada para los kilómetros de trayecto, y para estar guapa, y para sonreír. Tampoco podían ser sus otros niños.

Abián estaba trabajando y Henar se había quedado a pasar el finde con una amiga en Valleseco. Solo por si acaso, porque la gente no le gustaba y ella no se fiaba de nadie, destapó la mirilla para comprobar quién era. Lo que vio no le gustó nada, pero abrió igualmente la puerta.

Ana temblaba y tenía los ojos llenos de churretones negros debido al rímel, el rostro más pálido que de costumbre.

A Itahisa le pareció diminuta, frágil y fea.

Ana no era nada fea, pero lo parecía. Sintió miedo y pena.

Itahisa siempre había sentido un poco de pena por ella, además de rabia, aunque Rayco se enfadara porque esa mujer no merecía más que sufrimiento.

Itahisa no podía odiar a nadie tan perdido como ella.

A sus chicos les gustaba hablar de niños perdidos y a ella no se le venía a la cabeza nadie más perdido que Ana.

—¿Qué fue? —le preguntó Itahisa al tiempo que abría el cajón de la mesa de la entrada y le daba un pañuelo.

La mujer miró el clínex con el mismo asco de quien mira una chopa que le fue a parar a la mano. Y lo soltó de la misma forma. Itahisa se asustó al comprender la gravedad de la situación.

—Abián se murió —dijo.

A Itahisa se le saltaron ochenta mil latidos.

El corazón entero se le saltó al pensar en Abián: el más fuerte y también el más frágil de sus niños.

Pensó en esa bondad desmedida, en toda su tristeza, en la soledad que se había comido a bocados grandes hasta quedar embostado.

Estaba tan lleno de ella…, tanto… Itahisa no siempre sabía qué decirle, no hallaba consuelo para corazones tan heridos, y eso le dolía más que cualquier otra cosa.

Se le cayó una lágrima y dio un paso hacia la mujer, que lloraba y lloraba sin decir nada más.

—¿Cómo que se murió? —La agarró de las muñecas con brusquedad—. ¿Cómo?

Ana lloraba y lloraba y lloraba. Itahisa no sabía qué hacer; su corazón no le pertenecía. Había un dragón de fuego dentro de

ella y notaba cómo arañaba y quemaba en busca de respuestas. Pero la mujer no reaccionó, no hasta que le pegó un cachetón que se oyó en todo el edificio.

—Decía que controlaba, pero no. Se metió todo lo que le dio Nico y… —Se pasó una mano por la cara, roja por el golpe—. Yo me fui y nadie se dio cuenta hasta más tarde. Nico me llamó hace unas horas. Yo… No teníamos seguro —dijo apenas sin voz.

Itahisa se dio cuenta de que no hablaba de su hijo, sino de su marido. El dragón le clavó las garras y le subió por la boca para alcanzar la libertad.

—¿Pero el niño está bien? —Se le escapó un sollozo—. Dios santo, creí que me hablabas de él.

—¿Mi hijo, dices? —Ana parecía extrañada, como si hubiese dicho algo inaudito—. Abián no se mete nada. Es un buen muchacho.

Itahisa apretó los dientes y dio un paso hacia ella. Pasado el miedo, solo quedaba la rabia.

—¿Estás segura? ¿Cuándo fue la última vez que te fijaste en él? Tu hijo podría aparecer muerto mañana y a ti te sudaría el coño. Solo te miras tu propio ombligo.

—Mi marido está muerto —dijo Ana a media voz. Itahisa se sintió fatal, pero tenía mucha rabia dentro y no podía contenerla—. Está muerto.

—Y yo me alegro de que no sea Abián, qué quieres que te diga.

Después, suspiró hondo y permitió que la empatía se abriera paso.

La abrazó y le prometió que no pasaba nada por el seguro, que ella se ocupaba, pero que no podía seguir así, que iba a matar a sus hijos, que se mataría ella antes y arrastraría a su hija por el camino, porque Henar la quería aunque no se la mereciera.

Le hizo prometer que iría a una clínica y que se curaría, y que ella la ayudaría.

Y mientras Itahisa hablaba y Ana le hacía una promesa que a saber si cumpliría, la vida, ahí afuera, empezó a cambiar de tonalidad, como cuando hay un eclipse

y sabes que es algo inaudito que no volverás a ver en la vida. Abián Machado acababa de morir y la vida de Abián y Henar ya no sería la misma nunca más. Cómo sería, eso aún no lo podían saber.

Itahisa cogió aire y lo soltó. El corazón le volvió a su sitio y se endureció, tanto como ellos necesitaban.

Y puede que no fuera su madre (la del ADN, la que les puso pañales y les dio el biberón, la que los trajo al mundo y prometió quererlos bien, aunque luego lo hizo mal), pero los quería como si lo fuera.