Capítulo 63
Abián
T
engo dieciocho y Rayco está a nada de cumplir los veintiuno cuando Itahisa enferma por una colecistitis aguda.
La operan de urgencias para extraerle la vesícula y pronto está bien, pero Rayco tiene que trabajar y yo puedo quedarme con ella todo el día en el hospital Doctor Negrín, así que me quedo y la ayudo a asearse.
Verla desnuda me impresiona, porque mirar su cuerpo es como ver un cuadro de Néstor de la Torre.
Al advertir mi expresión, ella estira el brazo y me acaricia la mejilla.
—Es normal que te sientas raro, no te preocupes. Soy un poco fea con pijama de hospital.
—Eres hermosa —digo, y se me cae una lágrima que ella recoge con la punta del dedo y se la guarda en un puño.
—Tú sí que eres hermoso. Ojalá mi niño encontrara a alguien como tú, un hombre que merezca la pena.
No contesto, pero mi corazón se quiebra al oírla. Rayco y yo. Un sueño imposible. Una quimera. Una lotería que juegas y juegas y nunca te toca.
***
Esa noche, cuando Rayco viene para estar un rato con su madre y ella nos obliga a marcharnos a casa para descansar en una cama cómoda, se me escapa de la peor manera.
—¿Quién es tu madre? —le pregunto cuando llegamos al pasillo que da a la casa donde vivo y me aprieta la mano para pedirme que me quede con él.
—¿Perdona? —inquiere, soltándome.
Me ruborizo a lo bestia. Dios, no quería que sonara así. Yo… solo quiero conocer a esta familia que es mía, aunque no lo sea. Solo quiero saber.
—Nunca me lo has contado, ya sabes.
Menea la cabeza como si no acabara de creérselo.
—No sé nada. Y haré como si no hubiera escuchado esa mierda de pregunta.
—Lo siento, yo…
—Una madre no es quien te lleva en la barriga ni te da su ADN. Una madre está. Una madre te quiere. —Suelta un suspiro largo—. Joder, pero qué sabrás tú lo que es una madre.
El arrepentimiento es inmediato, pero las palabras son pronunciadas y yo las escucho todas. Más que oírlas, me las trago y se me quedan ahí, rebotando en ese hueco que tengo dentro.
—Eh, Abi.
—Tranquilo, si no has dicho nada que no sea verdad. —Me encojo de hombros y convierto mis sentimientos en hielo; frío, punzante—. Descansa, ¿sí?
—Abi, por favor.
Intenta acercarse, pero yo retrocedo, más y más.
—De verdad, no pasa nada. Adoro a tu madre.
Si hay una mujer que me quiera, es ella.
Siento haberte hecho esa pregunta de mierda.
Yo… —Me paso una mano por el pelo, nervioso; miro el pasillo, sucio y desangelado, las colillas, la meada en la esquina, la chopa que corretea cerca del borde de las escaleras en busca de un lugar seguro; miro todo lo que no me gusta para no mirarlo a él, que me gusta demasiado—.
Es que hay cosas que no sé y me encantaría saber, solo eso.
—¿Te vas a tu casa?
—Me voy con mi hermana, sí.
Rayco me sujeta de la muñeca, fuerte fuerte.
—Abi… No me odies, por favor.
Y entonces me lo cuenta, rápido y de manera atropellada, en esas escaleras en las que muchas veces me quedé con la nena a dormir.
Me habla de sus dos madres, de sus vidas y de cómo se siente al no recordar a esa mujer que lo trajo al mundo.
Me habla y me habla, con los dedos bien clavados en mi piel, y yo escucho su dolor, ese que no se oye ni se ve.
Cuando termina, estiro el brazo y le aparto el pelo de la cara con cariño. Lo tomo de la nuca y le doy un beso en la mejilla.
—No me odies, por favor —repite con una voz rota que me duele.
—Nunca, bobo. —Le beso la sien, la mejilla, la comisura de la boca—. Eres mi familia.
Pero es más que eso. Él lo es todo, y resulta que yo nunca seré ese chico que su madre anhela para él. Yo nunca seré. Nunca.