Capítulo 64
Abián
- ¿
Q
ué te has metido? —me pregunta Rayco al verme los ojos, o la cara, o vete a saber qué.
Es tarde y no debería haber entrado en la casa de los Arocha pasada la medianoche, pero fuera llueve y no me apetecía quedarme en casa de Mati después de la discusión que tuvimos y que ni recuerdo. Me había liado para que fuéramos al cumple de Emilio con los demás y de ahí vengo.
—Solo un porro.
—¿Solo? Porque te pareces a uno de esos tíos que salen de tu casa.
«Tu casa». El golpe me impacta en el pecho, y en la garganta, y en los putos párpados. Sabe que odio que la llame así, que me asocie a eso
. Quizá por esa razón lo dice. Quizá quiere hacerme daño. Quizá. Y es una mierda que Rayco quiera hacerme daño. Lo peor del mundo. Dios.
—No soy un drogata.
—Pues lo pareces. —Me sujeta del brazo y me lleva al pasillo, delante del espejo—. Mírate.
Y ahí está él, el monstruo, yo; su mismo cuerpo, sus mismos ojos ahora enrojecidos por la marihuana y el alcohol, la misma palidez envenenada, la misma rabia.
Él. Yo. Dos partes de un todo. La náusea me llega rápido.
Me sobreviene una arcada y tengo que correr al baño para no vomitar allí mismo, en el pasillo de los Arocha.
Él entra conmigo. Me sujeta la frente y me acaricia la espalda. Mis lágrimas se mezclan con la amargura de la mierda que tengo dentro y me aparto de él. No quiero que me toque. No puedo
soportarlo. Intenta agarrarme otra vez, pero lo empujo y pierdo el equilibrio y me caigo al suelo. Observo mis piernas, cada vez más robustas, tiradas de cualquier manera. La camiseta llena de vómito, las uñas negras. La suciedad que soy. La ruina en la que me estoy convirtiendo.
Alzo la mirada y nuestros ojos se encuentran. Su expresión es suave, su mirada es pura compasión. Y lo odio, lo odio, lo odio.
—Dilo.
—Abi…
Le doy una patada al piso de pura rabia.
—Di que me parezco a él. Dilo.
—Jamás haré tal cosa.
Me levanto como puedo. Limpio el váter y me lavo la boca mientras aguanto su escrutinio, su puñetera compasión.
—Dile a mi hermana que trabajo esta noche.
—Abi, no puedes irte así. Está lloviendo. —Intenta tocarme otra vez, pero estoy enfadado y no quiero ni mirarlo.
—Que no me toques, coño.
—No te enfades conmigo, por favor. No me odies por preocuparme por ti.
Salgo al pasillo y avanzo entre el Poema del Atlántico
, las fotos de las drags
y una infancia que ya no reconozco. Y entonces lo oigo: el sollozo, la respiración.
Me detengo, apoyo la mano en la pared. Los sollozos suben de intensidad.
Me tiembla todo, el pecho se me agita como si no estuviera hueco.
No puedo moverme. Sé que, si me voy, se acabó.
Porque tengo un poco de monstruo, aunque me empeñe en negarlo. Soy un poco él, aunque me duela.
Me giro y lo observo. El pelo rubio le ha crecido bastante y le cae de cualquier manera a ambos lados de la cara.
Tiene la mirada perdida en algún punto de la pared, pero yo sé a dónde se ha ido.
Está en nuestra niñez, en esa amistad que se estancó a saber cuándo. Estamos destinados a irnos, a buscar
algo que no existe, a aferrarnos a un quizá. Somos la cuna vacía de Peter Pan
, el anciano que vive en la casa de Wendy, niños perdidos que buscan pensamientos alegres en forma de canicas que ya no existen, niños que buscan excusas, niños encerrados en cápsulas del tiempo.
Eso somos, eso seremos, aunque la vida pinte arrugas sobre nosotros, nos quite a personas y nos aplaste contra el suelo.
Arrastro los pies hasta situarme delante de él. No sé cuándo pasó, pero ahora soy más alto, más fuerte, más. Le aparto el pelo y él me clava sus ojos, tan bonitos, tan honestos. Dicen tanto… y yo oigo tan poco…
—No volveré a meterme nada. ¿Confías en mí?
Él asiente, nada más. Luego me sujeta de la camiseta y me atrae hacia sí.
Me abraza y hunde la cara en mi cuello. Su dolor me hace cosquillas en la piel, me vibra, me acuna; sus labios dibujan promesas que quizá se cumplan o quizá no lo hagan nunca.
Pero son sus brazos los que me traen de vuelta a él y su olor: a Bakoka de fresa, a flores recién cortadas, a la magia de lo invisible, a casa.
—No te alejes de mí, Abi. —Sus dedos se me clavan en las costillas y me duele, y yo necesito que lo hagan con más fuerza, que me duela mucho más. La vida puede ser más o menos real, pero el dolor existe, el dolor se siente, el dolor soy—. Prométemelo —insiste.
—Vale.
Él suspira, pero no se relaja. Los dos sabemos que es una promesa vacía, que ya lo hicimos. Nos separó la vida, la puta vida.