Capítulo 61
Abián
V
uelvo a acostarme con Mati después de eso.
Varias veces. Lo hago alguna de esas noches en las que la nena se queda a dormir con los Arocha y Rayco trae a su novio a casa.
Lo hago con él o con cualquier otro que tenga una casa donde pueda quedarme a dormir.
A veces no me apetece tanto la parte del sexo y me voy a alguna disco y me paso la noche oyendo música que no me gusta.
O me quedo en San Telmo, sentado en el kiosco de la música, o en el césped con la manta que siempre llevo encima y los auriculares.
Mis pertenencias condensadas en una mochila de acampada: ahí está mi ejemplar de V de Vendetta
, y mi número favorito de Hellblazer
y de The Sandman
, y alguno suelto de La cosa del pantano
y Planetary
; ahí está la copia vieja de Peter Pan
que me regaló la nena por mi catorce cumpleaños, cedida por Itahisa; dos camisetas, otros vaqueros, un par de calzoncillos y calcetines; ah, y condones, siempre llevo, y poco más.
Durante esas noches, arrebujado en la manta y en el abrigo de plumas que me dieron en la iglesia la última vez que me pasé a por ropa (ya no me da tanta vergüenza pedir cosas que alguien dejó ahí porque no las necesitaba), hago un repaso mental por mis ahorros.
No son muchos. Gasto más de lo que ahorro, sobre todo ahora que el monstruo regresó y la casa vuelve a estar llena de gente que se come toda la comida que me encargo de comprar.
Gasto en comida para la casa de los Arocha, donde la nena pasa todo el tiempo en que mi padre está metido en la casa (condición que Itahisa le puso a mi madre para no denunciarlos), y soporto como puedo los reproches de Itahisa porque, según ella, no tengo que comprar nada, que ella se encarga y blablablá.
No puedo hacer eso. No cuando cada vez me
siento más ajeno a todo. La sensación de no pertenencia crece y crece como las enredaderas que llegaban al cielo de aquel cuento que le contaba a la nena cuando era más chica, el de Jack y las judías mágicas
.
Pienso en los meses que me quedan para ser mayor de edad; en si podré conseguir un trabajo mejor; en si ahorraré lo suficiente como para alquilar un piso, algo pequeño, para dos; en si la nena querrá venirse conmigo; en si podré cuidarla hasta que se haga grande; en si…
Y entonces dejo de pensar, porque siento el cuerpo contra el suelo, la vida que me aplasta y la magia que se fue hace mucho.
Y oigo la voz de la nena en mi cabeza, ese «tengo miedo, no quiero crecer, no quiero dejar de volar».
Y mientras las horas pasan y el sueño no viene, en una calle cada vez más oscura, yo también tengo miedo. De todo lo que no puedo hacer, de lo difícil que es vivir, de lo mucho que duele.