Capítulo 60
Abián
-V
ente esta noche, tío, lo pasaremos bien —me dice Mati cuando nos vemos para darle un rato al balón.
Mati, con sus rizos rubios y ese cuerpo que hace tiempo superó al mío en músculo y tamaño, aunque sigo siendo más alto que él.
Mati, que me mira como si quisiera arrancarme la ropa a mordiscos y luego escupirme los pedazos a la cara.
Mati, con quien llevo desde tercero jugando a una especie de juego de supervivencia en el que cada vez nos cuesta más avanzar sin morir en el intento.
Mati. Con él me fumé mi primer y único cigarro, me bebí mi primera (y mi segunda, y mi tercera, y mi cuarta) cerveza.
Nos miramos, sonreímos, y es como si ambos habláramos un idioma extraño que nadie más alcanza a entender.
El deseo es líquido, viscoso y, cuando se te pega a la piel, necesitas quitártelo como sea.
Te pesa, hace que te hierva el cuerpo y dejes de ser tú.
Así me siento esa noche cuando llego a la fiesta y él está ahí.
Al principio ni me presta atención. Hay chicas guapas que Emilio no tarda en presentarme.
Tonteo con esta y con aquella, pero ninguna me pone porque él está ahí y el deseo me quema la piel.
Ya no se oculta de los demás. Todos saben que le gustan los chicos y lo respetan, quizá porque su padre tiene peor fama que el mío o por su hermano, que también.
Así que Mati se lía con pibes o tontea con cualquiera y no pasa nada.
Porque es Mati y no todos los maricas son tan…
maricas. Pura hipocresía. Pero está bien.
Mati me gusta, siempre me gustó. Y sé que a él le sucede lo mismo.
Somos dos bolas de billar que chocan sin querer entrar en ningún agujero. Cuando empiezo a fingir que
paso de él, se acerca. Quizá por puro aburrimiento, quizá porque sabe que al final me marcharé o me enrollaré con alguien y pasaré de él de verdad. No le debo nada, no somos nada.
El sofá se hunde cuando se deja caer a mi lado con todo el peso de su cuerpazo; kilos y kilos de puro músculo que se encarga de mantener cada día en el gimnasio de Las Rehoyas. El roce de sus labios en el cuello me ponen la piel de gallina cuando me susurra al oído:
—La habitación del fondo está libre. —Me pasa el porro que lleva en la mano—. Es mierda buena.
Fumo un poco, y mucho más cuando desliza una mano por mi muslo, muy cerca de la ingle.
Toso y él se ríe al tiempo que me quita el porro y le da una calada larga.
Luego me besa. Aquí, en esta fiesta atestada de gente, delante de todos los del barrio.
Si nos miran, nadie dice nada. Él es Mati, hijo de su padre; yo soy Abián, hijo del mío.
Dos balas perdidas que se encuentran en la boca del otro.
Nunca he llegado hasta el final con un chico, solo con chicas, pero no se lo digo.
No creo que le importe. Le doy otra calada al porro y esta vez no me atraganto.
A la tercera estoy sonriendo y, después de la cuarta, me lo quita y me acabo la cerveza.
Estamos muy cerca y siento que nadie nos mira y que todos lo hacen.
La sensación sigue siendo extraña. Y lo es mucho más cuando me vuelve a besar y su lengua me invade la boca con una brusquedad que es nueva para mí, y que me excita y le devuelvo con la misma intensidad.
Estoy mareado, y contento, y cachondo, y tiemblo de necesidad cada vez que me roza la entrepierna con la mano, arriba y abajo, arriba y abajo.
Cuando consigue arrancarme un gemido, me dedica una mirada de suficiencia.
En nada me jala del brazo y me lleva a la habitación, me empuja sobre la cama y más allá de ella. Me empuja hacia lugares que no conozco, y yo respiro mientras el deseo se retuerce y sale de mí.
Respiro incluso cuando me falta el aire.
Respiro cuando todo se vuelve borroso y la habitación da vueltas o quizá somos nosotros quienes damos vueltas el uno alrededor del otro.
Empuja y empuja y me duele y lo sabe, pero no se detiene y yo no quiero (ni espero) que lo haga.
Está enfadado, por ignorarlo, tal vez; por haber tardado tanto, quizá.
Pero no me importa. A él tampoco le importa cuando terminamos, agotados y sin fuerzas más que para dejarnos caer sobre la cama.
Todo da vueltas cuando coge pañuelos de papel y nos limpiamos. Y cuando se levanta y se pone la ropa. Y cuando me deja ahí sin nada más que un «nos vemos».
En ese momento pienso en aquella conversación estúpida que tuve con Rayco hace fleje de tiempo, en los roles, en ese «quién hace de chica» y me río, y también lloro por dentro; porque no me siento ni hombre ni mujer, solo yo, un poco perdido, sin magia, aplastado contra la realidad.
Eso soy: Abián Machado, el puto hijo de mi padre.
Todo sigue dando vueltas cuando salgo de la casa, y del bloque, y entro en el mío.
Y lo sigue haciendo hasta que llamo a la puerta de los Arocha y Rayco me ve.
Entonces todo gira, pero de otro modo. Porque estoy con Rayco y la vida a su lado cambia de sentido, se endereza, va hacia alguna parte, no importa dónde.
Creo. Y vuelo. Y todo está bien cuando él me abraza y me dice que estoy en casa, que no estoy solo, que nunca estaré solo.
Ojalá sea verdad, ojalá nunca se aleje de mí, ojalá no me convierta en el monstruo que más me aterra. Ojalá pudiera arrancarme la piel con las uñas, dejar de ser yo, ser algo más que el hijo de mi padre. Ojalá. Vaya cosa. Eso soy, un ojalá, un deseo lanzado como quien lanza una moneda al aire.
Ojalá.
Vaya mierda de vida.
Vaya mierda de persona.
Vaya mierda yo.