Creer tambiés es volar Capítulo 59
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Capítulo 59

Abián

M

i padre lleva meses en Salto del Negro y la cosa en casa está…

calmada. A ratos, al menos. Si el monstruo no está, la casa permanece limpia, se puede respirar, hacer de comer y hasta dormir.

Mamá está, pero no está. Su humor fluctúa como lo hace el dinero al entrar y al salir.

Hay semanas en las que está bien, se ocupa de mi hermana y ella se olvida de que la madre que nos parió es un desastre y de que no la quiere más que a las mierdas que se mete en el cuerpo, que son muchas y frecuentes, aunque no lo parezca y la niña no se dé cuenta.

Y es que, sin el monstruo, todo dura mucho más, incluso el alcohol y las drogas.

Sigo trabajando en el veinticuatro horas cuatro veces a la semana y me pide dinero de manera constante.

Nunca le doy, así que practica el arte de matarnos de hambre para que sea yo quien se ocupe de la comida.

Como si no llevara haciéndolo desde los quince.

También le compro ropa a Henar. La nena crece y crece y todo le queda chico enseguida y apenas hay de su talla en las bolsas que nos da Rafa, el de la iglesia.

Fue Mari, la del quinto, quien me llevó una vez hasta allí.

Por lo que me contó, los vecinos hacían donaciones y en la iglesia se encargaban de entregarlas a familias necesitadas, igual que hacían con la comida.

—Cuando te falte comida o ropa, te vienes y ellos te dan. Chiquillo, la vergüenza te la dejas en la calle —añadió la vecina cuando me vio la cara, y las mejillas se me encendieron todavía más—. Cuando el hambre te llega, la vergüenza es tu peor enemiga.

Así que lo hice. Muchas veces. Menos desde que estoy trabajando, pero sigo yendo a buscar ropa de nuestra talla.

Un vaquero por aquí, alguna falda por allá.

El dinero no siempre me da para todo. La comida, los libros, la ropa, algún capricho para la nena…

Demasiado para mi sueldo de mierda y los pocos días que trabajo.

Necesito ahorrar. Nunca podré sacar a mi hermana del barrio si no lo hago.

Los Arocha nos ayudan, nos protegen, nos quieren.

Pero ya no soy un niño y me cuesta más estar ahí, quitarme de encima la sensación de que sobro, que tienen su vida y yo solo soy…

No sé qué soy, pero nada bueno dado lo mal que me siento.

Sé que la nena no molesta, que Itahisa la quiere y Rayco también.

Sé que puede estar con ellos mientras yo me busco la vida lavando coches o haciendo chapuzas aquí y allá que nos ayuden a salir del barrio. Cualquier trabajo es bueno para eso.

Rayco ahora sale con un chico llamado Bentejuí.

Me río del nombre y él se enfada cuando lo hago, pero a veces lo veo torcer la boca, sobre todo cuando su madre y mi hermana también se ríen.

Y puede que tenga un nombre patético, pero es un buen tío y eso hace que me caiga bien, aunque no soporte estar cerca de él.

Sigue con sus estudios de maquillaje y este año participará en la gala drag

de las fiestas del barrio en octubre como maquillador de una de las reinas.

Y puede que sea un enchufe, como suele decir él, un favor a su madre, pero estará dentro y eso es lo que importa.

Y, mientras practica y practica y practica, yo lo veo alzar el vuelo, al principio de manera sutil y después hasta casi desaparecer de la vista, lejos de mí, de lo que un día fuimos y de lo que queda de nosotros, que es mucho aunque a veces parezca poco.

La gala de las fiestas del barrio no es como las grandes de los carnavales, pero es un acontecimiento. Viene gente de otros barrios y todo se llena y apenas hay aparcamientos ni taxis libres para los que quieren volver a sus casas. Es un sueño. Y sé que

cuando Rayco maquille a esa reina y esta salga al escenario, libre y hermosa, el pecho se me llenará de alas y creeré que puedo volver a volar solo, porque él también lo estará haciendo, esté donde esté en ese momento. Volaremos juntos, aunque estemos separados.