Capítulo 57
Henar
M
ás tarde, cuando Abián se metió con ella en la cama de Itahisa, Henar tenía los ojos bien abiertos. Había dormido un poco y había llorado un poco más hasta que él le agarró la mano.
—Tengo miedo, Abi.
—¿De qué, nenita?
—No quiero dejar de volar. No quiero hacerme grande.
Su hermano se acercó a Henar, la cara bien pegada a la suya como si no le doliera nada mirarla.
Lo hacía. Pero al dolor, cuando se quiere, se lo mira de frente, y también se le combate.
Y él era un luchador nato. Le tocó la mejilla derecha, tan intacta que parecía una obscenidad si la comparaba con la otra, amoratada e hinchada.
—Eso no pasará. Te vas a hacer grande, pero jamás dejarás de volar. Los niños grandes también vuelan, como yo; o como Ray, o como Itahisa. Ella vuela siempre, nenita. Y tú eres igual de bonita que ella o más.
—Tengo miedo —repitió Henar.
—Piensa en algo alegre, venga. Si piensas en algo alegre, podrás volar siempre.
Henar no tuvo que pensar mucho.
—El pelo de Ita. Y lo bonita que está cuando Ray la pinta. Y ver Hook
sentados en el sofá y comer roscas con sal y azúcar. Y tú. Tú eres mi pensamiento alegre, Abi.
No dijo «mamá», pero se mordió el labio y él lo supo. Él siempre lo sabía. Porque mamá ese día había llorado mucho y la había abrazado y había echado a su padre de la casa, al monstruo.
—Papá no es Garfio —dijo Henar cuando ya parecía que se
había quedado dormida.
Abián parpadeó.
—¿Qué?
—Creía que era Garfio porque es un viejo malo que no tiene madre y está triste, como el de la peli, pero papá es el cocodrilo que se come el reloj, que es como comerse el tiempo y hace tictac cuando está cerca. Papá nos hace grandes, y yo no quiero ser grande.
Él suspiró muy hondo para evitar llorar. La apretó con cuidado contra su pecho. El corazón de su hermano parecía una locomotora y a ella le hizo gracia y se rio, la mano apoyada en su pecho para sentirlo.
—Para mí siempre serás chiquita.
Y Henar pensó que eso estaba bien, muy pero que muy bien. Porque si su hermano lo creía, entonces tenía que ser verdad.