Capítulo 56
Rayco
L
a realidad es como una bofetada con la mano abierta que te arranca el polvo de hadas, la magia y hasta la capacidad de creer. Eso fue lo que le pasó a Abián, y Rayco no pudo hacer nada por evitarlo. Su mejor amigo se fue apagando, despacio y de manera sutil, como se apaga la llama de una vela.
Rayco recordaba poco de ese día. Él ya tenía diecinueve años, un trabajo y mil proyectos en mente: un futuro viaje planeado a Madrid, cursos profesionales, objetivos; cosas de gente grande.
Rayco volaría, pero en avión, y la distancia los separaría más de lo que ya lo estaban, que era mucho.
Ojalá que no, pero él sabía que sí. Y tal vez dejarían de creer. Ojalá que no, pero él sabía que sí.
No tuvieron que esperar tanto. Abián lo hizo ese día. Justo ese.
Rayco llegó a su casa. Oyó gritos y el llanto de Henar y ese otro que reconocía porque lo había oído antes: el de la madre.
La puta madre que la parió, como solía llamarla Abián con toda su rabia cuando se enfadaba mucho.
Rayco entró y vio sangre, e Itahisa tenía a la niña en brazos, aunque cada día pesaba más y le decía que tranquila, que se le pasaría, mientras Ana lloraba y decía cosas como «mi niña, mi pobre niña» y lloraba y lloraba.
Rayco se detuvo en medio de la estancia.
Itahisa también lo hizo. Tenía el rímel corrido, el pelo revuelto y Henar se aferraba a su cuello e hipaba.
Itahisa meneó la cabeza y se le escapó una lágrima.
Y Rayco supo lo que había pasado, porque no era la primera vez.
Y tuvo miedo por Abián, por ese niño que ya no era niño, pero que aún volaba como si lo fuera.
Y tuvo miedo por esa niña que nunca más volvería a serlo.
Y como si lo hubieran invocado, llamaron a la puerta. Henar
tembló. Itahisa tembló. Ana, en el suelo, no había dejado de hacerlo en años con todo ese veneno que se metía en el cuerpo. Rayco también tembló, pero se armó de valor y abrió.
Pasaron muchas cosas entonces. Pasó el tiempo. Pasó el miedo cuando Rayco le explicó lo que sucedía, evitando que la viera, y llegó la rabia.
Henar apretó la mano de su hermano, que también temblaba pero estaba muy quieto, y después de un rato se quedó dormida en los brazos de Itahisa, que se la llevó a la cama.
La rabia tiene alas. Se te pega como ventosas, como una garrapata que chupa y chupa hasta dejarte seco y vuelas, porque la rabia tiene alas y tú te alzas alto, muy alto, hasta llegar al cielo. Y luego caes, porque la rabia es frágil y apenas dura.
Abián se llenó de ella, la masticó y se le hizo bola en la boca. No podía tragarla.
Rayco veía cómo le temblaba el cuerpo. Sintió la vibración cuando lo sujetó del brazo para evitar que saliera de la casa.
A la madre la miraba con odio, y ella repetía «fue él, mi niña, mi niña, fue él».
El corazón de Rayco le retumbaba en el pecho y no sabía qué hacer cuando su amigo lo empujó y quiso salir y vencer al monstruo como el Peter de Hook
, ese adulto que también llegó a olvidarse de volar, defendía a sus hijos.
Rayco lo apretó contra la pared y le sujetó la cara con ambas manos.
—Suéltame, joder —le dijo su amigo.
—¿Vas a matarlo? ¿Y luego qué? ¿Quieres que te mate? Porque puede hacerlo. Puedes dejarla sola con ella, que a saber lo que hace.
—Su cara. Su carita… —Abián se aferró a sus muñecas y le clavó los dedos, fuerte fuerte—. Llevo años intentando que no sepa nada, que no se dé cuenta, como en esa peli, La vida es bella
, ¿recuerdas? Que piense que es un juego y que pasará, hasta que me la pueda llevar. Y ahora… Lo recordará toda la vida, Ray. Si
hay una cosa que no se olvida, es el dolor. Y no hablo del golpe, sabes que no. El dolor mata la infancia, yo lo sé bien.
Rayco estaba temblando, y las lágrimas se le querían escapar porque escucharlo así dolía más que nada en el mundo; el dolor de Abián le dejaba el corazón en carne viva.
Aun así, cogió aire y se mantuvo firme cuando le dijo:
—Y la soledad lo mata todo, no solo la infancia, y eso también lo sabes bien.
¿Es eso lo que quieres? —Rayco se sintió pequeño, diminuto, mientras pronunciaba esas palabras.
Porque hacían daño, porque eran balas que hacían sangrar a su amigo, balas que él lanzaba.
Pero cómo evitar un arma cargada si no es sacando otra arma.
Cómo—. ¿Es eso lo que quieres? —repitió con la voz rota por un dolor que era el de su amigo y también el suyo.
No tuvo que repetirlo más. Abián se relajó, sus dedos dejaron de apretar y se derrumbó.
Rayco lo cogió a tiempo. Su cuerpo fue la balsa de su amigo; su corazón, la melodía que consiguió calmarlo; su aliento, el oxígeno que le devolvió el aire a los pulmones.
Y Abián lloró como pocas veces se permitía mientras Rayco le decía eso de «niño, ¿por qué lloras?
», y le recordaba que tenía que darle un pensamiento alegre por cada lágrima.
Y volaron, en esa casa que era chica, pero ellos sentían inmensa, volaron una última vez.
Y es que creer es un poco como hacer que lo pequeño parezca grande.
Creer lo es todo. Y ellos creían. Pese al miedo, al dolor, y a todo lo demás, creían.
Al menos hasta que sus cuerpos se separaran y llegara el frío, y la distancia, y el silencio. Luego… el suelo, la realidad, la vida.