Creer tambiés es volar Capítulo 54
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Capítulo 54

Abián

E

mpiezo a trabajar en un veinticuatro horas cerca del Hoyo donde contratan a menores, con el consentimiento de mi madre, claro.

Ella me firma y yo le doy parte del dinero que gane, ese es el trato.

Trabajo demasiadas horas y el sueldo es una mierda, pero al menos no tengo que volver a casa por las noches y puedo ahorrar.

Le pido a Rayco que me deje guardar el dinero en su casa y él me mira con ese gesto preocupado que cada vez soporto menos. A veces creo que no sé quién es, que ya no sabe quién soy. Y siento que me han arrancado un órgano y que ya no hay manera de pegarlo.

—No me gusta que trabajes ahí.

—A mí no me gusta que mi hermana pase hambre.

—Esta casa también es de ustedes dos, Abi. Nunca les faltará de nada.

No, no lo es; no para mí. Lo fue en algún momento, cuando era chico, cuando todo era fácil, pero resulta que ya no lo es.

Resulta que crecí y me enamoré y ahora siento que estoy de paso, que no encajo, que no es mi sitio.

El hueco que había hecho a mi medida está ocupado por otro chico, uno que parece bueno y que lo hace feliz.

Y eso me hace feliz, aunque me duela. Sé que yo no podría regalarle todas esas sonrisas.

Sé que él está arriba y yo no voy a subir a ningún sitio; me quedaré aquí abajo intentando no hundirme.

La vida a veces es eso: intentar no hundirte.

—No se trata solo de dos bocas más, Ray. Se trata de mi hermana, de los libros y la ropa y una casa a la que cada vez nos cuesta más entrar porque mis padres cada vez están

peor. Tu madre ya tiene bastante con lo suyo. No somos su responsabilidad ni la tuya. Además, se supone que cuando termines el ciclo te vas a Madrid, ¿no?

—Queda fleje para que me vaya. Quiero conseguir un trabajo y ahorrar un tiempo para que mi madre no me lo tenga que pagar todo. Abi…

—Deja de ser tan bueno. Esta es mi vida y resulta que tengo los ojos bien abiertos. Cerrarlos y esperar a que otros se ocupen de mí no es una opción. No lo hicieron mis padres, ¿por qué lo van a hacer ustedes?

Su mirada me atraviesa. Tiembla con todo ese rojo brillante, y toda esa esperanza líquida, y todo ese amor. Es como si mirara al cielo, pero solo estuviera yo. Yo. El cielo. Qué tontería. Yo, que no soy nada. Yo.

—Porque te queremos. Henar y tú son nuestra familia. Entiendo que quieras hacerte cargo, pero puedes apoyar parte del peso. Todavía eres muy…

—No soy un niño, no lo digas —lo corto, temblando; solo puedo ver la miel de esos ojos que me ven como sé que nadie jamás lo hará.

—Tienes dieciséis años.

—Y dejé de ser un niño con doce. A lo mejor antes. —Me encojo de hombros.

Rayco no dice nada más, pero alarga el brazo y me toma de la mano.

—Eres lo más súper del mundo y te quiero.

Sonrío. Solo un poco, porque es él y no puedo no hacerlo.

—¿Puede quedarse Henar aquí? Yo trabajo hasta tarde y la casa está llena de desgraciados.

—Eso no se pregunta. Avisa y te bajo a buscar con el coche.

Asiento, pero no lo hago. Llamo al móvil de Itahisa para que la nena escuche mi voz y acepto la invitación de un pibe que viene a verme cada día a la tienda para que me quede en su casa. Me

enrollé con un par de chicas después de Eli, pero es la primera vez que tengo algo con un chico. A veces me acompaña al parque que está encima del Hoyo y se queda conmigo mientras me como un bocadillo. Otras solo hablamos, o nos besamos, o nos tocamos.

Esa noche, cuando salgo, me está esperando en la puerta.

Me sonríe y me besa la comisura de la boca.

Luego me lleva a su casa. Vive cerca, en una habitación compartida con otros estudiantes de distintas facultades.

El cuarto es pequeño, pero estoy tan nervioso que ni me fijo.

No hacemos nada más allá de besarnos y tocarnos hasta que nos corremos.

Luego me quedo dormido y me siento bien. Me siento muy bien.