Capítulo 53
Abián
R
ecibo mi primer móvil después del beso, quizá porque empiezo a desaparecer de verdad. Soy un niño que viene y va, un adulto intermitente porque por dentro soy grande, pero por fuera sigo siendo chico.
—Regalo de Reyes adelantado —me dice Itahisa, que ha firmado un contrato con una compañía que ella se encarga de pagar y de lo que no me entero hasta semanas después, cuando le pregunto si no hay que recargar la tarjeta o pagar algo, porque esto funciona y funciona y yo no hago nada.
—No te preocupes por eso, mi niño, pero es mejor que no lo enseñes en casa, por si acaso no quieren que tengas —me contesta.
A Itahisa le preocupa que yo desaparezca, que me pase algo, no poder contactar conmigo.
Este aparato negro y sencillo que yo no suelo usar casi nunca, porque no me nace hablar por un cacharro, se convierte en el único hilo invisible que me ata a los Arocha, además de ese otro que es igual de invisible, pero que tiene más peso, porque el amor es un peso que llevamos sin querer y también queriendo.
Con el móvil llegan las notas de audio y las fotos que Rayco me manda día sí y día también.
Me habla de cursos de maquillaje y de galas y de que tengo que ir a visitarlo a Madrid cuando se vaya a estudiar allí, más que sea un día o dos, y las flores que le compra a su madre o si está triste o enfadado o si le gusta este chico o aquel.
Boberías que a veces escucho tumbado en la cama, a oscuras, con una sonrisa que se me queda pegada en la boca hasta que me duermo. O cuando estoy por ahí alejándome de
él, que es cuando más lo echo de menos. Ahí los escucho todos (salvo la parte de los chicos que le gustan, eso lo paso rápido), los nuevos y los viejos, mientras me regodeo en el dolor. Mi móvil es un museo de Rayco y yo me empapo de él hasta que me quedo ciego de dolor y de pena.
Cuando está de bajona, me habla de flores, y eso me gusta, porque soy capaz de leer su tristeza incluso en la belleza.
Sus audios son:
«Hoy compré margaritas. ¿Sabes que no es una flor?
Es una inflorescencia, lo que quiere decir que es un conjunto de flores.
Cuando regalas una margarita, es como si regalaras un ramo.
Y cuando arrancas un pétalo, estás dejando más sola a la pobre margarita.
A mamá le encantan, pero bueno, que a mamá le gustan todas las flores del mundo, hasta las que huelen mal, así que tampoco es que sea tan raro…
Me quiere, no me quiere. Pobres margaritas.
Las mutilan y al final se quedan solas»;
o:
«Hoy compré claveles verdes. Por Oscar Wilde, ya sabes. Y llevé uno en el bolsillo de la camiseta durante todas las clases. Adivina: nadie supo pillar la referencia. A veces me siento un poco fuera del mundo. Menos mal que siempre me quedarás tú»;
o:
«¿Te fijaste en los nomeolvides que dejé en la mesita?
Son tan pequeños… y tienen tanta historia…
No sé si lo sabes, pero el nombre viene de una leyenda alemana donde un caballero se ahogó intentando coger una flor para su amada.
El pobre hombre gritó “¡no me olvides!” antes de morir.
Que suena bonito, pero es la cosa más espantosa del mundo.
¿Quién cojones quiere una flor si puedes tener al amor de tu vida?
Bésalo y conviértelo en flor, o en la banda sonora de tu vida, o en lo que te dé la gana.
Me horrorizan este tipo de historias donde buscan la tragedia en lo absurdo. ¿Romeo y Julieta? ¡Venga ya!
Adolescentes estúpidos y egoístas que no saben lo que es el dolor. La vida real es más perra, ¡supérenlo!
»Aun así, me gustan esas flores violetas y preciosas: chiquititas pero matonas.
Me recuerdan a la nena. ¿A ti no? Frágiles, pero con un nombre potente: nomeolvides.
Me da miedo el olvido, Abi, tanto que a veces me despierto enchumbado de sudor y no sé qué hacer para que se vaya el miedo.
Prométeme que tú nunca me olvidarás. No quiero que dejemos de ser amigos».
Cuando me manda audios así de tristes, rasco las monedas que llevo encima o le pido a la nena que me preste algo de su hucha y le compro un tebeo. Me aseguro de que está solo en casa (sin novios a la vista) y me tumbo a su lado a leer hasta que nos duelen los ojos y las mejillas de tanto reír.