Creer tambiés es volar Capítulo 52
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Capítulo 52

Rayco

R

ayco lo vio marchar y no hizo nada. Distinguió el dolor en sus ojos, esa manera que tenía de esconder la soledad.

Es lo que más le dolía de Abián: la soledad que lo llenaba de grietas que él no podía cubrir con nada.

Porque aún era pequeño, aunque fingiera ser grande.

Ninguno de los dos lo era. A sus dieciocho años, Rayco había vivido más que él, pero tenía el alma más joven.

Quizá porque había crecido rodeado de amor y era la falta de este lo que envejecía a las personas.

Rayco lo vio marchar y no hizo nada. Sabía que huía de él, que le había hecho daño y no podía hacer nada para borrarlo.

Porque no querría borrarlo. No quería borrar el beso ni todo lo que había sentido, ni esa cosa que le pesaba en el pecho porque era suya.

De Abián. Y él no quería borrar nada que tuviera que ver con su amigo. Nada de nada.

Así que se asomó a la ventana y lo vio desaparecer entre los borrachos y la oscuridad iluminada por las farolas y los voladores que aún llenaban el cielo.

Una lágrima solitaria se le derramó por la mejilla y fue su madre quien se la quitó.

Se miraron. Ella contenía toda la tristeza que solo quien amó y perdió puede atesorar. Él solo tenía miedo. De su presente, de su futuro, de la vida. Esa puta aventura a la que te enfrentabas sin cinturón de seguridad.

—¿Estás enfadada? —le preguntó bajito.

—No, mi niño. Solo tengo miedo. —Le levantó la barbilla y él le aguantó la mirada; siempre lo hacía. Su madre le había enseñado desde bien chiquito a hacerlo—. ¿Por qué hiciste eso?

El sollozo que se le escapó le llenó los ojos de lágrimas a su madre. Qué bonita era, cuánto la quería, qué idiota se sentía por

hacerla sufrir.

—Es que no lo pude evitar, ma. No pude. —Se echó a llorar y ella lo abrazó, fuerte, como solo una madre puede abrazar a un hijo—. Lo siento mucho.

Itahisa apretó a su hijo un poquito más contra sí.

—Shhh, no pasa nada. No tienes que sentirlo. Solo tienes que pensar. Es Abián, mi niño. Es nuestro Abián.

—Ya lo sé, ma.

—Y solo tiene quince años.

—Ya cumplió los dieciséis —la corrigió él.

—Y tú vas a cumplir los diecinueve en dos meses. Los caminos de ustedes dos van a virar mucho a partir de ahora. Es menor y le falta cariño. Esto que son ahora puede ser solo una chiquillada o confusión. No lo puedes saber y no es justo que alguien tan chico empiece a sufrir por amor.

Rayco se apartó para mirarla.

—No quiero que sufra.

—Pero lo hará. Ya lo hace cuando te echas novio o cuando te vas al sur con tus amigos o cuando no vienes a dormir.

No le des migajas a su corazón, o se pasará la vida muerto de hambre hasta que te odie.

El hambre es lo peor, mi niño. Por hambre odiamos y es un sentimiento que no se olvida fácilmente.

—Tú eras joven cuando conociste a mamá —le recordó él.

—Lo era. —Apretó el brazo de su hijo y alzó la mano para coger la mariposa de metal que Henar trajo del cole y que habían colgado juntas en el árbol de Navidad—.

¿Ves qué bonita? —La levantó a la altura de sus ojos y comenzó a girarla, a un lado y a otro, a un lado y a otro.

Luego le arrancó las alas, una y luego la otra, y Rayco sintió un dolor agudo, como si le hubieran arrancado las suyas—.

Yo era así cuando conocí a tu madre. Estaba muy rota y era muy pequeña por dentro, aunque fuese ya una adulta por fuera.

Ni siquiera soportaba verme en el espejo, y en mi casa tampoco querían mirarme. Me sentía invisible y

muy fea. Y entonces conocí a tu madre y me llevó con ella y yo la quise tanto…

No te imaginas lo mucho que se puede querer cuando no se tiene a nadie más.

—Cogió de nuevo la mariposa y le dio vueltas, ya sin las alas—.

Viví con ella muchos años, y poco a poco me fui sintiendo bonita, me fui sintiendo yo misma.

—Le colocó un ala, enroscó el metal y volvió a girarla—.

Vivía en un bote de cristal, pero era yo.

Una yo incompleta. Una mariposa no vuela con solo un ala.

Tuvo que irse ella para que yo misma, con tu ayuda, me pegara el ala que me faltaba y me dejara ver.

Ya no huyo de los espejos, no me da miedo que me vean, pero no fue nada fácil.

A esas alturas, Rayco lloraba sin control.

Intentaba recordar a esa otra madre, a esa mujer que lo trajo al mundo y que para él solo era un recuerdo borroso, sonidos amortiguados, fotos en un álbum que nunca abría y esperanza.

La esperanza se siente más que verse, y él la llevaba muy incrustada en el pecho.

Su madre. Sus madres. Qué agradecido estaba, cuánto las quería.

—¿Por qué me dices todo esto? ¿Qué tiene que ver Abián con…?

Itahisa le limpió las lágrimas con sus manos desnudas, despacio, como si pudiera romperlo con su cariño.

—A veces me pregunto si nuestro amor fue del todo real o si solo nos dejamos llevar.

No me malinterpretes: quise mucho a tu madre, pero también fue lo único que tuve.

No vi más allá. No podía ni quería. Y creo que a ella le pasó lo mismo.

No es algo en lo que piense mucho; odio estropear su recuerdo.

Pero no siempre fue bonito, no siempre me gustó ser una mariposa encerrada que intentaba volar con un ala.

No siempre nos entendimos. Eras muy chico y no te acuerdas, pero hubo un tiempo en que nos separamos.

Al final volvimos, claro. Por costumbre y por cariño.

Porque éramos familia y solo nos teníamos la una a la otra.

A Rayco le temblaba la barbilla. Si se esforzaba mucho, podía recordar gritos, portazos, silencios. Los recuerdos estaban llenos

de brumas y parecían sueños, o pesadillas, pero estaban.

Itahisa colocó la otra ala y volvió a colgar la figura en el árbol. Luego tomó la mano de su hijo.

—Lo que intento decirte es que pienses bien lo que quieres hacer y lo que el niño necesita.

No te voy a juzgar, nunca lo haría, pero si no estás dispuesto a todo, quizá es mejor que no hagas nada.

Me moriría de la pena si alguno de mis niños sufriera y él ya tiene bastante dolor con el suyo y con el de la hermana.

Te apoyaré en lo que decidas; solo quiero que lo pienses bien.

Rayco asintió, el corazón aplastado por una garra de la que no podía deshacerse. Tenía tanto miedo… y quería tanto a Abián…

Fue su amor por él quien decidió. Y también quien los separó, quizá para siempre.