Creer tambiés es volar Capítulo 51
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Capítulo 51

Abián

C

omerse una uva es difícil, con todas esas cáscaras y esas pipas.

Por eso Itahisa las pela y las vacía. La nena se sienta a su lado en la mesa y la ayuda, o lo hace Rayco o lo hago yo.

Metemos las uvas en copas y nos quedamos delante del televisor hasta las doce.

Si alguno de nosotros se duerme, los demás cogemos las plumas de los disfraces de Itahisa y se las pasamos por la nariz para despertarlo.

Esa madrugada del uno de enero, cuando las campanas dejan de sonar y conseguimos bajar la bola de uvas que tenemos en la garganta, nos abrazamos y nos felicitamos por el año que entra. Luego las chicas se van a la habitación de Itahisa y Rayco y yo nos quedamos solos en el sofá.

Lleva un maquillaje sencillo en tonos dorados, con un eyeliner

que le llega hasta las estrellas y un iluminador potente.

Eso, combinado con la camiseta roja varias tallas más grande y los pantalones de cuero negro ajustados, lo hacen parecer perfecto en su imperfección.

Porque no es como el resto de pibes del barrio, ni como nadie de la isla ni del mundo entero.

Rayco es… único; y resulta que está aquí, conmigo, y no hace más que pegarse a mí.

Su aliento es dulce porque bebió champán y un poco de ron miel, pero no es desagradable como el de mamá o el monstruo cuando beben. Todavía se está chupando los dedos por el pringue de la fruta cuando se acerca a mi oído y me dice:

—¿Pediste un deseo?

Nuestras narices se empujan cuando me giro para mirarlo.

—No, tonto, pedí doce, uno por cada uva.

—¿Algo importante?

Me coge la barbilla y me la acaricia con los nudillos.

Ahora su calor se mezcla con el mío y todo huele a él: a libertad, a polo de fresa, a nomeolvides, a hogar.

«Estoy a salvo», pienso, y la tripa se me encoge de miedo, porque no lo estoy, porque solo es una ilusión que se romperá en cuanto el sol se cuele por la ventana y el ron se le vaya del cuerpo y se aparte de mí para irse a saber dónde.

—Todos los deseos son importantes. —Mi voz suena como si estuviera bajo una cueva, lejos, casi como un aullido de viento.

Rayco me mira los labios y yo le miro los suyos y mi corazón brinca y se me monta a piola y dejo de respirar y su nariz acaricia la mía y me besa.

Un beso suave. Roce de labios, de lenguas y de respiraciones profundas.

Su boca abre la mía y su lengua se me mete dentro y empuja y se enlaza a la mía y de repente nos estamos besando y es intenso y es fuego y me enciendo y quiero estallar como esos voladores que iluminan el cielo y llenan el suelo de parqué de puntitos en las zonas oscuras allá donde las luces del techo no llegan.

Nos apartamos para respirar, nos miramos y mi mano está en su nuca y la suya en mi cintura, dentro de la camiseta, buscando piel, y me acerca más y más y de pronto lo tengo encima y siento todo eso que nunca creí que sentiría.

Nuestros cuerpos pegados, nuestras erecciones buscándose, encontrándose, empujándose.

Su excitación es una verdad que crece y crece y es real porque la siento y lo estoy tocando y gemimos y nos empujamos y…

—Niños, hagan el favor de parar ya. Que la nena está despierta y aún tiene que ir al baño.

Itahisa no vuelve a decirnos nada. Desaparece y nosotros nos apartamos, con las respiraciones aceleradas y los ojos llenos de verdades que vuelven a silenciarse cuando nos miramos. No sé qué ve Rayco en mí, pero sé lo que yo veo en él: vergüenza y arrepentimiento. Eso veo. Eso siento.

Se me forma un nudo en el pecho y duele tanto que creo que se me abrirá en dos y me partiré y ya no volveré a estar entero nunca más.

Pero el dolor no se escucha, así que él no se da cuenta cuando me levanto para llevarme a la nena a cepillarse los dientes y meterla en la cama de Itahisa.

Luego me marcho de la casa, y del bloque, y camino hacia Triana.

La calle principal está repleta de gente, y de luces, y de vida.

Hay un grupo tocando en el kiosco de la música cuando cruzo hacia el parque de San Telmo.

Me alejo de la gente y busco un lugar apartado en el césped donde me acuesto, pongo Yours

a toda pastilla y lloro, con el sabor de Rayco en la boca y el recuerdo de sus palabras cuando me dijo que el dolor sí se oye cuando lloras. Y yo me quedo sordo de tanto hacerlo.